CIEGO DE TIEMPO

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“Los dos guerreros más poderosos son la paciencia y el tiempo” -León Tolstói

Juan Carlos de León se encontró arrodillado, rodeado por los habitantes de la ciudad donde nunca se ve el sol. En medio de la oscuridad admiraba el último vestigio de su flamante antorcha. En ese último instante de luz, se arrepintió de sus acciones pasadas. Había sido exiliado por su señor Alfonso VI tras haber sido acusado de traición. Fue abandonado con nada más que su antorcha en mitad de la jungla de las Américas. Juan Carlos de León sabía que no volvería a su hogar nunca, no le quedó más remedio que internarse en la frondosa vegetación, dejando atrás todo su pasado.

Horas después, al interior de la jungla, el duque de León, con sentimiento de resignación, tomó asiento sobre una roca. A pesar de estar rodeado de árboles que no le permitían ver el sol, optó por contemplar el atardecer. Con la llegada de la luna, decidió refugiarse al interior de una caverna cercana para descansar. En ese aislado lugar intentó conciliar el sueño usando una de sus finas botas como almohada, cerró sus ojos. En mitad de la fría noche, Juan Carlos de León se despertó desconcertado por un agudo sonido. Tal ruido provenía de un agujero en una de las paredes de la cueva. Se acercó con la intención de silenciar aquel ruido tan molesto. Quedó pálido al descubrir de donde venía tan horrible sonido. Detrás de aquella pared se veía una escalera, un abismo sin fondo. El ruido no desapareció con el pasar del tiempo. En un momento, se encontró del otro lado de la pared en búsqueda del origen.

Descendió por las escaleras tan rápido como pudo, aunque le tomo varios minutos. El ruido pasó de ser intermitente a insoportable, y el pequeño pasillo de la cueva se convirtió en una enorme gruta donde la llama de la antorcha vislumbraba la silueta de distintas edificaciones, algunas, parcialmente sepultadas. El duque de León, al ver las imponentes construcciones y al borde del desespero por el agudo ruido, proclamó: “Ante mí se encuentra presente la gloriosa ciudad de El Dorado”. La emoción estaba en su espíritu, aceleró el paso al darse cuenta de que le quedaban pocos escalones. Incluso, llegó a pensar que podía ser perdonado en su tierra si llegaba a traer la gloria del oro. Cuando llegó al final de las escaleras sintió el fracaso. Nada estaba hecho de oro. Al menos encontró el origen del ruido. Provenía de un sujeto en mitad de una plaza. Alrededor de aquel ser, se encontraban un conjunto de personas en un estado de máxima concentración.

Al bajar el último escalón, se dirigió con valentía hacia el ser que emitía ruido. Con cada paso dado, una persona más de la multitud se daba la vuelta e inclinaba su cabeza en su dirección. Sin embargo, el duque nunca se detuvo, por el contrario, se acercó con mayor rapidez. No fue hasta que se encontró a pocos centímetros de aquel ser que generaba el ruido, que su antorcha le mostró una macabra realidad: ningún ciudadano en el sitio parecía tener ojos, excepto quien tenía al frente suyo. Quedo perplejo y el ruido desapareció. Se convirtió en sonidos que podía entender a la perfección, el lenguaje de los habitantes de la ciudad enterrada. De manera simultánea, el misterioso ser le había puesto una de sus manos en su hombro derecho.

A pesar de tener apariencia demacrada, profesó: Bienvenido a Nontempus, me conocen como Visio VI y soy el gobernante de la ciudad, hace mucho no teníamos visitantes. El duque fue interrumpido antes de poder hacer su respectiva presentación como miembro de la realeza española. Aquí, solo la familia real tiene aquello que ustedes, seres del exterior, llaman visión, todo lo percibimos por el sonido. Visio VI invito a Juan Carlos de León a seguir a su residencia, era el único lugar donde entraba la luz solar a pesar de estar varios metros bajo tierra. Al llegar allí, el duque bajó la guardia y apago su antorcha temporalmente. Una vez recuperada la percepción de la luz natural, tuvieron un momento de plática, Juan Carlos de León le comento acerca de su deshonroso estado. El rey le ofreció la posibilidad de quedarse a vivir en su pueblo, Juan Carlos de León decidió pensar la oferta. Tal vez su reino ya no era León.

Tras salir del palacio y volver a la oscuridad, el panorama parecía desértico. Un ciudadano le dirigió la palabra para luego esfumarse en la penumbra. Le dio explicaciones de como llegar al lugar de su hospedaje, a menos de media cuadra de la residencia del rey. Aunque no había casi nada en el lugar de estadía, logró ponerse cómodo contra una pared, reflexionó sobre todo lo sucedido. No sonaba mal, la idea de vivir en la ciudad subterránea era llamativa, tendría un nuevo comienzo. Después de divagar por largos periodos, un pensamiento chocó contra su mente. Lo hizo dudar de su realidad. No sabía cuanto llevaba bajo tierra, podían ser horas, semanas o incluso meses. Intentó llevar el paso de los segundos en su mente, como si de contar ovejas se tratara, fue inútil, no tenía como medir el tiempo.

Recordó la recámara del rey, aquel preciado sitio donde se apreciaba el ciclo diurno. Ingenuamente, pensó que tal vez el rey lo dejaría entrar con tal de no caer en la locura. Varias veces, durante momentos extensos, intentó llamar a la puerta del rey. Nadie respondió. Pensó en volver a la jungla en la que había sido abandonado, sin embargo, ¿qué es mejor? ¿Vivir en un mundo sin tiempo o un mundo donde el tiempo te ha dejado apartado? El duque permanecería en la ciudad, tarde o temprano, algo tendría que suceder, alguien tendría que aparecer, era cuestión de tiempo. En su mente pasaron más de dos años sin tener contacto con ningún habitante. Conocía cada rincón de su habitación y caminaba inquietamente. No había usado su antorcha desde que vio al rey por última vez. En medio de sus delirios, decidió guardar su última luz para cuando tuviera a alguien con quien compartirla. De momento, solo se tenía a el y a sus pensamientos tormentosos.

Extraviado en su mente, vio como se abrió la puerta de la residencia real. De ella emergió el rey y un gran grupo de individuos siguiéndolo. El duque prendió su antorcha, y corrió como nunca antes para compartir su llama. Era la primera vez que veía a alguien en mucho tiempo, se alegró de no haber sido abandonado otra vez. Se postró de rodillas ante el rey. Al encontrarse a su lado, Visio VI le pregunto, ¿Te quedarás con nosotros, verdad? Han pasado solo unos minutos desde la última vez que nos comunicamos y a pesar de eso pareces estar convencido, ¿tan rápido te decidiste? El duque, sollozando, solo afirmo con la cabeza. Ni siquiera pudo hablar. El rey de Nontempus lo miro a los ojos con el brillo carmesí de la antorcha entre ellos. Se acercó a su oreja y le susurro: Te has convertido en uno de ellos, ¿sabes que día es?, ¿Sabes cuanto tiempo llevas aquí?, Eso es un privilegio que solo unos pocos podemos tener. Dame tu vista y no tendrás que preocuparte más por ver lo que depara el futuro. Juan Carlos, ciudadano común de Nontempus, observo por última vez el fulgor de su antorcha, sus ojos se apagaron.

Matías Sandoval Suárez
Proyectivo C Aula Ícaro 2024



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