Preguntas de un educador a sus graduandos

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Preguntas de un educador a sus graduandos

Queridos graduandos:

Vivimos en un país de paradojas. Un país en el que la más grande y siniestra estructura de corrupción conocida en la justicia estaba dirigida, al parecer, por dos expresidentes de la Corte Suprema y por e
propio zar anticorrupción, nombrado poco antes del escándalo por el actual scal de la nación. Un país en el que el presidente en ejercicio es objeto de reconocimientos en múltiples países del mundo por los acuerdos de paz logrados, mientras en nuestro propio territorio hay fuertes y amplios grupos interesados en hacerlos trizas. El acuerdo ha sido declarado por la Universidad de Notre Dame en Estados Unidos como el más integral, más centrado en las víctimas y más completo que conozca la historia humana; sin embargo, las fuerzas políticas nacionales no pudieron defenderlo de manera conjunta. Nos invitaron a votar para detener el con icto más largo y complejo en América Latina y el 63% de los colombianos se quedó ese día en casa descansando, jugando o haciendo deporte. Los días siguientes al plebiscito, miles de jóvenes salieron a las calles a defender lo acordado, pero, paradójicamente, el 81% de ellos no había participado en los resultados que ahora rechazaban.

Por ello, mis preguntas para comenzar son: ¿A quién le sirve la aguda polarización que hoy vivimos? ¿Quiénes se bene cian de ella? Como decía el más famoso detective inglés del siglo XIX, el primer indicio para dar con un asesino nace de la pregunta: ¿A quién bene cia esta muerte?

¿Por qué ha resultado tan complejo ponernos de acuerdo en cómo hacer la paz? Los unos no quieren reconocer su enorme responsabilidad en las masacres, los secuestros y el deterioro político, social y natural que causaron al país. Por ello invitan a construir la paz, manteniendo hasta su nombre de guerra: FARC. No tienen vergüenza con su papel en la historia. Por eso les ha costado tanto pedir perdón. Los otros no quieren aceptar que la esencia de un acuerdo de paz, aquí y en cualquier lugar de la historia, consiste en entregar las armas para hacer política sin ellas.

Un principio elemental de partida en esta paradójica realidad en la que hemos vivido estos últimos años es que no es cierto que todos estemos de acuerdo con la paz. Hay que reconocerlo: hay algunos que se bene cian económica y políticamente con la continuidad de la guerra. Son pocos, pero ellos están dispuestos a hacer todo lo necesario para retornar al poder para que las cosas sigan como están. Ellos siguen fuertes en su empeño de destrozar lo acordado y nosotros seguimos muy débiles en defender lo ganado. Parecemos cortos de ideas y de estrategias para convencer a un pueblo entero de las ventajas de la reconciliación. “Paz” es la palabra ícono que identi có la generación del setenta en el siglo pasado. Unidos de la mano, miles de jóvenes en aquel momento, logramos frenar los bombardeos con Napalm en Vietnam e impedir una guerra nuclear que, de realizarse, habría estado cerca de desaparecer miles de especies en la Tierra, entre ellas, posiblemente, la especie humana. Entonces, resulta difícil para alguien de mi generación explicar ¿Por qué hoy está tan desgastada esta palabra en Colombia?

En un bello gesto y pocas veces visto, el papa Francisco vino a Colombia a fortalecer la fe, la con anza y la paz. Algunos llegamos a pensar ingenuamente que podría darle el impulso de nitivo al proceso de reconciliación entre los colombianos, pero no fue así. A pesar de que nunca en la historia se habían logrado movilizar tantos millones de personas en un mismo día, somos un pueblo corto de memoria y ahora no resuenan sus palabras, sino las de quienes han convertido la paz en un botín electoral. Así mismo, seguimos emocionalmente enfermos, queremos tomar justicia por mano propia y todavía respiramos sed de venganza. Como sabemos psicólogos y educadores, las enfermedades emocionales requieren de mucho tiempo, esfuerzo y mediación para sanar; sólo se curan tras mediación de calidad y apoyo de los más cercanos. No hay que olvidar que un cambio nunca se logra si el enfermo no es consciente de su enfermedad o si no se esfuerza por superarla. La última guerra que hemos vivido por más de medio siglo, endureció los corazones e insensibilizó a la población frente a la muerte. Por ello, los sicarios cobran tan poco dinero en Colombia. Por eso la vida ha perdido parte de su valor sagrado, como lo saben 4.732 madres que aun buscan a sus hijos desaparecidos en asesinatos conocidos en la prensa con el eufemismo de “falsos positivos”. Por lo mismo, algunos la arriesgan tan solo para evadir el pago de los $2.200 que cuesta un viaje en Transmilenio.

En Colombia sólo el 5% de los habitantes cree en la mayoría de las personas que lo rodean. Por el contrario, el 65% de los chinos responde favorablemente la misma pregunta. Y si vamos a los países del norte de Europa, el 70% dice con ar en la mayoría de personas. Como puede verse, estamos ante la necesidad de un complejo cambio cultural que tardará una o dos generaciones en consolidarse.

En Colombia, la guerra y las ma as destruyeron el tejido social; y sin trabajo en equipo seguiremos siendo inviables como país. El reto, por tanto, es inmenso, como bellamente mostraron Kamila, Kaleb, Alejandro y Juliana en su tesis de grado sobre la experiencia de los colegios o ciales de Suba para consolidar una cultura ciudadana que favoreciera la tolerancia y el respeto a los otros.

El Papa vino en la primera semana de septiembre a recordarnos algo que parecía obvio: que es mejor vivir en paz que permanecer en la guerra y que, por ello, hay que tener enorme cuidado con quienes, por medio de la cizaña, nos quieren mantener en la cultura del odio y que, para lograrlo, alimentan la ira, la envidia y la sed de venganza. Como se han alimentado todas las guerras de la historia humana, desde la que sostuvieron Caín y Abel.

El Papa invitó a los jóvenes a no perder la alegría y a dejar atrás los odios. Aun así, su mensaje principal fue que no se dejaran arrebatar la posibilidad de vivir en un país en paz. De todas maneras, seguimos siendo un país que piensa en pequeño y que, por eso, le entrega los micrófonos a los políticos deseosos de ganar elecciones y no escucha la voz de los jóvenes para que nos revelen sus sueños, ni las in nitas preguntas por resolver de los investigadores. La voz dominante en los medios masivos de comunicación es la de quienes se han apropiado del Estado para bene cio propio y la de quienes, a sangre y fuego, de enden el poder o quieren retornar a él.

Viviríamos en un mejor país si los noticieros entrevistaran menos a los políticos y más a los niños, a los jóvenes, a los investigadores, a los ancianos y a los educadores. Al n y al cabo, la mayoría de los políticos piensa en exceso en las próximas elecciones. Los educadores, por el contrario, pensamos en las próximas generaciones.

De allí la pregunta que les hago:

¿Qué nos faltó como educadores en su tránsito por el Instituto Alberto Merani? ¿Qué pudimos haber hecho mejor? Y la que tantas veces me he formulado: ¿Por qué la escuela sigue siendo una de las instituciones más conservadoras? ¿Por qué es tan difícil entender que la escuela actual ha fracasado en el mundo, pero, aun así, se resiste a morir y sigue siendo ampliamente dominante en el mundo?

Hoy la paz en Colombia está amenazada. Unos no quieren reconocer la enorme responsabilidad que tuvieron al cometer crímenes que difícilmente podría perdonar la humanidad; otros temen ser juzgados por su papel en la creación, nanciación y apoyo a los grupos paramilitares. La diferencia es que los segundos están y han estado en el poder, en tanto los primeros infructuosamente intentaron llegar a él con las armas en la mano. Tras medio siglo de lucha armada, con costos in nitos en la democracia y en vidas humanas, han decidido pasar al terreno de la palabra y los argumentos.

Ocho millones de hectáreas fueron abandonadas en esta última guerra. ¿En manos de quién están ahora? La tierra que perdieron los campesinos que salieron ocultos de noche y con dos trapos para salvaguardar su vida, ¿quién la posee? Nos dijeron que la guerrilla era la causante de todos los males, pero 6.900 guerrilleros y 1.180

milicianos entregaron sus armas y los problemas siguen. Alguien está mintiendo. ¿Será entonces, que quiénes han gobernado van a resolver los problemas del hambre, la inequidad, la corrupción y la baja calidad educativa que sus propios gobiernos generaron?

Unos años atrás nos habían dicho que en Colombia no había guerra. Que los miles de muertos, en realidad, se habían suicidado o habían sido asesinados por sus propios compañeros de lucha. Que se trataba de un “ataque terrorista internacional”. Que quienes huían de noche para proteger su vida no eran desplazados, sino migrantes que querían conocer el país y trabajar en otra región. Aun así, murieron 220.000 compatriotas en las últimas tres décadas y desaparecieron más personas que en las dictaduras del Cono Sur en los años setenta.

¿Quiénes estaban interesados en que creyéramos que no había guerra en Colombia? Nos han dicho mil veces que vamos hacia el “castrochavismo”, pero lo que vemos es que nos enrrutamos cada vez más hacia el populismo de extrema derecha, que acusa, sin ningún desparpajo, de guerrilleros a quienes se oponen a sus planes, de violadores de niños a quienes ironizan sobre sus intenciones ocultas, mientras hacen conejo a lo acordado con la guerrilla, como siempre ha hecho la clase política y económica que gobierna este país desde dos siglos atrás. Según denuncia el Defensor del pueblo, 186 líderes sociales han sido asesinados en 2016 y 2017, en los mismos lugares que antes ocupaban las FARC. ¿Quién los está matando? ¿Por qué llegaron primero los neoparamilitares que el ejército a ocupar esas tierras? Los populismos, no importa si son de derecha o de izquierda, son costosísimos, en el mediano plazo, para la democracia, las libertades, la vida, la economía y el desarrollo humano.

Nos han dicho que vivimos en el mundo de la postverdad. Eso tampoco es cierto. Vivimos en el mundo de las mentiras, de la manipulación emocional y de la falsedad. Ello es mucho más fácil de lograr con un pueblo poco educado, poco crítico y muy corto de memoria. Para completar, eso lo saben los políticos de tiempo atrás.

Durante varios años ejercí la magia y al hacerlo aprehendí una cosa clave para entender la política: A los magos, como a los políticos, no hay que oírles lo que dicen, sino lo que dejan de decir. Hay que aprehender a leer sus silencios.

Por ello, hoy hay que preguntarse: ¿Por qué algunos políticos se oponen con todas sus fuerzas a la Justicia Especial para la Paz? ¿Será que se volvieron decentes muy recientemente o temerán a una justicia que todavía ellos no han corrompido?

Cuando un mago pide que miren con cuidado su mano izquierda, es porque ya hizo el truco o porque lo está haciendo con la mano derecha. Por ello, los invito a no oír lo que los políticos dicen, sino lo que callan. ¿A qué le temen? ¿Será que sienten que pueden ser incriminados por crímenes anteriores y por eso preferirían ser juzgados por jueces que ellos controlan desde décadas atrás? ¿Serán reales las diferencias entre los políticos que ayer fueron amigos y, aparentemente, hoy son enemigos? Posiblemente veamos al Vicepresidente del actual gobierno aliado con su más férreo enemigo en las próximas elecciones. ¿También el propio presidente estará participando en esta alianza?

Siempre me he preguntado si alguno de ustedes, hipotéticamente, fuera la persona más corrupta que haya conocido, ¿a qué se dedicaría? ¿A la educación, a la ciencia, a la salud, a la investigación, a la banca o a la política? Es solo una pregunta, pero tal vez muchos de los aquí presentes conozcamos la respuesta.

El ser humano tiene in nita capacidad para hacer daño al otro, para buscar su propio beneficio, para ponerle zancadilla a los demás con tal de alcanzar sus intereses. Esa, en buena parte, es la historia de la humanidad. Una historia llena de traiciones y asesinatos en la búsqueda por mantener o por conquistar el poder. Pero también conocemos cosas muy bellas que a diario realizan miles hombres. Y, sin ninguna duda, a medida que avanza la historia y se consolida el derecho y la calidad de la educación en el mundo, las cosas buenas, son cada día un poco más frecuentes. En el Líbano, por ejemplo, muy recientemente, se creó el llamado “Muro de la bondad”, en el que cientos de personas anónimas dejan todo tipo de ropa para que los refugiados, en su mayoría sirios, puedan encontrar abrigos. Es un bello regalo de la vida para las personas que tienen pocas posibilidades de vivirla. Y así podría mencionarles miles de actos solidarios, empezando por el in nito tiempo que hasta el día de hoy les han dedicado a ustedes, sus padres y sus profesores. Detrás de cada minuto de escucha, de compañía y de apoyo, hay un pequeño acto solidario, que desafortunadamente los jóvenes suelen demorarse décadas en entender.

Hemos visto cientos de películas en las que algunos alemanes arriesgaron su vida para salvar la de los judíos amenazados con ser convertidos en jabón. Es así como a un empresario alemán se le atribuye haber ayudado a salvar a 40.000 judíos de la persecución nazi dándoles papeles falsos que los acreditaban como ciudadanos salvadoreños. Es decir, él arriesgó 40.000 veces su vida para salvar otra de alguien que no conocía, pero a quien injustamente querían desaparecer. Como nos recordaban Laura, Daniel y Nicolás en su tesis de grado, “Las grandes oportunidades para ayudar a los demás, rara vez vienen, pero las pequeñas nos rodean todos los días”. No hay duda: La humanidad conoce ambas. Y poco a poco, cada vez son más frecuentes.

Por su parte, Paula, José, María Alejandra y Erick indagaron sobre las expectativas de vida de jóvenes como ustedes. Y hoy quiero hacer sus preguntas a cada uno de los graduandos: ¿Cómo creen que vivirán al cumplir los 30 años? ¿A qué dedicarán su tiempo? ¿Tendrán hijos? ¿Qué tanto habrán cambiado sus ideas y sus estructuras valorativas? ¿Qué tan importante serán los otros en sus vidas? Tal vez no hayan cambiado el mundo para aquel momento, pero la pregunta fundamental es si lo habrán intentado.

Durante su visita, el Papa invitaba a los jóvenes a soñar en grande. Y tenía toda razón: Si no se sueña en la juventud, ¿cuándo se hará? Como les decía Laura, mi hija, luchen por sus sueños, hagan lo posible por convertirlos en realidad. Así sentirán que el trabajo es poco y les sobrarán energía y tiempo. Quien se queja que trabaja mucho es porque sueña poco y porque quiere menos de lo necesario el trabajo que realiza. A quienes amamos el trabajo que realizamos nos sobra el tiempo y no nos parece un trabajo, sino parte de los juegos que la vida tiene de sí misma.

Miles de veces nos han dicho que al mundo le faltan técnicos. Yo creo algo bien distinto: Al mundo le faltan soñadores, personas que crean que es posible transformarlo y hacerlo más bello para vivir. Luchadores incansables e individuos con ideas simples para cambiarlo y reinvertarlo.

En mi vida me he encontrado con mucha gente que critica casi todo, pero con muy pocos que se comprometen a transformar la realidad. En mi vida he hablado con miles de personas inconformes, pero con poquísimos que saben trabajar en equipo para superar las di cultades que previamente han diagnosticado. En mi vida, lo que más me ha impactado del ser humano es su falta de originalidad y lo débil que suele ser su compromiso. Como decía Erick Fromm, “el ser humano le tiene miedo a la libertad”.

Creo, desde hace mucho tiempo, que un pequeño grupo de individuos comprometidos puede llegar a cambiar el mundo. Al n y al cabo, siempre han sido grupos pequeños de soñadores los que han reinventado la vida, tanto en la ciencia, como en el arte, la técnica y la cultura. Desafortunadamente, todavía no ha sido posible que pequeños grupos cambien la política o el sistema educativo. Es curioso, pero las instituciones políticas y educativas siguen aferradas al pasado hasta el extremo, una a la corrupción y otra a la rutina. Pero curiosamente, son los peores políticos los que más se bene cian de los efectos de una mala educación en casa y en el colegio.

Lo que los graduandos tienen que tener en cuenta hoy es que si quieren cambiar la ciencia o la cultura tendrán que enfrentar la envidia de sus propios amigos, la calumnia de sus enemigos y la resistencia de quienes se sientan amenazados con sus nuevas ideas. Por eso, muy pocos lo intentan. Si quieren aprender a volar alto, deben aprehender a volar con el viento en contra y si quisieren volar más alto aún, deben saber que tendrán más viento en contra.

Woody Allen dice que hay múltiples caminos para alcanzar al éxito, pero que el camino al fracaso es muy sencillo y fácil de recorrer: “Tratar de complacer a todo el mundo”. También creo que otro camino seguro al fracaso es hacer lo que quieren los padres o la cultura y no lo que nace del corazón, porque no hay que olvidar que una de las condiciones del éxito es hacer las cosas con pasión y compromiso.

Nunca olviden que lo que hoy son se lo deben mucho más a sus padres y a sus docentes que a lo que ustedes han hecho por sí mismos. Si entendiéramos esa sola idea, el ser humano tendría que ser mucho más solidario de lo que es.

Una pregunta nal, que puedo inferir de una bella tesis que desarrollaron Isabella, Sergio y Andrés: ¿Somos en realidad libres los seres humanos al elegir o, de alguna manera, ya estamos esencialmente determinados por la educación que previamente hemos recibido de la cultura, los padres y los maestros? Porque si es así, sólo es verdaderamente libre quien lee mucho y de manera diversa y crítica; quien dialoga mucho con otros seres humanos.

A la escuela no se va a aprender, sino a formular preguntas. Por ello, hoy que ustedes se van del Merani, los he querido despedir con algunas de las preguntas que a mí me ha dejado haber vivido este último año en un país tan paradójico, complejo, desa ante y bello.

¡Mil gracias!

Julián de Zubiría Samper

Bogotá, noviembre de 2017

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