EL RIFLE
Escrito por Juan Sebastián Martin Leyes (Ceviche)
Enamorarte
Era agosto. Los fuertes vientos se alzaban alrededor de la tierra; se sentía en el aire el magnetismo hipnótico que viene antes de la batalla, una batalla que ya pasó pero que todavía faltaba terminar; yo estaba sentado junto la ventana esperando a que el General Rubén diera la orden de fusilar a los cuatro grandes jefes de la dictadura que se dio en Colombia después de la escases de agua en el 2020. Entre ellos estaban Juan Manuel Arias, un hombre carnicero que no tenia piedad y que nunca miraba atrás; también estaba Álvaro Castaño- Él era el cerebro detrás de esta guerra, es muy calculador y frío; Andrés Felipe Santos el maldito Presidente que vendió el país para que lo dominara un montón de países que sólo saben matar. Y por último el más maldito de todos, Salvatore Uribe el mismo líder de las A.U.C el mismo que secuestro tantos campesinos como pudo y los entrenó para combatir junto con su banda de sicarios y asesinos.
En esa época del año me gustaba recordar cómo volaba cometa con mis amigos. Eran días de felicidad, que pensaba que nunca iban a terminar. Era lo único que me quedaba después de la guerra: un recuerdo de mi niñez.
Cómo extraño esos días donde no tenía que acostarme recordando el dolor de mis muertos, donde no tenía el maldito tormento de despertar muerto después de que el “refugio” se viera envuelto en llamas, donde todo era paz y no me preocupaba nada más que estar con ellos.
Yo pensaba en todo esto cuando al fin el general Rubén dio la orden de fusilar a los cuatro malditos que pusieron de rodillas el país los mismos que ahora pagarían sus pecados. Los llevamos a rastras hasta la plaza de mercado y frente a todo el pueblo de los Pijaos los arrodillamos, mientras colombianos de todas partes se congregaban a ver cómo terminaba la guerra, para ver cómo ganábamos y aunque íbamos a matar a cuatro animales ya que no se les puede llamar seres humanos, el ambiente era de triunfo, de alegría. Allá a lo lejos, los costeños evocaban sus canciones más eufóricas; allá los jóvenes bailaban; los que estaban más cerca estaban concentrados observando sin siquiera pestañar cómo los “cuatro hombres del miedo” ahora estaban en calzoncillos, golpeados y humillados en el centro de la plaza y al borde de la muerte. Entonces procedimos al fusilamiento. Primero, sonó el Himno Nacional; después, se concedió el último deseo a cada uno de los hombres el cual termino siendo el mismo: “que sea rápido”, dijeron al unísono. Entonces el general Rubén dijo:
- Amigos, lo siguiente que veremos no es sólo el fusilar cuatro hombres sino la muerte de la esclavitud, la muerte de la opresión y la muerte del miedo. Y la nueva dictadura que habrá será la de la paz y la alegría. Todos aplaudieron, lanzaron gritos y lloraron de la alegría y después vino un silencio incomodo.
Entonces los arrodillamos, les destapamos las caras que estaban tapadas por bufandas de los soldados y fue entonces cuando los soldados empezaron al sorteo del verdugo, mi general los interrumpió y dijo que son pocos hombres los que tienen el derecho de matar a estos Cabrones, se voltió hacia mí y me dijo:
- Mátalos tu Bonifacio.
- -No puedo mi general no sería justo.
- ¿Por qué? ¿Acaso ellos no fueron los que mataron a toda la gente de la ciudad de Pijaos solo para provocarte a salir de tu escondite?
- Sí, contesté.
¿Entonces qué esperas?
- En este lugar murió mi abuelo. No sería justo que la sangre de mi abuelo se mezclara con la sangre de estos malditos, al menos no seré yo el que la riegue.
Está bien, dijo el General.
Entonces nos trasladamos al Parque de las Artes, un gran parque que se sitúa al frente de la gobernación, era un parque dedicado a la cultura del arte que antes había en Pijao, ahora solo era un terreno baldío mas, a causa de la guerra.
-¿Te parece bien aquí?, dijo mi General.
- No podría haber mejor lugar para la tumba de estos Cabrones, contesté.
Cargué mi arma, era el viejo rifle de mi abuelo con pequeñas modificaciones para que no se desarmara al disparar.
- ¿Todavía tienes esa arma Bonifacio?, preguntó mi General.
- Sí mi General, he intentado desecharla pero sería desechar a mi abuelo y a una parte de mi.
-Bueno, prosigue rápido con el fusilamiento. Esperamos 25 años para este momento. No nos hagas esperar más
- Está bien mi General.
Le disparé primero a Álvaro Castaño, a su cabeza. Cuando brotó su sangre parecía como un fino hilo, un hilo que pareciese se dirigía a un lugar con prisa. Pensé que buscaba la muerte y así lo hizo. Recargué el rifle y en la segunda carga le apunté a Juan Manuel Arias. Disparé a su corazón, pero recordé que no tenia; luego le disparé a su cabeza y se desplomó al suelo con mucha agresividad como si al morir hubiera desatado una cólera enorme contra el suelo y lo hubiera maldecido. En la tercera carga fue a Andrés Felipe Arias; le pedí a dos soldados que primero le dispararan sus pulmones y después yo lo remataría con un tiro en la cabeza. L,e dije a él que no sería tan rápido como los otros pero que si fuera lento sufriría tanto que el infierno le parecería un paraíso donde se sentiría conforme.
- Pero te lo mereces maldito cabrón eso y mucho más. Sólo lo hago porque ese fue tu último deseo si no te haría aullar de terror.
Sonrió y su mirada de repente se puso triste como un borrego que se ahoga o como las de un hombre que ya perdió su alma y sólo espera la muerte. Y así espero su ejecución, con una sonrisa y con unos ojos de borrego medio muerto. Le disparamos y murió, pero él siguió con esa maldita sonrisa y esos malditos ojos que recordaré hasta el día de mi muerte.
Entonces solo faltaba Salvatore Uribe un hombre ya viejo y acabado. Él no tenía miedo ni arrepentimiento. En su mirada solo quería morir y encontrar el camino al infierno para así descansar de una buena vez .
El no volteó la cabeza, simplemente se arrodilló y esperó. Me invadió un sentimiento de tristeza. Pese a que ese hombre era un asesino sentí compasión, no me atrevía a tocar el gatillo hasta que recordé a mi abuelo un hombre trabajador y gentil que fue torturado y fusilado en la plaza de mercado al frente de su carnicería. Fue entonces cuando recobré ánimos y le disparé justo en el mismo lugar donde le dispararon a mi abuelo un tiro en el corazón.
Ya todo había terminado. Miré a la congregación de gente que había venido a ver el fusilamiento y lo que vi me sorprendió. En sus caras vi tristeza y en sus ojos pareciese como si me estuvieran juzgando. Me preguntaba el ¿por qué? Yo había liberado al país. ¿Por qué juzgarme? ¿Acaso había hecho algo malo? No podía creer que sintieran lastima por ellos, por quienes mataron y asesinaron a sus compatriotas, amigos y familiares.
Me volteé y vi los cuatro cuerpos tendidos en el suelo y entonces entendí.
- Este no era el camino.
- Pero era el único posible…
- Ahhhh… Cómo extraño mi niñez…
Entonces el General dijo:
- ¿Qué tal se sintió, Bonifacio?
-Tan bien como cualquier otra muerte.
- ¿Nos vamos?
- Sí, para siempre.
-Está bien, ya tuvimos suficiente de la guerra.
- No, yo tan solo ya tuve suficiente de muerte.
El General volvió hacia él y vio en sus ojos una mirada de tristeza como la de los terneros a medio morir. Entonces preguntó:
- ¿Por qué esa mirada?
- ¡Carajo!
- ¿Qué paso?
--Olvidé mi escopeta.
- ¡Déjala!, ya es muy vieja y no sirve.
- Está bien, tal vez alguien haga mejor uso del que yo le hice.
- No lo creo, nadie volverá a fusilarlos. Esos hombres no encontrarán la salida del infierno.
- Yo tampoco…
FIN