Inercia
CAP 1:
-Sr. Marlow- Dijo alguien a la lejanía.-¡Charles!- Volvió a insistir con una voz fuerte..
Sentí que alguien tocaba mi hombro, me estiré y abrí mis ojos, para que me deslumbre el sol.
Lo que divisé después de un momento fue un rostro alargado, con los cachetes desnutridos y
una frente prominente. Lo hacía parecer un “sabio” si se quiere llamar así, no era una cara
con la cual uno quisiera despertarse.
-Perdóneme Sr. “Quiquek”, ¿ya estamos cerca del lugar?- Dije de manera agotada.
-Ya llegamos-. Añadió volteando los ojos. -y se pronuncia Queequeg. Apresúrate antes de que
todo el caso se pudra-.
Al salir del Jeep decorado con estampados de la OEDM, “Organización Especializada en
desapariciones de Minerva", me encontré frente a una calle que estaba llena de “hogares de
retiro” como decían los carteles. Los ancianos no apartaban su mirada, como si no hubiera
pasado nada aquí desde hace mucho tiempo. Al frente mío había lo que parecía un hotel,
pero ahora estaba cercado y descuidado.
-Me recuerdas porque necesitamos hablar con el Sr. Twist, este lugar parece ser….- Me callé
cuando Queequeg comenzó a hablar.
-Te recuerdo que él es el único hermano de la víctima que queda vivo, y por eso puede darnos
pistas de su paradero- Para luego mirarme con sus grandes ojos cafés. -Y por si se te olvidó lo
que dije en la sede principal, yo hablo, yo actúo y yo me encargo del caso, tu…-
-Me quedo callado, quieto y sobre todo hago caso solo a ti-. Lo interrumpí, no aguantaba que
dijera nada más.Sin más que decir, Queequeg se volteo. Nos dirigimos al “hotel”, saltamos
una pobre cerca y toqué una puerta muy pequeña para un edificio tan grande. Al poco
tiempo alguien abrió.
-¡Oh! Ya llegaron, el Sr. Twist me dijo que vendrían, pasen por favor-. Apenas entré, un olor
a polvo invadió mi olfato. El lugar estaba iluminado de forma pobre, no había mucho que
describir aparte de un cuadro de un paisaje de montañas en la noche. Sólo que en lugar de
destacar por los astros que suele acompañar este tipo de obras, destacaba el fuego y ruina,
esto le daba un tono lúgubre a la obra. Sobre el Señor que nos abrió, era un simple
mayordomo, pero incómodamente joven.
-Vengan- Dijo el mayordomo. -Deben estar muy emocionados de conocer a un veterano de la
cuarta guerra. Está en su chimenea justo ahora, les pido que sean pacientes, a veces se pierde
en la conversación o se le olvidan las palabras-. Dijo mientras nos dirigía a un marco sin
puerta. El marco daba paso a una habitación mucho más grande que el resto, se podían ver
columnas que llegaban al techo, en los rincones había la silueta de muebles, al fondo en el
centro de la habitación había una chimenea encendida, se alcanzaba a ver el contraste de un
sillón vistoso mirando hacia la chimenea.
-¡Oh! señor no quisiera ser yo quien lo moleste-. Dijo el mayordomo mirando a Queequeg-.
Pero podría retirarse el…dije que porta usted-.
El dije del que hablaba el mayordomo era muy minimalista, consistía en un collar delgado
del que colgaba un pulmón brillante, ni siquiera lo había notado hasta ahora. Queequeg
miraba de forma penetrante al mayordomo. Después de un tiempo eterno, Queequeg, sin
apartar la mirada del señor, arrancó el dije de su cuello y lo guardó en su Gabardina-.
-Creanme, no quiero decirles como hacer su trabajo, pero tenga precaución si…- El
mayordomo se había pausado un momento porque Queequeg comenzó a entrar a la
habitación. -Van a hablar cualquier cosa relacionada con la cuarta guerra mundial-.
-Seremos lo más profesionales posibles, compermiso-. Me vi obligado a decir.
Mientras seguía a Queequeg hacia el sillón, pensé en lo que sabía de la cuarta guerra. En la
academia me enseñaron que a diferencia de las 3 anteriores, esta involucró a todas las
naciones, no solo a las potencias que siempre querían presumir de su poder. Afecto a todo el
mundo, sobre todo en donde estaba ahora, Revachol, la capital de Minerva. El corazón de la
“Alianza Roja". No me acuerdo porque empezó la guerra, pero creo que el dije que portaba
Queequeg simboliza una ideología que surgió de esta misma.
-Hola Sr. Oliver Twist-. Dijo Queequeg sentándose en una butaca ridículamente pequeña
para su cuerpo, en diagonal al sillón en el qué estaba sentado Oliver.- Este es mi compañero,
el Sr. Marlow.- Dijo mientras señalaba mi dirección. -Estamos aquí para una investigación
sobre el desafortunado desaparecimiento de su hermana Michelle Twist. Haremos algunas
preguntas básicas por si usted sabe algo ¿Alguna pregunta?-. Mientras decía Queequeg esto,
yo me senté en una butaca igual de pequeña que la de Queequeg, al lado de este mismo.
Desde ahí solo alcanzaba a ver el contraste del perfil de la cara fija del Sr Twist, parecía
carecer de nariz.
-Sabía que vendrían tarde o temprano, ustedes siempre tienen que meterse en estas cosas-Dijo con una voz ronca.
-Me alegra que supiera que bendigamos, ahora empezaré con las preguntas- Dijo mientras
sacaba una libreta. -¿Cómo definirías a tu hermana, Sr. Twist?-.
-Determinada, si quería algo lo conseguía. Pero era muy empática, un defecto horrible-.
-¿Sabes a qué se dedicaba tu hermana?-.
-Voy a ser sincero- dijo Oliver- quiero que se larguen de mi casa lo más rápido posible, así
que te dire todo lo que sé. Mi hermana se motivó mucho por un desgraciado de ir a las tierras
de la posguerra para ayudar en cosas absurdas. Recoger cadáveres, apagar incendios. Que
absurdo que personas así no entiendan la belleza del fuego. Luego se animó a fundar un
proyecto de restauración y recuperación humana, RRH. Ya deben saber lo rápido que creció
y su abrupta caída-. Tomó aire de manera agobiante. - Todas esas “pruebas”, si es que así se
pueden llamar, de que mi hermana apoyaba en secreto “terroristas”, mi hermana nunca
haría algo así. Para que luego la desaparecieran hace dos semanas ¿no?
Sr Twist- Dijo Queequeg-. Creo que sabes que nosotros conocemos toda esa historia. Lo que
nos interesa es su antiguo trabajo en la alianza roja nos pueda ayudar en algo, en especial los
“objetivos” que dirigiste en Ravachol, hablo de las salas rojas.
-Ya pague por lo que tenía que pagar-. Dijo Oliver de forma lacónica y sin apartar la mirada
de la chimenea.
-Lo sé- Insistió Queequeg.- Pero creemos que sabes algo del paradero de tu hermana, sabes
algo Sr. Twist-. No hubo respuesta-. ¿Crees que se la llevó “dios”?-. El silencio y la oscuridad
poseyeron la sala, sentí como si la sala alrededor mío comenzará a girar.
-Dios- dijo al fin, sin apartar la mirada de la chimenea-. Pienso en dios cuando veo esos
párpados cansados y pesados, esa piel blanca reflectante que me recuerda a lo más puro del
ser humano, esa Iris tan oscura que termina destacando esa esclerótica color amarillo
enfermizo.
-Escleró...- Me interrumpí porque Queequeg, con un sutil movimiento, me mandó a callar.
-Saben ustedes señores de terco pensar- siguió con naturalidad -, que el amarillo se asocia
con la felicidad y armonía, campos de girasoles, decoración infantil, ¡ah! y como me puede
hacer falta el triunfante sol, la estrella eterna que nos recuerda el paso del tiempo-.
En un movimiento rápido pero controlado Oliver me miró con su único ojo, ahí fue donde
pude ver su horrenda cara, alumbrada por la luz de la chimenea. Tenía su mandíbula
atrofiada, un párpado cerrado e hinchado por una horrible cicatriz, una nariz destrozada que
parecía hacer muy doloroso el simple acto de respirar. Su único ojo abierto era un vacío
negro que ni el pobre fuego de la chimenea lograba hacer brillar. Parecía más cerca de mí que
nunca y cuando habló de manera sepulcral sus palabras se sintieron en cada vértebra que
compone mi columna.
-Ahora el amarillo, combinado con el tenue rojo de las venas de la esclerótica, es el
imponente y grandioso llamado que no admite la misericordia alguna, que no espera ningun
recuerdo, ninguna experiencia, ni tan siquiera su voz, sea recordada. Ojala tu comprendas la
gloria del dolor, ojalá comprendas algún día la falsedad que significa confiar en algún dios.
-Volvió a mirar a la chimenea con una expresión de tristeza-. Si quieren saber que fue de mi
hermana, deben adentrarse en el modo de operar de la alianza roja, solo así podrán entender
una misera parte de todo esto-.
Cuando sentí su húmedo aliento y su voz penetrante, lo único que pude pensar es huir de
esta maldita nación lo más lejos posible.
-Vayan a la sala roja 11, ahí deben buscar los archivos de la alianza roja, solo así hallarán a mi
pobre hermana-. Dijo el anciano mientras miraba el fuego de la chimenea.
CAP 2:
Cuando miras a los distritos bajos de Ravachol, la capital de Minerva, por primera vez,
observas negocios esquineros pequeños, parques descuidados y algunas estructuras o
carreteras con cicatrices abiertas que recuerdan la crudeza de la guerra. Lo que más me
llamó la atención fueron los “bloques del estado”, como me habían dicho que se llamaban,
edificios de a veces 10 pisos de hormigón y ladrillo gris, sin balcones o muchas ventanas, los
construyeron para que la mayoría de los ciudadanos vuelva a urbanizar las ciudades que
habían abandonado por los bombardeos contantes. Se asemejan a latas de sardinas, jaulas de
pollos o otro sinónimo para un lugar tan pequeño y oscuro donde es inhumano pensar que
alguien viva ahí.
-Queequeg, cuando los informes no explicaban que era la UNSC. Lo que yo sé es que es una
simple alianza más destruida en la WWII, entonces ¿Que la hace tan especial?-.
-Quizás fue porque cuando dicho partido traicionó a sus aliados, causó una masacre a nivel
mundial a miles de civiles, culturas y tradiciones mediante discurso xenofobo. O quizás fue
porque hizo esto utilizando las formas más inhumanas posible. Escoge la que más te guste-.
Dijo mientras conducía. -Por cierto cuando lleguemos al lugar puedes toquetear más cosas-cuando dijo eso lo miré intrigado. Pero con cautela-. Añadió al ver mi reacción.
Tras cruzar una esquina lo que vi fue una estructura de hormigón semi-destruida de color
azul oscuro, a pesar de ser mediodía la estructura no reflejaba la luz del sol. Destacaba un
cartel que decía “Panadería SOMA, el mejor pan hueco”...he de decir que me resultó cómico.
-Todas las “salas rojas” tenían un objetivo bélico, en el caso de la 11 era atacar la psique del
sujeto, mediante su cuerpo-. Dijo Queequeg. -Por obvias razones no puedes colorar algo así
de cartel. Si me lo preguntas, no lo hicieron muy bien-.
Llegamos a un portón donde nos recibió un guardia joven, Queequeg le robó la palabra.
-Venimos por una inspección sanitaria, aquí está nuestro permiso- Dijo mientras entregaba
un sobre que no parecía tener un permiso precisamente- Seremos rápidos.
-Me temo que este permiso está caducado- Dijo el guardia con una sonrisa picara.
-Pero Señor.- exclamó Queequeg mientras mostraba una pistola en su gabardina. -Si no nos
deja pasar nos van a despedir-. El guardia sorprendido, se apresuró a dejarnos pasar.
Nos estacionamos y entramos a la “panadería”, se veía como típico lugar abandonado, con
muebles destruidos y todo tipo de animales escurridizos.
-Queequeg-. Dije mientras prendía una linterna. -¿buscamos algo en-?
Me detuve al ver un cartel, parecía como cualquier otro acto de vandalismo, solo que
Queequeg se había detenido en este en especial. El cartel era de una mujer con gesto serio y
agarrando, de manera antinatural, sus pulmones brillantes que salían de su cuerpo. Debajo
estaba escrito: “Recuerda que respiras y que todos respiran el mismo aire que tu”.
-Se que eres curioso- dijo Queequeg mirando el cartel- algo muchas veces malo. Pero quiero
que sepas que no soy el único que cree que Minerva…no…que todo el mundo puede mejorar,
solo es cuestión de que todos y cada uno que lo compartimos seamos mejores.- Sin decir
nada más, nos dirigimos a lo más profundo de la “panadería”.
No tardamos en encontrar una bajada que llevaba a una puerta de hierro cerrada, saque mi
ganzua dispuesto a forzarla, pero Queequeg me detuvo con un semblante serio.- Algunas
veces quedan sistemas de seguridad en estas cosas, así que seamos precavidos-. Seguido a
esto, sacó algo como una radio para llamar esfuerzos, para luego dejarme pasar.
Dentro de la puerta había un pasillo de paredes azules, Queequeg prendió los tacos ubicados
al lado de la puerta, para que así la estructura despertara de su largo sueño. Lo siguiente que
vi fueron unas 14 puertas azul claro en los latelars del pasillo y alcanzaba a distinguir unas
puertsa dobles, color negro, al fondo de este.
-No te recomiendo ser curioso en este lugar, así que abre todas las puertas de la derecha con
sumo cuidado, y si no ves archivos, cierrala de inmediato-. Dijo Queequeg, se veía tenso.
Sabía que cuando la alianza roja tomó el mando en Minerva, hizo actos inhumanos, incluso
antes de que empezara la cuarta guerra. Pero nunca me importó al no ver como me afectaba
esto, hasta ahora.
Abrí 7 puertas donde había todo en cada una de ellas, instrumentos tecnológicos extraños,
sillas con tubos y cables, lo que parecía una sala de seguridad y otros panoramas que me
intrigaban, pero no quería comprender las atrocidades que hicieron aquí.
Ambos llegamos a la puerta negra del fondo sin decir una sola palabra. De cerca podías ver
que las puertas eran mucho más grandes de lo que parecían. En el centro de estas había una
cara, a un lado estaba un hombre con expresión asustada y al otro lado una máquina sin
expresión. Desenfunde mi pistola y entendí por primera vez porque se la habían dado a un
simple detective en su primer caso.
Cruzamos a la vez la puerta para encontrarnos con una habitación cuadrada hecha casi en su
totalidad de madera, estaba igual de desolada que el resto del lugar, de forma casi
instantánea Queequeg y yo comenzamos a buscar, que exactamente no se, pero buscamos
entre pilas de carpetas, libros y documentos desorganizados. Era difícil saber si lo que
estabas viendo te ayudaría en el caso o indagarás en los horrorosos detalles de esta cripta.
Hasta que al fin Queequeg encontró algo, me llamó de inmediato y lo que vi fue atroz. Una
carpeta que explicaba a detalle un programa de incriminación a “grupos problemáticos", con
un proceso reservado para los cargos importantes de estas organizaciones. Al final explicaba
lugares adecuados donde hacer este “proceso especializado”.
-Queequeg- dije con voz quebradiza- ¿Crees qué nuestro gobierno actual se atrevería a…?.
Subí la mirada para encontrarme con mi compañero, pero en el camino mis ojos se
detuvieron en una figura gris en el medio del pasillo, no me tardé en distinguir lo que tenía
en las manos.
-¡Abajo!- Grité a la vez que empujé a Queequeg para luego tirarme al suelo. Mientras me
arrastraba por el piso a la pared más cercana los oídos me pitan al escuchar los sonidos de las
balas. Cuando me levanté estaba a un lado del marco de la puerta y Queequeg estaba al otro
lado, intenté alzar mi arma pero sentí un punzante dolor en el dorsal derecho y algo caliente
recorría mi piel, me habían dado un disparo. La herida no llegó a ningún órgano pero dolía
un huevo. Hice presión en esta mientras Queequeg comenzaba el tiroteo.
-Marlow, ve ya por la carpeta que encontré, sin ella…-Se quedó de repente callado al ver
como me apoyaba en la pared. -No te muevas-.
Sin embargo, mi atención se centró en esa carpeta, todo mi esfuerzo en un pedazo de papel.
Cogí con mis manos temblorosas la única granada que tenía, me acuerdo que escogí una de
gas lacrimógeno porque era la más barata. Y ideé un plan de esos imprudentes que se me
suele ocurrir.
-Solo es un tango, tiro la granada y me acerco lo más que pueda, tú coge la carpeta y quédate
listo para disparar, cuando el gas se disperse yo lo distraigo y tu lo eliminas-. No espere la
segura respuesta negativa de mi compañero, di un paso atrás y tiré la granada con toda la
fuerza que tenía.
-Que mierda Charles, estas…- No escuche lo siguiente que dijo porque ya estaba corriendo
pegado a una pared a pesar de que las balas no cesaban y pase por medio de mi granada.
Alcance a pasar unas 3 puertas hasta meterme en la cuarta, para luego un silencio seco. Me
ardían los ojos y sentía como la sangre recorría mi pantalón, sin embargo mi mirada no se
apartó del gas que se asomaba por la puerta. Durante medio minuto que se sintió mediodía,
el gas no se dispersó, tenía en mi mano mi pistola pero sabía que no podía disparar con este
dolor, tenía que confíar en la puntería de Queequeg. Cuando el humo se dispersó , sin dudar
asome mi cuerpo entero ante la muerte.
No tarde, y cuando digo no tarde fue porque la pregunta muchas veces me la hizo mi cerebro,
pero nunca de manera tan agobiante y sorpresiva ¿por qué estaba aquí? Dios, pude haber
tenido un futuro brillante en otro lugar, conocer a alguien y vivir feliz… Lo sabía desde un
inicio lo sabía, me habían advertido, con tan solo ver mi situación, mi terrible situación, para
darme cuenta de que iba a morir aquí. Pero no quería morir, no así, no ahora.
Mientras pensaba esto escuché el rugido del plomo, pero no me moví un centímetro, hasta
que me di cuenta en unos segundos, de que los disparos venían detrás mío, había pasado al
tirador sin querer. Me volteé instintivamente para intentar distinguir algo. Vi una figura
entrando a la habitación de la gran puerta negra mientras disparaba. Disparé, tres veces, solo
el último fue directo a mi objetivo.
-¡Sr. Queequeg!- grité, pero nadie me respondió, avance pesadamente por el pasillo mientras
intentaba mantener mi pistola al sujeto que le dispare, estaba tirado en el suelo y tenía un
militar gris, estaba gritando de dolor. Mientras entraba a la habitación escuche un gorgoteo a
mi lado izquierdo. Volteo la mirada para ver a mi compañero ahogándose con su propia
sangre en el suelo, había recibido un tiro justo en la pantorrilla y otro en la garganta. Tenía
una expresión que nunca pensé que vería salir de su cara siempre sería, sentí un repentino
dolor en el pecho y que todo a mi alrededor daba vueltas. Me arrodille intentando mantener
el equilibrio y comencé a trasbocar sin control.
Tan pronto me recompuse, pateé el rifle que traía el señor del traje militar, calle sus
desesperados gritos, para luego coger la carpeta que encontró Queequeg y pedirle lo más
amable que pude una dirección, no quiero entrar en más detalles. Señaló una dirección de
algo para luego mirar a la nada para siempre. Marqué lo que señalo con su sangre para luego
sentarme e intentar descansar. Mi cabeza estaba pensando en cuál era la mejor arma para
llevar al asalto, a que hora era mejor, si debía intentar planear una trampa concreta. Pero
una parte de mis pensamientos la ocupaba la sofocante necesidad de que me dejara de doler
el dorsal y que renunciara a este maldito trabajo lo más rápido posible. Lo último que hice
antes de cerrar mis cansados párpados fue cerrar una última vez los ojos cafés de mi
compañero y arrancarle su colgante, ahora teñido de rojo.
CAP 3:
He de decir que por un momento, cuando abrí los ojos y vi la oscuridad, pensé que todo
había acabado para mi, que al fin descansaría. Sin embargo, después de un tiempo me di
cuenta que estaba en un hospital, con su típica cama rígida y el olor a productos medicos.
Cuando ya estaba planteando pararme en medio de la oscuridad una puerta enfrente mío se
abrió, dos figuras entraron en la habitación, eran dos detectives igual que yo, estaba ahí para
decirme que casi había muerto desangrado, que la bala no alcanzó a perforar un pulmón
porque en el camino se encontró con una costilla, pero justo por eso la bala destrozó la
costilla y me causo un sangrado interno, con razón dolía tanto y sentía un parche incómodo
en el lugar.
El resto que siguió después de esto fue el monólogo político cansino, que si lamentaban la
pérdida del mi compañero “Quequewa”, que por mi propia seguridad no podía seguir con el
caso y sería relevado, pero que Minerva agradecia mi compromiso con la verdad y la justicia,
ni siquiera pudieron pronunciar bien su nombre. Lo siguiente que hicieron fue llevarme a mi
casa a las afueras de Ravachol, no sin antes darme una caja con algunas cosas mías.
Durante el camino abrí la caja para entregarme con el documento y el dije de Queequeg,
olían a hierro. Se me vino a la mente una tarde hace muchos años cuando mi papá murió, no
me acuerdo mucho de él, lo que más me acuerdo es su trabajo como guardia de seguridad, y
que a pesar de su trabajo, murió de cáncer, me llena de remordimiento pensar en él.
Me bajé en mi casa, una muy linda por cierto, nunca entendí porque me había largado de
aquí. Me dijeron que descansara, que luego me buscaban para continuar con mi deber, no
me moleste en decirles que había encontrado y mis sospechas, no quería que estorbaran en
lo que tenía planeado, sin más se fueron con una llamativa sonrisa de comercial de dentista.
Lo siguiente que pasaron fueron dos meses complicados, compré una escopeta, una pistola y
otras cosas más. Fui al lugar que había marcado el señor que mató a Queequeg y vi que era
un edificio de una carnicería no muy grande, comencé a ir semanalmente a comprar carne,
solo para ver que tenía cámaras, sabía que algo escondía y quería entrar a verlo con mis
propios ojos. Cada vez que iba me aprendía más el lugar de memoria, incluso encontré una
puerta trasera que abrían todos los fines de semana para entrar ganado, por ahí iba a entrar.
Lo último que hice fue conseguir una gorra y una bufanda con la que taparme, no necesitaba
nada más.
Un día antes de mi “asalto” alguien me llamó, cuando conteste era una voz alegre, la de mi
hermano, me estaba felicitando por mi cumpleaños. Me dijo que lamenta no haber ido pero
la familia lo tenía muy ocupado, que si me fue bien con mi caso y como iban las cosa en
Minerva. Con una voz quebradiza dije que todo estaba bien, que estaba muy emocionado con
mi nuevo trabajo. Al otro lado del teléfono se escuchaba estática.
-¿No vas a hacer nada…extraño?- Dijo mi querido hermano.
Le colgué sin decir nada más, mi pecho comenzó a doler y la vista se me nubló, mi cerebro
empezó a probar mi cordura. Yo no quiero matar a nadie, quiero quedarme en mi hogar,
después de todo ¿Que le debía a este país? ¿Por qué no me largue de este país como hizo mi
hermano? no le debía nada a Minerva. No supe responderme, me conformé con la idea de
que mi situación era como intentar parar de caer a un pozo, después de saltar solamente
quedaba descender hasta lo más hondo del abismo.
Así fue como me desperté bien temprano para mi gran día. Dicen que las personas que se
suicidan se sienten más tranquilas momentos después de tomar su decisión, pero en mi caso
no era así, me dolía la cabeza, me temblaban las manos y me sentía mareado. Lo que iba a
hacer era un acto en contra de mi voluntad, pero no entiendo el qué o cómo me obligaba.
Dejé el auto alejado del lugar y me dirigí a la carnicería, que nombre más apropiado a lo que
iba a cometer. No voy a entrar en detalles de cómo entré, pues actuaba de forma automática
e instintiva, recuerdo los gritos de los animales y el olor a sangre, pero no me atrevo a
recordar más. Baje a un sótano de manera pesada por medio de un elevador, los engranajes
rechinaban y sentía como me dolía todo el cuerpo. Llegue a una oficina pequeña e incómoda
y solitaria. Busqué y busqué cualquier cosa qué me ayudara a resolver el caso, hasta que me
encontré con algo que me confundió, una pared llena de fotos, pero destacaba una
bonitamente enmarcada de una familia feliz. Revisé con la mirada las demás fotos, cuando
menos me di cuenta mis ojos se posaron en una foto muy antigua, un edificio abandonado,
en la parte de abajo decía “ahora le daré una nueva vida a este lugar”. Y comencé a sentir una
creciente e insoportable sospecha de que había cometido el horrendo error de creerme juez y
verdugo.
Mi nombre es Charles Marlow Unamuno. Grabo esto para que quien sea que lo encuentre
sepa que a pesar de estar en mi peor momento, merezco que se sepa mi versión de la historia.
Que quede claro que nadie se atreva a pensar, en especial mi pobre hermano, que he
enloquecido. Lo que me pasó es algo mucho más simple de lo que parece, ya muchos pasaron
y pasaran por lo mismo que yo. Por favor tomen mis palabras como advertencia y denuncia
de esta actitud tan autodestructiva, aun teniendo en cuenta que mi adiós será el mayor acto
de cobardía que alguien puede cometer. Ya mi arrepentimiento, como para muchos otros,
resulta fútil ante mi inmensurable error, no me merezco el privilegio de la misericordia.
Solamente fue la inercia.

Escrito por William Rincón
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