Un poema objeto es una forma de expresión artística que combina palabras y elementos materiales para comunicar una idea, una emoción o una reflexión. En este tipo de creación, los objetos dejan de ser elementos cotidianos para adquirir nuevos significados a través de la imaginación y la interpretación. A continuación, presentamos algunos de los ejercicios realizados por los estudiantes de Proyectivo en el Aula de Ícaro, donde exploraron la creatividad, el simbolismo y la relación entre la poesía y los objetos para construir mensajes únicos y personales
Cataclismo bélico
Al despertar me encontré completamente solo en medio de aquel valle devastado que minutos antes había sido escenario de una feroz batalla. Estaba allí acurrucado en una silla ovalada, abrazaba mis piernas mientras mi mirada se perdía en la arena negra del suelo, la misma arena sobre la que hasta donde alcanzaba la vista reposaban los cadáveres de compañeros y enemigos por igual.
Me sentía asfixiado y las piernas no me respondían, recordaba haber estado luchando encarnizadamente contra aquellos alienígenas de piel grisácea, pero no recordaba el final de la batalla, de un momento a otro había despertado acurrucado en aquella silla sin posibilidad de moverme y rodeado por kilómetros de cadáveres de lo que algún día fueron feroces guerreros. De un momento a otro era el único sobreviviente de entre los miles que habíamos sido llamados a esta guerra, ahora solo quedábamos yo y el infinito desierto.
Sobre odios y amores
Amo, amo leer y escribir, sobre todo libros de fantasía y romance oscuro.
Odio, odio cada día que tengo que compartir con aquellos que desprecian la música de Morat o viven mendigando atención y favores.
Amo, amo quedarme en la cama escuchando “Africa” de Toto y a los personajes a los que di vida con mi máquina.
Odio, odio los manhwas lesbianos por matar el buen arte del género y también los videojuegos.
Amo, amo los caballos y a la gente adicta a la adrenalina.
Odio, odio a los policías y a aquellos seres de legua bífida que hablan con mentiras.
Amo, amo odiar. Pero también odio amar, porque me siento culpable de gustar del reggaetón y la taxidermia, por comer mi sopa junto a un banano y por disfrutar del olor de la gasolina, por maravillarme con las películas de princesas y la violencia literaria. Creo que más que cualquier cosa, odio que me odien solo por amar.
Un sueño sobre mandarinas
Un día soñé que mientras caminaba por una calle abarrotada de edificios aparecía ante mi una torre de mandarinas, no superaba el metro y medio de alto y parecía sostenerse de puro milagro. Miré a mi alrededor en busca del autor de aquella extraña obra, pero la calle estaba desierta.
Me quedé parado frente a la torre lo que para mí fueron un par de minutos, pero cuando recuperé la conciencia no quedaba más que los restos putrefactos de las mandarinas y una tierna plantita color verde surgiendo de entre ellos. De repente comenzó a llover y el pequeño retoño se transformó en unos instantes en un robusto árbol, cuando se despejó el cielo pude contemplar cómo ante mí se erguía ahora un frondoso espécimen coronado por decenas de brillantes mandarinas que producían una imagen sublime al ser tocadas por los rayos de sol que comenzaban a asomarse entre las nubes. Me quedé un buen rato admirando aquel magnifico espectáculo, varías horas tal vez, hasta que de entre las calles apareció un hombre de piel gris en traje de oficina que de un solo golpe con su hacha derribó el árbol.
Atónito, le pregunté la causa de su proceder contra la pobre planta, y él con voz fría solo respondió: “Debemos proteger el ambiente, la vida y lo verde no son buenas para los negocios”. Tras decir aquellas palabras se alejó con paso apresurado y se perdió entre las calles, por mi parte me acerqué al cadáver del árbol, tomé con discreción una mandarina del suelo y seguí mi camino, debía ayudar a la vida a resistir.


Escrito por Samuel Florez
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