Un poema objeto es una forma de expresión artística que combina palabras y elementos materiales para comunicar una idea, una emoción o una reflexión. En este tipo de creación, los objetos dejan de ser elementos cotidianos para adquirir nuevos significados a través de la imaginación y la interpretación. A continuación, presentamos algunos de los ejercicios realizados por los estudiantes de Proyectivo en el Aula de Ícaro, donde exploraron la creatividad, el simbolismo y la relación entre la poesía y los objetos para construir mensajes únicos y personales
Un poco más
En las profundidades del Taiga, en una cueva atravesada por un pequeño arroyo y decorada con minerales brillantes, musgo y flores silvestres, se encuentra el umbral a un mundo secreto. Un mundo habitado por pequeños monstruos que, contrario a lo que su nombre podría indicar, son criaturas adorables y traviesas.
Entre todos ellos, la tribu que más destaca es la de las Labubus, liderada por Zimomo. Estos seres son
duendes, con orejas largas, pelaje suave y una sonrisa traviesa que muestra sus dientes afilados. Pese a su apariencia, son seres de corazón amable y siempre buscan ayudar.
Un día, Zimomo se dio cuenta de que se estaban quedando sin frutas debido al fuerte invierno por el que estaban pasando. Como era muy aventurero y había realizado expediciones al mundo humano, sabía que allí probablemente tendrían reservas de frutas, quizá no las más ricas a su gusto, pero las necesitaban. Fue así como citó una reunión con toda la comunidad de monstruos.
—Amigos, es de mi pesar informarles que nuestras reservas de fruta se están acabando. El invierno ha sido muy frío y ha arrasado con nuestros cultivos.
La comunidad, al escuchar la noticia, entró en pánico.
—Pero no se preocupen, tengo una solución. Entre los bosques hay un portal mágico que lleva a un mundo de criaturas gigantes. Son algo aterradoras, pero tienen frutas y dulces, tienen tantos que, si les pedimos algunos, podríamos alimentarnos durante años.
Los monstruos celebraron. Creyeron que todo estaría solucionado gracias a Zimomo.
—Pero aún no podemos celebrar. Aunque me encantaría, estoy muy enfermo como para ser yo quien haga esta misión. Por lo que quiero pedir voluntarios. ¿A quién le gustaría salvar nuestra sociedad?
Por un momento se escucharon susurros por todo el público. Nadie se atrevía a realizar tal hazaña. Pero entre la multitud había una valiente Labubu llamada Toffee, que estaba acompañada por su novio, Tycoco.
—Toffee, no puedes hacer eso. Me da miedo perderte. ¿Qué tal si te pasa algo?
—Tycoco, tengo que hacerlo. No creo que nadie más lo haga. Además, mis amigas me ayudarán y tú sabes que tendré cuidado. ¿Y qué mejor recompensa que verlos a todos ustedes felices y saludables?
—A veces desearía que pensaras un poquito más en ti.
Toffee soltó una pequeña risa y pasó al frente junto a Zimomo.
—Yo quiero realizar esta misión. Quiero que todos ustedes estén bien.
—Toffee, mi querida niña, ¿estás segura de esto?
—Sí, señor. Yo quiero ser igual de valiente que usted.
—Está bien, querida. ¿Quién más va a ir contigo?
Las amigas de Toffee, otras duendes Labubu, pasaron al frente junto a ella para mostrar su apoyo. Entre ellas estaba Bean, que siempre encontraba algo bueno incluso en los peores momentos, y Berry, que desconfiaba de todo lo que venía del mundo humano.
Después de semanas de preparación, las chicas estaban listas para aventurarse en el mundo humano. Toffee se despidió de Tycoco, quien le dio un amuleto de buena suerte para que siempre pudiera recordarlo. Todos se despidieron de las Labubus y les desearon suerte.
Después de varias semanas atravesando el frío bosque, llegaron a un lindo pueblo habitado por humanos. Al ver a aquellas pequeñas criaturas, los humanos quedaron encantados. Las alimentaron y estuvieron dispuestos a compartir con ellas todo lo que tenían.
Las Labubus permanecieron unos días en aquel pueblo y, antes de emprender el regreso a casa, conocieron a Lisa, una chica famosa. Al conocerse, quedaron encantadas mutuamente.
—¿Y si vienen conmigo? —les propuso Lisa—. Les mostraré lugares que nunca imaginaron. Comida de todos los rincones del planeta y experiencias que ni siquiera se imaginan.
Al principio, Toffee dudó. Recordó a Tycoco. Recordó a Zimomo. Recordó la promesa que habían hecho.
—Tenemos que volver —dijo.
—Claro, claro —respondió Lisa—. Pero unos días más no harán daño, ¿verdad? Y así regresan con mucho más de lo que esperaban.
Fue esa promesa, la de "un poco más", la que las atrapó. Al principio, Toffee contaba los días para
volver a casa. Cada noche observaba el amuleto que Tycoco le había regalado.
—Seguro Tycoco ya está preocupándose de más —decía entre risas.
—Y con razón —respondía Berry—. Dijimos que volveríamos hace semanas.
Toffee prometía regresar pronto. Siempre pronto. Con el paso de las semanas, aquellas conversaciones se hicieron cada vez menos frecuentes. Cada nueva ciudad parecía más maravillosa que la anterior. Había frutas de todos los colores, dulces con sabores que jamás habían imaginado y paisajes que parecían sacados de un sueño. Poco a poco, la idea de regresar dejó de ser urgente.
—Podemos quedarnos una semana más —decía Toffee.
—Toffee, deberíamos volver —insistió Berry una noche.
—Solo una semana más.
Un mes después fue Bean quien lo mencionó.
—¿Y si ya nos están esperando?
—Les llevaremos mucho más si esperamos un poco.
Y, con el tiempo, las amigas dejaron de preguntar tan seguido. No porque hubieran dejado de extrañar su hogar, sino porque cada vez que lo hacían, Toffee parecía mirar hacia otro lado, porque sin darse cuenta, la emoción de descubrir el mundo comenzó a ocupar el lugar en su corazón que antes ocupaba su hogar.
Un día, todo cambiaría. Lisa subió una foto junto a Toffee y, a los pocos minutos de publicarla, millones de personas querían una Labubu. A todos les encantó lo lindas que eran aquellas criaturas. Inicialmente, Lisa compartió con sus conocidos algunas de las Labubu amigas de Toffee. Pero el público realmente quería Labubus. Fue así como un empresario contactó a Lisa para que le presentara a Toffee. El día que se reunieron, el empresario no habló de dinero ni de fama. Habló de ayudar.
—Toffee, imagina cuántas frutas podríamos enviar a tu pueblo si colaboramos. Imagina que ninguna familia vuelva a pasar hambre durante el invierno. Toffee sintió emoción y recordó con nostalgia a sus amigos de allí.
—¿De verdad podríamos hacer eso?
Y durante semanas el empresario envió cajas de frutas al bosque. Las Labubu recibieron alimentos que jamás habían probado. También llegaron mantas para el invierno y herramientas para cultivar.
—¿Lo ves? —decía Lisa—. Hay personas buenas en este mundo.
Y parecía cierto.
Solo después de ganarse su confianza, el empresario volvió a hablar con Toffee.
—Nos encantaría seguir ayudando a tu gente. Pero cada vez es más difícil hacerlo sin saber dónde
viven.
Y fue entonces cuando cometió el error.
Toffee dudó por unos segundos. Recordó el hambre, el frío y el miedo que había visto en los ojos de todos antes de salir de viaje. Tal vez, pensó, esta era la forma de salvarlos.
Y así, creyendo que estaba haciendo lo correcto, reveló la ubicación de la cueva.
Mientras ella seguía de viaje en viaje, probando las mejores frutas del mundo y posando para cámaras que la querían por lo que era en ese momento, en su bosque ocurrió lo que nunca debió ocurrir. Al principio, las Labubu creyeron que aquellos humanos venían a ayudarlas. Traían frutas, regalos y sonrisas.
Luego comenzaron a marcar árboles, después llegaron más personas, llegaron las máquinas. El sonido de los motores reemplazó al canto de los pájaros, los árboles que habían tardado décadas en crecer cayeron en cuestión de minutos, los animales huyeron, el arroyo se llenó de barro, y cuando las Labubu comprendieron que algo iba mal, ya era demasiado tarde. Los hombres avanzaron hacia la cueva con cajas y redes, los gritos reemplazaron las risas, el miedo reemplazó la curiosidad y el hogar que había protegido generaciones enteras desapareció en pocos días.
Zimomo, que había esperado a las chicas todos los días, que se había culpado en silencio por haberlas enviado, vio desde lejos cómo se llevaban a sus niñas. Intentó calmar a los que quedaban, pero sus propias palabras le fallaron por primera vez en su vida.
Desde entonces, Zimomo visitó el portal cada mañana. A veces llevaba fruta, a veces llevaba flores. Como si las chicas pudieran regresar en cualquier momento, pero nunca lo hacían. Y cada día que pasaba se preguntaba si había cometido el peor error de su vida al no haber sido el quien fuera en busca de comida.
Las Labubu capturadas fueron encerradas en fábricas frías, donde se les exigía producir miles de versiones de sí mismas, con diferente pelaje, diferente ropa y diferentes colores. El público afuera pedía más, siempre más. Y ellas, agotadas, asustadas, cumplían.
Un día, Toffee se dio cuenta de que, poco a poco, dejaba de salir en fotos, que cada día tenía el pelaje más sucio y enredado y que ya habían pasado semanas desde la última vez que salió de casa de Lisa. Llevaba meses en un estante, sola y confundida. Buscó por instinto el amuleto que Tycoco le había dado. No estaba. Hacía tanto tiempo que ni siquiera recordaba cuándo lo había perdido. Y, mientras se miraba en un espejo frente al estante, dijo entre lágrimas:
—¿En quién me he convertido?
Toffee pensó en como hace meses habría respondido esa pregunta sin pensarlo. Habría dicho: “Soy Toffee”. Habría hablado de mi hogar, de mis amigas, de Tycoco, de los bosques y del arroyo junto a la cueva. Pero ahora me miro al espejo y no sé qué veo.
Vine aquí porque quería ayudar. Quería que nadie volviera a pasar hambre. Quería regresar con frutas y buenas noticias. Y mírame ahora. Mis amigas están encerradas por mi culpa. Mi hogar fue destruido por mi culpa. Hace meses que no sé nada de Zimomo ni de Tycoco.
¿En qué momento pasó? ¿Fue cuando acepté quedarme un poco más? ¿Cuando empecé a disfrutar los lujos que no sabía que existían? ¿O cuando les dije dónde encontrar a mi pueblo?
Siempre pensé que los monstruos éramos nosotros. Nos llamaban así por nuestros dientes, por nuestras orejas largas, por ser diferentes. Y, aun así, jamás tratamos a nadie como una cosa. Aquí aprendí algo distinto. Aprendí que pueden quererte mientras les sirves. Y que, cuando dejan de necesitarte, te olvidan como si nunca hubieras importado.
Pensé que las fotografías eran cariño, que los aplausos eran afecto, que toda esa atención significaba algo. Pero no me querían a mí, querían lo que podían obtener de mí. Y yo fui tan ingenua que confundí una cosa con la otra. Ahora estoy aquí, sola, cubierta de polvo, abandonada en un estante. Y creo que lo que más duele no es haber sido utilizada, sino haber olvidado quién era mientras ocurría.
Y quizá lo peor es que ni siquiera me obligaron a olvidar, lo hice poco a poco. Cada vez que elegí quedarme, cada vez que cambié una promesa por una oportunidad. Creí que perderse era algo que ocurría de repente, pero no, es tan solo caminar en la dirección equivocada durante tanto tiempo que un día ya no reconoces el camino de regreso. El problema nunca fueron las frutas, ni los viajes, ni siquiera la fama. Fue olvidar por qué había salido de casa, porque cuando olvidas eso, cualquiera puede convencerte de que estás haciendo lo correcto mientras destruyes aquello que juraste proteger.
Extraño mi hogar, a mis amigas, a Tycoco.
Extraño a la Toffee que salió de aquella cueva convencida de que podía hacer el bien.
No sé si ella sigue ahí, después de todo lo que hice. Pero, si todavía queda una pequeña parte de ella dentro de mí, no puedo quedarme aquí.
No después de todo lo que pasó.
Toffee cerró los ojos. Respiró.
Y cuando los abrió, ya había tomado una decisión.
No sabía si Zimomo la perdonaría. No sabía si Tycoco querría volver a verla. No sabía si su pueblo la recibiría con los brazos abiertos o si la recibiría del todo. Pero sí sabía que no podía quedarse ahí, inmóvil, mirándose en un espejo mientras sus amigas seguían encerradas. Así fue como Toffee, con el pelaje enredado y el corazón pesado, bajó del estante, cruzó la habitación y emprendió el camino de regreso a todo lo que alguna vez fue. Tras varios días de viaje, Toffee volvió a ver las montañas que rodeaban el bosque. Al ver el portal entre los árboles, se detuvo. Seguía allí, durante un instante sintió alivio. Quizá todo estaría bien y las cosas no habían cambiado tanto.
Pero aquella esperanza se desvaneció en cuanto levantó la vista. El sendero por el que ella y Tycoco solían caminar había desaparecido bajo la tierra removida, el gran árbol donde las pequeñas Labubu aprendían a trepar ya no estaba, y el arroyo junto a la cueva seguía corriendo, aunque ahora sus aguas oscuras arrastraban ramas rotas y hojas secas.
Toffee avanzó unos pasos, no quería seguir mirando, pero tampoco podía apartar la vista. Aquel no era el bosque que había dejado atrás. Y lo peor era que recordaba perfectamente cómo había sido antes. Las flores silvestres junto al sendero, las reuniones durante el verano, las risas llenando el ambiente. Se detuvo un segundo justo en el lugar donde Tycoco le había entregado el amuleto antes de partir, convencida de que regresaría pronto.
Cada recuerdo hacía más evidentes los daños. Sintió un nudo en la garganta. Durante meses había imaginado el momento de regresar y había pensado que volver a casa le traería consuelo. Pero ahora, frente a las consecuencias de sus decisiones, lo único que sentía era miedo.
Miedo de lo que encontraría más adelante. Miedo de quienes todavía pudieran estar esperándola. Y, sobre todo, miedo de descubrir que había llegado demasiado tarde para reparar el daño. Sin embargo, quedarse inmóvil no cambiaría nada. Aunque el camino de regreso fuera doloroso, era el único que le quedaba por recorrer.
Pero lo que encontraría al final de ese camino, eso ya es otra historia.


Escrito por Isabela Castellanos
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