El estudiante y escritor Jacobo Peña Mesías de Proyectivo C y el docente y director de Ícaro Iván Montoya Beltrán dieron su veredicto para destacar a los ganadores del VII Concurso de Cuento Ícaro.
I Puesto
“Arrepiéntete” por Martina Fonseca Vega de Contextual Gimmel
Por el ritmo febril de su narrativa, que a la reiteración de una sola palabra responde con un suministro sagaz de vértigo, y por el atrevimiento de habitar una mente criminal y compleja.
¡Arrepiéntete!
Por: Martina Fonseca Vega de Contextual Gimmel Las luces del juzgado caían sobre su cara, vagas palabras salían de la boca del juez y cada vez más perdían significado.–El juzgado declara culpable al acusado– dijo el juez con decisión.
“No es posible, ¿cómo lo descubrieron?” pensaba. “Todas las pruebas apuntan a mí”
–Aunque si se declara culpable la pena se reducirá – dijo el juez, mirando por lo bajo a su abogado, que había conseguido ese trato – ¿se declara usted culpable?
“Arrepiéntete” decía una voz con miedo en su mente.
“No puedo, no les voy a dar la satisfacción de saber, a ciencia cierta, que lo hice” dijo una voz más grave.
–¿cómo se declara el acusado?
“10 años de cárcel… por favor, arrepiéntete”
“¡NO!, pueden tener todas las pruebas, pero de mi boca no saldrá nada que afirme que cometí el delito”
Sentía una furia. Sabía que lo había hecho, pero no iba a confesar. No podía. Se sentía arrepentido, pero no podía mostrarlo, no podía mostrárselos. Sabía que había cometido acciones estúpidas, sabía que se había equivocado, sabía que era su culpa…
–Señor… – salieron las palabras pensadas por la voz más grave – yo no he sido el culpable, como ya declaré fue el otro que andaba por la calle ese día, fue el otro. Yo no he cometido ninguna acción que pueda sancionarse.
“Dile, dile” pensaba la voz de miedo, cada vez más desesperada, “¡Arrepiéntete!”
“Jamás sabrán que me equivoque, ni que fue mi culpa”
–Tenemos todas las pruebas que apuntan a usted, más de 23 testigos lo han declarado culpable – dijo levantando una mano, dispuesto a cerrar el caso– ¿ha cometido el delito?
“¡ARREPIÉNTETE!, ¡acepta que te equivocaste!”
–No, lo juro que no – dijo levantándose de su asiento – no, se lo juro que yo no fui, lo juro.
“JAMÁS ACEPTARÉ EQUIVOCARME. Si me declaro culpable igual me mandaran a la cárcel. NO, no es posible. Necesito algo más, algo más…”
–¡Tengo más testigos!, ellos pueden declarar.
–No tenemos más tiempo. Llevamos 7 meses con este caso.
“¡ARREPIÉNTETE!”
–Yo…–dijo con voz temblorosa– yo no pa..pasaba por allí esa no…noche, señor.
–¡Usted mismo declaró que estaba allí esa noche, y que por eso vio a “el otro cometiendo el delito”! – dijo el juez, perdiendo la paciencia – ¡Se está contradiciendo con su propio testimonio!
“¡ARREPIÉNTETE!”
–¡NO!–dijo tirándose al suelo y suplicando, con las manos entrelazadas, haciéndose daño de tanto apretar–¡YO NO LO HE COMETIDO, LO JURO!
–Declaro culpable al acusado–dijo golpeando el mazo contra la mesa–pueden llevárselo para que pague su condena.
“¡ARREPIENTETE!”
Las personas de seguridad avanzaban decididamente hacia él con esposas en las manos.
“¡ARREPIENTETE!”
–LO JURO QUE NO HE SIDO YO, TENGO MÁS TESTIGOS–dijo con voz temblorosa pero muy alta.
“¡ARREPIENTETE!”
Los hombres lo agarraron por los brazos y lo empujaban hacía la salida.
–NO–gritaba–NO, LO JURO QUE NO HE SIDO YO
“¡ARREPIENTETE!”
Le pusieron las esposas. Intentaba zafarse de ellas. Empezó a hacerse daño. Golpeó a los guardias y salió corriendo.
“¡ARREPIENTETE!, ¡ARREPIENTETE!”
“NO PUEDO” dijo una nueva voz desesperada en su cabeza “NO PUEDO”
Salió por la calle, por la avenida, atravesando autos. Los pensamientos en su cabeza lo desgarraban por dentro.
“¡ARREPIENTETE!, ¡ARREPIENTETE!”
“JAMÁS”
“NO PUEDO”
–Cállense– gritó a las pequeñas voces que carcomían su interior.
En un acto desesperado por sacar las voces de su cabeza, empezó a agarrarse el cabello con fuerza, a quitárselo, con la esperanza de que se fueran las voces también.
“NO PUEDO”
“NO PUEDO”
“NO PUEDO”
Y entonces el sonido del derrape de un auto lo sacó de su esquizofrenia y lo último que escuchó fue una voz en su cabeza diciendo: “¡ARREPIENTETE!”.
II Puesto
“Bienvenidos sean a una fría metrópoli” por Mateo Rosenstiehl Fajardo de Contextual C
Por el hábil manejo de los regionalismos en el vocabulario del protagonista, la originalidad de su prosa y el interés por tratar un tema tan fundamental como el sentido de pertenencia y la contradicción de la ciudad.
Bienvenidos sean a una fría metrópoli
Por: Mateo Rosenstiehl Fajardo de Contextual CLo primero que notó al salir del aeropuerto fue un frío que sintió hasta en los huesos, junto con un empujoncito y un bichito que le decía al oído que cogiera y se devolviera por donde había venido. La piel se le erizó y el cuerpo le tembló, escuchaba los pasos de la gente a la salida del aeropuerto, cientos de personas pasaban sin detenerse a saludar o a mirar a cualquier otro. El tap tap tap de las pisadas y el sonido blanco ese de las maletas le hizo entender la mota que era. Le tocaba coger taxi, muchos iban y otros llegaban, constante y rápidamente, la gente se subía con los teléfonos celulares en la mano mientras hablaban cosas que parecían ser de trabajo, al taxista apenas y le decían “buenos días”, se montaban y se desaparecían en menos de un par de minutos.
¿Cómo respirar con este aire tan frío? Alzó la mano pa’ pedir uno con afán de salir de ahí. “Buenos días, ¿para dónde es que nos dirigimos?”, le dijo el taxista a la hora de recibirlo. Él le dio la dirección de la señora que lo iba a hospedar y arrancaron para allá. Él se encontraba con muchas dudas, le habían dicho más o menos cómo se tenía que mover en la ciudad, qué transmilenios le llevaban a la universidad y cuáles eran los peligros de los que se tendría que cuidar, pero aun así le quedaron un sinfín de preguntas. Sin embargo, al taxista le entró una llamada telefónica y él no tuvo la oportunidad de intercambiar una sola palabra con él más allá de cuánta plata le iba a tener que deber.
Durante el trayecto na’ más vio la ventana, las nubes eran grises y el aire asfixiante, la gente toda parecía afanada, corriendo con esas cadenas que los ataban a esos grandes edificios que se supone que hacen a la ciudad la gran metrópoli de Colombia. Ya quería guardarse, quizás ver la ciudad en una mejor hora, tal vez a esta hora todo mundo esté así, sin embargo, la espera en el trancón se le estaba haciendo eterna. Vio las calles, esas motos atravesadas y tuvo la oportunidad de oler el humo de una mula. Se empezaba a cuestionar; ¿en qué clase de lugar iba a descansar?
Después de lo que parecieron varias horas de espera, llegó al sitio, el conjunto residencial de la señora que le daría hospedaje. Rápidamente le dio la bienvenida, muy amablemente le explicó todo, cuáles eran las reglas del apartamento, dónde estaban ubicados los diferentes cuartos incluyendo en el que él se quedaría, que cosas tenía el baño, dónde estaban los implementos de la cocina y qué alimentos había, cómo usar el calentador, ya que no hay quien se aguante bañarse ahí con agua fría. Le dio las llaves del lugar y le explicó cómo era más o menos la zona y qué podía encontrar.
El lugar y la señora se sentían acogedores, era lo más acogedor que había sentido durante el día e incluso pudo sentir aquella confianza de su tierra e invitar a la señora a sentarse y platicar mientras se tomaban un tintico. Para su desgracia, ella le dijo que iba de afán pa’l trabajo, que no podía, pero que muchas gracias. Qué vaina. Cuando salió del apartamento después de su solitario almuerzo ya las nubes se estaban yendo y los pocos rayos de sol que le acariciaron su piel negra fueron el único abrazo que pudo recibir durante el día. Él no tenía nada que hacer encerrado en el apartamento por lo que fue a darse una vuelta. Se le antojaba ir a una tiendita a sentarse, tomarse una bien fría mientras veía si la persona que lo atendería por fin se dignaría a contarle un poco de la dinámica de la ciudad. Sin embargo, por la hora llegó a la conclusión de que seguramente no había eso, que debía estar cerrado, más bien. A él le estaba entrando un sueñito, pero ya qué, ya estaba afuera.
Por ahí le habían hablado bien del Titán Plaza, así que se dispuso a llegar caminando. Cruzó la calle y se metió al barrio Las Ferias. El calor poco a poco empezaba a hacerse presente, el día ya no se veía en lo absoluto nublado, sino que más bien tenía toda la pinta de la tierra de la que él venía. Sin embargo, el ambiente era completamente distinto. Le extrañó por completo ver tanta gente afuera a esas horas, tanto carro pasar y tanta tiendita abierta. Así que aprovechando que tenía a la gente afuera se fue y le preguntó al primero que se encontrara dónde quedaba este tal Titán Plaza. “Qué pena, no tengo tiempo”, le dijo el primero al que le intentó preguntar, porque ni siquiera la pregunta pudo concretar. La segunda le dijo “por ahí siga derecho y listo”, sin embargo, no le quedaba muy claro qué era derecho, por lo que volvió a insistir, pero la respuesta no fue muy distinta. Así fue con la cuarta, con la quinta y la sexta también. La séptima le dijo que había un alimentador que lo llevaba hasta por allá, que esperara ahí en la estación, que ya pronto debía llegar. Él le respondió que todavía no tenía tarjeta, tenía que comprar una, preguntó dónde la podía conseguir y le dijeron que cerca a la estación Minuto de Dios, por la avenida en la calle 80. Trató de salir por ese barrio por el que se había metido, trató de afanarse un poco, pues ya los pies le habían traicionado, el calor estaba empeorando y los ruidos constantes de los carros ya lo estaban molestando. Trató de preguntar, pero se rindió al poco rato. Ya pa’ qué con esta gente tan fría. Las horas se le pasaron caminando, ya para cuando las nubes se volvían a asomar volvió y trató de preguntarle a un tipo. ––¿Y usted ya intentó llamar o buscar en internet? ––Sacó el celular del bolsillo y se lo mostró. ––No tengo ni datos ni minutos–– dijo. ––¿Y efectivo? ––Ahí un par de “lukitas” que me quedaron sobraron––. ––Sígame y yo le ayudo a llegar.
Cogieron y caminaron entre las casas nuevamente, el sol ya era cosa de hace una hora en el pasado, ya las nubes se volvían a asomar y tenían pinta de venir mucho más negras. –Venga aquí que tiene pinta de que viene un aguacero, más bien mira que aquí tengo un amigo que le puede ayudar con eso, le recarga los minutos y los datos, solo déjeme diez mil pesos que ya le hacemos esta vuelta. Diez mil pesos le pareció como mucho, pero pensó en su madre con la que no había hablado desde bien temprano en la mañana, no le había contado ni cómo había estado ni que había sido de él y le urgía poder comunicarse con ella, por lo que entregó el teléfono. El man se entró a la casa a recargarle el celular. Sin embargo, pasó una media hora que pronto se convirtió en hora entera y nada que salía. Fue y tocó la puerta, pero nadie contestó. Igual y conservó la buena fe y esperó otra hora más. Una, dos y tres gotas cayeron en frente de él, vio al cielo y en menos de un minuto se le cayó el cielo. Con el pelo empapado se decidió rendir, esos manes nunca iban a salir.
De puro milagro pasó un taxi que pudo pagar con la poca plata que le quedaba y empapado y rendido tuvo que volver a lo que ahora era su nueva casa. Qué embarrada la de su robada y la que iba dejando por el edificio con los pies encharcados. La señora le preguntó qué pasó.
––¿Y por qué no cogió taxi desde el momento en el que se perdió?, ahí llegaba en menos de nada ––fue lo primero que le dijo. ––No, es que quería conocer y explorar la ciudad.
––No mijo, ahí sí embarrada. Venga más bien entonces le presto en celular pa’ que llame a la mamá.
––Gracias––
––Hola papi, ¿cómo te fue por allá? ––le preguntó su madre al teléfono.
Él le contó toda la desgracia de sitio y de día que había sido. Ella le respondió en corto. ––Ay, hijo tu sabe’ que tiene’ que tener cuidado por allá, tu sabe’ que allá no es como acá y mejor dicho, por eso le dije a tu papá que te quedaras a trabajar.
––Ajá.
––Qué vaina, hijo. Igual bienvenido seas a Bogotá, la ciudad de la oportunidad’, ¿oíste? ––dijo su madre aspirando todas las “s”.
III Puesto
“Love is deciding the way you want your own pain” por Ana Katalina Zaraza Quiroz de Proyectivo A
Por la manera en que se apropia de la posibilidad emancipadora de la literatura; la destreza de la palabra en función de una lucha interna, esencial, luminosa.
Love is deciding the way you want your own pain
Por: Ana Katalina Zaraza Quiroz de Proyectivo ASentí que el aire atravesaba mi piel helada. Como el hielo, parecía que mi piel se congelaba y rompía; mi hermosa y suave piel tan perfecta como porcelana, pero tan frágil al mismo tiempo… Y yo sangraba y con cada gota la vida se me escapaba y yo lloraba al ver ese punto en el cielo.
“Agárrame fuerte”, le dije a esa gaviota antes de que me lanzara sin piedad a ese abismo sin fondo. ¡¡¡Quería que me agarraras fuerte!!! Quería que no me dejaras ir. Quería que con tus garras atravesaras mi piel, no me importaba que doliera o que me desangrara. Solo quería quedarme en ese ciclo donde nunca vemos el sol brillar y nos escondemos nuestros cuchillos afilados, mientras bailamos un perpetuo baile de miserias y platos rotos que nos atraviesan de pies a cabeza. Un baile cínico en el que huimos el uno del otro, pero nunca de las espinas de una rosa muerta, del mareo y del olor a whisky con humo.
Pero aquí estoy, donde siempre he estado, culpándome en este abismo sin fondo. Llorando por el pequeño hilo que me arranqué sin piedad para desmoronar lentamente esa piel rozada por las plumas de una eterna ventisca de nieve. Una ventisca en donde encontré un lindo lugar para quemarme viva con el hielo que sostenía las sangrientas memorias de la sangre que corría por nuestras venas. Y caí sin piedad alguna, porque ese jueguito nuestro era cruel, me quemaba la piel, me drenaba la vida, más que esta caída libre. Y yo seguía llorando de tristeza. Sentía que se me desmoronaba el alma en pedazos, pues tenía hambre de amor, el tiempo me dolía en las pupilas de los ojos y oí un grito desgarrador. Tan desgarrador que sentí como en los pulmones me quemaban como si me hubieran quemado viva. Como si fuera yo la persona que gritaba por mi corazón vacío, por mi corazón abollado por el dolor, por mi sed de esperanza y hambre de amor. Por ser tan fiel a algo que me había arrancado la mitad del corazón… Y era yo quien siempre había gritado, quien había llorado en este bosque en llamas que llamo cuerpo. Un cuerpo que yo misma había encendido en llamas, hasta que se me secó la vida.
Seguí callando. Cerré mis ojos esperando que alguna persona, quien fuera, me agarrara, me salvara. Aunque me apuñalaran una vez más en la espalda solo para verme sangrar hasta morir, todo parecía mejor que mi pesada carga que me jalaba hacia el abismo. Solo quería poder cerrar los ojos para encontrar sentido a mi dolor o terminarlo. ¡¡Quería arrancarme el corazón y la garganta, quería quemarme viva!! Quería arrancarme los ojos y escuchar cómo los cuervos me comían las entrañas mientras se me iba la vida con el último pedazo de esperanza. O quería volver, quería sentir los pedazos rotos de esos platos y poder bailar otra vez. ¡¡Sedienta de pasión y hambrienta de amor me sentía, y me estaba muriendo!!
Pero… no morí. Nunca me arrancaron los ojos o me comieron las entrañas, nunca llegó la muerte a besarme los labios con la piedad que mi alma imploraba como agua en un desierto. Y cuando abrí los ojos, contemplé ese cielo morado, ese que siempre aprecié con los ojos llenos de sueños e ilusiones, con estrellas amarillas. Ese cielo que siempre pinté con amarillo y azul, con mis penas y alegría. ¿Debería ahora pintarle con mi sangre?, ¿debería ahora pintarle de blanco como mi esperanza?, ¿debería quemarme y con las cenizas de mi inocencia delinear mi cara?, ¿debía dejar que otros le pintaran?, ¿debería ahogarme con el color?
Pero ese cielo se había ido. ¡¡Ahora era negro, y yo odiaba ese negro, quería mi cielo de vuelta, lo deseaba… más que nada!! Con mi propia vida. Porque odiaba la ausencia. Odiaba este vacío. Odiaba la ausencia de color. Odiaba ahogarme en este desespero en el que se me llena el alma con esta mancha negra del sonido de esa campana que anuncia la muerte del amor.
Y mientras me hacía esas preguntas y me moría de furia por ver el cielo negro, me di cuenta de que el hambre se me había saciado. Me di cuenta de que la sed se me había remplazado con un manantial de oro y dejé de caer y comencé a flotar…
Toqué el cielo que dejé que pitaran de negro y comencé a rasgarlo como si fuera un regalo. Hasta que vi esa solitaria mancha morada. Y la toqué… y se me abrieron los ojos, se me iluminó la vida. Y solo con eso, el resto del negro comenzó a agrietarse para sacudirse. Encontré la clave.
La clave era yo. Yo pinté mi cielo, yo dejé que me pintaran el cielo de negro, me privé de dejar entrar la luz de vida que me nutría el alma. Dejé que me volvieran un ser en busca de espejos y platos rotos que abrían mi piel y manchaban mi inocencia de rojo carmín con mi propia sangre. Atada por rojos hilos, me sentía atrapada y atada… a todos los que me habían visto destruirme.
Y dolía buscar amor en todos lados, sabiendo que esas personas solo disfrutaban ver cómo por amor me dolía respirar y no hacían nada. Su silencio me mató lenta y tortuosamente. Sin importar cuánto llovieron mis ojos y entre plegarias mi cuerpo gritara, nadie estaba ahí y siempre lo había sabido… nadie estaría ahí… solo yo… solo yo.
¡¡SOLO YO ESTABA AHÍ!! Y TODO TENÍA SENTIDO. Solo yo estaría ahí para mí. No importaba cuánto lo intentara, los demás se movían con sus almas encerradas en sus cuerpos, así como yo conmigo misma. Y yo lo sabía… siempre lo había sabido, siempre había estado ahí. Me sentía una extraña en ese mundo de sueños rotos. ¡¡Un mundo pintado de negro que comenzaba a caer cada pieza como un viejo rompecabezas y yo lo sabía… siempre sería una extraña, una recién nacida en este mundo de vueltas y cambios!!
Y yo bailaba al fin mi canción. Bailaba mi vida y la sentía. Solo era yo, solo fui yo y solo seré yo. Soy la única persona que estará presente en toda mi vida. Soy la única persona que decide sobre mí misma… ¿Y sabes qué? ¿Vale la pena vivir esta vida odiándome a mí misma? ¿O culpando a los demás? ¿O sintiendo hambre de amor que nunca va a satisfacerme? ¿De qué vale la pena vivir sufriendo en una danza perpetua, perdida en el tiempo? NO... No valía la pena vivir así perpetuamente. Y había aprendido… y había dejado de negarme mi propia palabra, mi propia alma, su libertad e identidad.
Y reía y lloraba. Al fin era libre. Con dolor y cicatrices, pero con mis ojos bien abiertos. Y el rompecabezas quemándose a mi alrededor mientras mi alma brillaba.
Había decidido amarme tanto que la única manera en la que podría volverme una muñeca de porcelana era rompiéndome a mí misma. Era volviendo a ese amor de hielo, que me había abierto los ojos, y yo jamás iba a volver a pintar el cielo de negro o a vestirme de blanco para que pintaran con sangre mi esperanza. Jamás iba a permitir que me destrozaran de una manera tan violenta.
Yo amaba amar y yo quería ser amada. Todos queremos ser amados. Pero tengo que amarme a mí misma, para elegir la mejor forma de este dolor que llamamos amor. Un dolor que suavemente me envenene con rosas y girasoles, uno que me haga sentir en la luna en la que siempre soñé y se vuelva realidad. Donde mis pies sanen y el único dolor que sienta sea dolor por no haber sanado antes.

Síganos en Facebook
Síganos en Instagram
Siga el Canal
Escúchenos en Spotify
Síganos en Tiktok
Síganos en X
Visite Icarito