Entre Caribdis y Escila

31 de julio de 2025
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Cualquiera que tenga o haya tenido empleo sabe lo difícil que es mantenerse a flote en el mundo comercial, y que son muchos los que caen ante sus violentas mareas y sus monstruosidades. Pero son pocos los que, tras surcar estos mares durante largo tiempo, llegan a cruzar entre Caribdis y Escila.

Caribdis, la encarnación de la inseguridad, absorbe en sus fauces sin fondo a todos los que en su camino a la grandeza pierden la confianza en sí mismos. Y por su parte, Escila, la envidia vuelta materia, cuyas seis cabezas atacan sin respiro a sus víctimas, cobra el alma de todos aquellos que codician lo del otro.

Durante toda mi vida escuché las temibles historias y sus rugidos a la distancia, pero siendo sincero, nunca esperé tener que acercarme tanto a ellos, y menos que mi destino fuera morir entre sus garras. Todo comenzó cuando a mí, y a otras personas, nos ofrecieron importantes puestos entre una comunidad de comerciantes en una isla vecina, el sueño hecho realidad de todo marinero, pero también un destino que implicaba cruzar el estrecho paso entre ambas criaturas.

Naturalmente me proclamé el líder del grupo, después de todo era el que más tiempo llevaba en la empresa, y nos embarcamos en nuestro viaje. Los primeros días pasaron con tranquilidad, pero con el tiempo llegamos al estrecho y esforzándonos por alejarnos de las fauces de Caribdis comenzamos a enfrentar a Escila.

No tardaron en caer los primeros navegantes en las fauces del inmenso dragón, y vi a mis compañeros ser devorados por su envidia. Tras un par de horas de batalla, otros navegantes sucumbieron a la atracción de Caribdis, y ya casi sin tripulación aguantamos hasta la salida del estrecho.

Al segundo día de haber entrado en el paso me levanté sobresaltado por un sueño cuyo contenido ya no recuerdo. Era de madrugada y hacía frío, pero el instinto me incitó a subir a cubierta. Afuera todo parecía normal: Los remeros, bajo la dirección de mi subalterno, mantenían el barco en movimiento; los dos centinelas se paseaban temblorosos de un lado al otro con la antorcha en una mano y la otra sobre el mango de la espada; y las nubes negras amenazaban con desatar otra tormenta sobre nuestro navío. Sin embargo, había algo distinto.

Tras cinco minutos de observar el infinito mar por fin lo comprendí, podía ver el reflejo de la luz de luna. Desde el momento en que entramos al paso, las nubes de tormenta impedían la entrada de cualquier atisbo de luz, pero ahora, a menos de un kilómetro, la luz de luna marcaba el final del estrecho infernal.

Sorprendido, me dirigí hacia la proa y me senté allí a la espera de que el barco por fin tocara de nuevo la luz, sin embargo, aquel momento nunca llego. Tras estar cerca de una hora allí sentado, vi el Sol asomarse a lo lejos y a Escila levantarse con un rugido, un momento después un zarpazo de la criatura barrió toda la cubierta.

Por fuerza de la suerte o el destino sobreviví al ataque con daños mínimos y logré colgarme del borde tambaleante del barco, sin embargo, toda mi alegría se desvaneció cuando me incorpore sobre él: el ataque había acabado con toda mi tripulación y destrozado las velas del navío, dejándome a la deriva y solo. Tras un rato de lamentos, la niebla que cobijaba el estrecho desde nuestra llegada se disipó, dejando a la vista el centenar de navíos que habían intentado cruzar antes que nosotros y que ahora flotaba sin rumbo ni tripulación, y entonces lo comprendí: una vez que entrabas en aquellas aguas, la única salida eran las fauces de Caribdis y Escila, y mi condena era vivir para siempre entre ellos.


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