El arte en la sospecha: el surgimiento del Nuevo Hombre

13 de junio de 2020
Portada
Compartir en:
Logo Ícaro
ÍCARO
EXCELENCIA IAM


“El arte es magia liberada de la mentira de ser verdad”
(Theodor Adorno)

“El hombre es una cuerda tendida entre el animal y el superhombre -una cuerda sobre un abismo”
(Friedrich Nietzsche)

A comienzos del siglo XX se da uno de los periodos más conocidos en la historia, gracias a sus avances científicos y culturales que permitieron, en general, mejorar la calidad de vida del ser humano: la Belle Époque. Esta tuvo como eje central la razón como forma de explicar al hombre y a su entorno. Además, por la ausencia de guerras y conflictos políticos, se dio paso a una “cultura” del cuestionamiento a la ciencia sin mayor consecuencia. Es por ello que en esta época se da una de las mayores críticas a la filosofía, en esencia al dominio de la razón, pues plantean elementos que la condicionan y que crean la conciencia falsa establecida por la sociedad. Esta crítica tiene tres representantes principales: Marx, Nietzsche y Freud, denominados los filósofos de la sospecha por Paúl Ricoeur. Cabe aclarar que ninguno de los tres autores fue estrictamente filósofo, sino que cada uno desde sus respectivos campos (economía, filología y medicina) realizan sus obras y críticas a la filosofía. Debido a esto se considera que, actualmente, la filosofía está muriendo.

Pensadores posteriores han retomado ciertas ideas de estos filósofos para realizar críticas a la sociedad moderna. Uno de los más destacados ha sido Herbert Marcuse, filósofo del siglo XX, quien hace una crítica a los dispositivos de poder que manipulan al hombre para crear unas necesidades falsas, manteniéndolo dependiente del sistema establecido por la clase dominante. Aunque esta crítica es, en mayor medida, hacia una sociedad posmoderna, retoma planteamientos de Marx y Freud, que lo hacen formar parte de los filósofos que plantean componentes que limitan a la razón. De esta manera, se planteó analizar el enfoque que le otorgó cada autor mencionado anteriormente al impedimento que tiene la razón para gobernar la realidad del ser humano, para así llegar a una respuesta completa que recoja los mejores pensamientos de cada filósofo frente a esta problemática.

En primer lugar, Karl Marx centra sus sospechas de la dominación de la razón en el ámbito económico de la sociedad, específicamente en el modo de producción capitalista y sus valores asociados. Para entender sus planteamientos es necesario remontarse a su concepto principal: el trabajo, definido como una actividad exclusivamente humana mediante la cual nace la posibilidad de moldear la naturaleza para convertirla en objetos capaces de satisfacer nuestras necesidades. Con este propósito, la fuerza de trabajo comienza a generar elementos que suplan las necesidades humanas, mientras que encierra aquellos factores que causan la dominación capitalista de la razón: la mercancía, definida por Marx como cualquier objeto útil para el hombre que esté sujeto a un proceso de intercambio. En su análisis, Marx llegará a la conclusión de que la necesidad de intercambiar mercancías llevará a que se les vea e iguale con su característica metafísica: siendo productos del trabajo humano, por lo que adquieren valores y atribuciones humanas que se convierten en las relaciones sociales.

Aquí surgen dos aspectos que Marx critica en su análisis, el primero es el fetichismo de la mercancía, el cual surge a partir de los valores humanos (el trabajo) atribuidos a las mercancías y que les da un carácter metafísico, un quid pro quo que convierte a los productos de trabajo en objetos sociales capaces de regularse a sus relaciones y a sí mismos. En esta situación las relaciones humanas quedan en un segundo plano, pues son completamente relegadas a los requerimientos de las mercancías y el mercado. Para Marx, el intercambio entre el trabajador y el capitalista es desigual, pues mediante la plusvalía el capitalista aumenta el valor de los productos producidos y mantiene el mismo salario del trabajador, logrando obtener una mayor cantidad de capital para sí mismo.

Marx llega a la conclusión de que es necesario un cambio del modo de producción y, por ende, de los valores imperantes en la sociedad que permita eliminar el fetichismo de la mercancía junto con la enajenación del trabajo y la injusticia social derivada de estas dos. Marx plantea una posible solución, una “asociación de hombres libres”, donde lo producido se distribuya equitativamente para consumo y retroalimentación del proceso productivo. Con dicho planteamiento no será necesario el cambio de mercancías, y qué mejor forma de promover el cambio social que desde la clase más vulnerable en el capitalismo: el proletariado. Marx, en su Manifiesto comunista, llama a esta clase social para unirse a la Revolución, salir del esquema capitalista que tanto los ha perjudicado y apoyar a un nuevo comunismo, capaz de mejorar sus condiciones sociales y eliminar las brechas económicas entre ellos y las clases dominantes. “¡Proletarios de todos los países, uníos!”(Marx y Engels, 1848).

En segundo lugar, Friedrich Nietzsche tuvo un enfoque esencialmente vitalista, tendencia que se evidenció a lo largo de su extensa obra donde su principal crítica se orienta a la cultura occidental, pues la considera decadente y dogmática. El filósofo le atribuye la responsabilidad de dicho aspecto degradante a los valores socrático-platónicos, ya que no son aplicables y carecen de sentido en nuestra actualidad. A partir de esto el filólogo desarrolla las demás críticas que realizará a lo largo de su carrera, ya que para él toda expresión de la cultura occidental será el punto de quiebre de la humanidad y la causa de la enfermedad que sufre actualmente el hombre. Así, la crítica que realiza Nietzsche se puede dividir en cuatro aspectos generales: la moral, la religión, la ciencia y el lenguaje (elementos derivados de la cultura occidental). No obstante, las críticas más grandes e importantes del autor fueron la moral y la religión, siendo esta última complementaria de la anterior.

De esta forma, Nietzsche plantea que la moral es un absoluto que establece lo que es bueno y malo, además no es cuestionada por la seducción que esta genera en el hombre. En otras palabras, no se le teme al castigo de lo malo, sino que se busca el reconocimiento de ser bueno. Además, propone que la moral es producto de los mal dotados, para limitar y condenar a su mismo nivel a los bien dotados, inculcando falsos valores como la piedad, misericordia o humildad, con el fin de que su vida empobrecida adquiera valor. En consecuencia, la moral de esclavos, impuesta por los débiles, ha limitado los instintos vitales del hombre de forma que las acciones más elevadas no podrán ser obra de este. Frente a la religión el filólogo afirma que esta surge de la inseguridad del hombre débil para explicar y darle un sentido al mundo, por lo tanto este busca explicar su realidad a partir de un mundo imaginario (el mundo de Dios) donde, como se mencionó anteriormente, se deja el destino del hombre a merced de un ser supremo. Esta acción implica el sometimiento del mundo real, es decir que el hombre empieza a perder el sentido de su vida y se enajena de este, dado que su vida ya no es suya, depende de un ser ajeno al sujeto.

Es a partir de esto último que se da la enfermedad del hombre, que para Nietzsche es el nihilismo, el hombre entra en decadencia debido a que su vida ya no tiene sentido. Como conclusión de la crítica a la cultura occidental, el filólogo propone la destrucción de la metafísica, la estructura de la moral y la religión basadas en la inversión de valores, hecho que realiza a través de su afirmación “Dios ha muerto”. De manera que la solución planteada por Nietzsche se da cuando el espíritu es libre, es decir cuando se ha superado la muerte de Dios y la metafísica sin ningún respaldo, o lo que él denomina como nihilismo positivo. Así surge el superhombre, el cual se caracteriza esencialmente por su voluntad de poder, siendo este su carácter impulsor de la creación de nuevos valores individuales por medio de los cuales buscará reivindicar su propia identidad. Se liberará de toda limitación social y transformará su deber por el querer, teniendo una perspectiva de la vida como algo cambiante, en la que la realidad es solo el devenir de las cosas y el sentido de la vida está en ella misma, pues en cada instante y momento se encuentra el propósito de su misma existencia, de forma que siempre se deseará el eterno retorno, el volver a vivir su vida.

En tercer lugar, Sigmund Freud fue un médico del siglo XX que criticó la razón que planteó Hegel puesto que ve en ella una razón que no conoce su pasado y lo ignora, por lo tanto, plantea que nuestra razón es en realidad una racionalidad, vista como el mecanismo que usa el yo para defenderse de estímulos que crean conflictos en la persona. Freud afirma que esta herramienta es generada desde lo más oscuro y oculto de la mente humana: el inconsciente. Adicionalmente, Freud critica que vivimos completamente reprimidos en la sociedad dado que no hacemos uso de nuestros instintos, los cuales divide en dos tipos, al primero se le conoce como eros, el cual comprende los instintos sexuales como fuerzas sublimadas, en un principio instintivas, que han sido desviadas por el deseo de la cultura. El segundo tipo de instinto se le llamó tánatos, este representa los instintos de destrucción que tiene el ser humano.

A raíz de esto propone propone principalmente dos cosas. La primera es el descubrimiento del inconsciente como la tercera herida en el orgullo humano, y la segunda es la terapia psicoanalítica como una forma de manifestar esos impulsos que han sido reprimidos previamente de manera inconsciente. Sin embargo, Freud no plantea el psicoanálisis como una terapia para ayudar a corregir desórdenes mentales, sino como una herramienta para conocer el trasfondo de dichas psicopatías. La creación de la psicoterapia se vio permeada por la sugestión hipnótica de J. Breuer y la modificación de esta, a la que Breuer llamó método catártico, en el que se trataba de crear un puente entre lo oscuro y la luz (el consciente y el inconsciente respectivamente).

Para entender esto Freud planteó tres niveles en la mente humana: el primero es el consciente, visto como el nivel regido por la razón y las normas cronológicas. El segundo nivel es el preconsciente, reconocido como el paso donde los recuerdos van más allá de la mente, donde se pueden almacenar recuerdos que no cumplen ninguna función en el instante, pero, si es necesario usarlos, no va a existir un problema en recordarlos. Por último está el inconsciente, tomado como el espacio al que una persona, de forma involuntaria, envía todos los recuerdos trágicos que pueden atormentar su vida, pues son representaciones que para el individuo y la sociedad son intolerables.

Por último, el pensador más actual del escrito, Herbert Marcuse, quien en una de sus obras más destacables, El hombre unidimensional (1964), y enmarcado en la Teoría Crítica, orientó su trabajo a la superación y emancipación de las condiciones de opresión ejercidas sobre los seres humanos por las instituciones en el ejercicio de poder. En este enfoque, los medios de comunicación masiva juegan un papel fundamental en la enajenación de la población y en la pasividad de la opinión pública, una manipulación latente en la búsqueda de controlar la voluntad humana. Consideramos importante introducir un término definido por otros dos filósofos también pertenecientes a la escuela de Frankfurt: Adorno y Horkheimer, la Industria Cultural, elemento que, según los autores, elimina toda forma de tiempo individual, como el ocio, y lo asimila a las estructuras y tiempos imperantes de la sociedad dominante. Convirtiéndose en un gobierno técnico-burocrático de las formas de producción cultural mientras promueve el conformismo y la subordinación de las masas.

Ahora bien, Marcuse habla de una Sociedad Industrial Avanzada, sobre la cual afirma que crea falsas necesidades con las cuales integra a los individuos a este sistema dominante y explica que las capacidades intelectuales y materiales de la sociedad contemporánea son mayores que nunca y, por ende, el poder de dominación sobre el individuo es mayor. Además, la estructura de dicho sistema está diseñada para que el individuo se mantenga en el conformismo y en la comodidad, generalmente brindadas por el reemplazo de las máquinas en la fuerza de trabajo. Sin embargo, al no reemplazar totalmente al hombre, no se logra satisfacer por completo las necesidades creadas, manteniendo al individuo encadenado al sistema dominante capitalista. Este es el caso de la obsolescencia programada, que le permite al usuario disfrutar de la vida útil de un objeto para facilitar su vida en diversos ámbitos (laboral, personal, escolar, etc.) hasta que tenga que reemplazarlo, teniendo que trabajar constantemente y persiguiendo el ideal de un futuro seguro y cómodo a la vez que retroalimenta y refuerza el sistema represivo. Aquí es donde entra la unidimensionalidad del hombre, pues es un mundo donde no cabe la crítica ni la oposición, un mundo prefabricado en donde la organización social, promovida por la política y los medios, satisface las necesidades del individuo. De igual manera, las formas de control social han adquirido un nuevo sentido tecnológico, pues controles de esta índole permiten en la actualidad una mayor opresión de la protesta individual, han invadido el espacio privado del sujeto.

En cuanto a la solución que plantea, requiere que el avance tecnológico pierda la característica de instrumento de dominación y explotación, esto mediante la llegada a una etapa de progreso continuo donde la producción material se automatice hasta el punto de que todas las necesidades vitales sean satisfechas. Para lograr esta salida de la tecnología es necesario un cambio desde la parte de la sociedad menos afectada por la enajenación. Marcuse señala a las sociedades de tercer mundo, pues al tener menos oportunidades de acceso a las tecnologías que perpetúan el poder se ven menos envueltas en la estructura dominante, pudiendo alejarse de esta y desarrollar el espíritu crítico e individual necesario en la sociedad del hombre unidimensional.

A partir de los anteriores análisis, se retoma lo que para cada filósofo representa la limitación de la razón y la manera como, producto de esta, la verdad se encuentra “contaminada”, estableciéndose como la ideología de las clases poderosas. Es importante retomar la definición planteada por John B. Thompson: “Estudiar la ideología es estudiar las formas en que el significado (o la significación) sirve para sustentar relaciones de dominio”, es decir, legitima a un grupo dominante. Es así como la conciencia falsa que domina nuestra realidad es producida a partir de una ideología producto de todos los dispositivos y epistemes de esta clase, problemática a la que cada autor responde de manera distinta. A continuación retomaremos nuestro objetivo principal, que es responder a la cuestión de cómo superar la alienación (y en últimas la enajenación), fenómeno común en todas las críticas de los filósofos, a partir de las mejores propuestas de cada uno.

Para la solución separamos en dos ámbitos el desarrollo que debe tener el sujeto para llegar a una libertad que le permita vivir plenamente y sin un sometimiento cultural a sus instintos vitales. El primero es el desarrollo que debe tener el sujeto en sí mismo como individuo, en el que retomaremos los planteamientos de Freud y Nietzsche, mientras que el segundo será el desarrollo y adaptación del sujeto en sociedad con el fin de una construcción de comunidad, para el cual utilizaremos los pensamientos de Marx y Marcuse.

Antes de continuar, es pertinente señalar que el contexto más acertado para la alienación de la actualidad fue el planteado por Marcuse, ya que se da en una sociedad posmoderna. Esta se caracteriza por romper la idea de que la historia es un proceso unitario con una meta colectiva y universal, lo que se reemplaza con valores individuales, gracias al reconocimiento de grupos minoritarios que se dieron a conocer por medio del surgimiento y desarrollo de los medios de comunicación, tales como la televisión y la radio. En consecuencia, se rompe el ideal de hombre blanco europeo o americano como idea de progreso, dado que se abre la posibilidad de nuevos paradigmas y nuevas vías de desarrollo.

De esta manera, para el desarrollo del sujeto como individuo se plantea utilizar en primera instancia la terapia psicoanalítica, con el fin de permitirle al hombre comprender su identidad a partir de sus vivencias y la construcción que ha tenido como sujeto por medio de la represión de su principio de placer por parte del principio de realidad que se le ha impuesto. Esto como medida para que la persona pueda entender sus deseos instintivos más básicos que se encuentran en su subconsciente, los cuales han sido sofocados por la sociedad para que la cultura se pueda realizar, situación que Freud profundiza en El malestar de la cultura.

Ahora, a partir de su autocomprensión, el sujeto será capaz de crear nuevos valores que le permitirán autorrealizarse en su verdadero ser, aspecto recogido del superhombre planteado por Nietzsche. Esto le permite llegar a ser independiente de la moral o cultura, en cuanto habrá llegado a lo que este es realmente, aceptando por completo sus instintos y por ende superando los valores antiguos (o de esclavos) por unos nuevos que reivindiquen su esencia. Así, el individuo tendrá la capacidad de guiar su vida por el querer, trascendiendo el deber impuesto por la sociedad represiva, otorgándole así una vida plena, feliz y satisfactoria. De esta forma, también se incluirá el aspecto cíclico que tiene el superhombre (en cuanto a su apego por la vida), porque este le permitirá encontrar el sentido de su vida en la existencia misma, lo que le hace creer que él es lo más superior y lo impulsa a ser el ideal de los hombres, el ejemplar por el que el ser humano debe vivir. Es así como se supera la enajenación causada por la religión y el malestar de la cultura. En síntesis, el nuevo hombre ha superado las limitaciones sociales y toma distancia del entorno que le rodea, adquiriendo una cualidad crítica frente a este. Esta característica será esencial para la adaptación del sujeto en sociedad.

Para el desarrollo de este nuevo hombre en la sociedad es necesario que se constituya como el sujeto revolucionario, pues se requiere provocar una revolución social y cultural que permita superar tanto la enajenación producida por el capital, como el conformismo frente a la estructura dominante y sus instituciones de poder. Este cambio estructural debe iniciar desde la clase trabajadora y lo que Marcuse llama los países de tercer mundo. De esta manera, la revolución social se enfocaría en realizar un cambio en las relaciones productivas establecidas por el modelo capitalista mediante una transformación de los valores promulgados por dicho modelo, todo llevado a cabo por la propia clase trabajadora. La necesidad del cambio surge desde esta clase social debido a que los valores capitalistas se refieren, en esencia, a la explotación del trabajador y a la venta de su fuerza productiva a través de la objetivización del individuo y del valor de cambio otorgado a su trabajo, siendo el grupo social más apto para personificar las fuerzas revolucionarias. Gracias a la revolución se generaría un Estado libre que le va a permitir al trabajador apropiarse de su fuerza trabajo y sin ver sometimiento alguno por parte de las instituciones de poder.

En cuanto a la revolución cultural, esta será capaz de establecer un cambio estructural y funcional de las relaciones sociales actuales en la búsqueda de la emancipación de la enajenación que se presenta frente a las clases dominantes y a las instituciones que ejercen el poder. El desarrollo de un espíritu crítico en los grupos sociales menos afectados por la dominación será esencial en la transición hacia dicha liberación, pues la oposición a las ideas dominantes las debilita y causa la disminución del impacto de estas en la población. De igual manera, el hombre se verá liberado de las necesidades creadas que lo limitan a mantenerse dentro de la estructura dominante para poder mantener las comodidades que le permiten sobrevivir, quedando únicamente con sus necesidades básicas, con sus instintos vitales. Es en esta condición donde los nuevos valores promulgados por el nuevo hombre tendrán un mayor impacto en la creación de la nueva estructura social del hombre.

En resumen, planteamos 3 etapas por las que debe pasar el nuevo hombre para superar la enajenación: 1) Realizar un proceso de introspección que le permita comprender sus instintos básicos y su principio de placer, en un inicio reprimido (terapia psicoanalítica de Freud); 2) La aceptación de la esencia natural del hombre, para que este pueda crear nuevos valores que le permitan independizarse de las limitaciones que le impone su entorno (superhombre de Nietzsche); y 3) La construcción de sí mismo como sujeto revolucionario para liberar al resto de la explotación capitalista y la dominación tecnológica producto de las clases dominantes (sujeto revolucionario de Marx y revolución del tercer mundo de Marcuse). Dentro de este esquema planteamos un elemento fundamental que debe condicionar al nuevo hombre en la comunidad que ha creado: el arte como nuevo componente unificante del ser humano y la clave para lograr, finalmente, la desalienación.

Para concluir, el arte, en contraste a la enajenación, le brindará al hombre el sentido de su vida en comunidad. Esta reunirá una característica sagrada que reemplazará la unión establecida por la religión, brindándole al nuevo hombre un medio para expresar sus nuevos valores en función de arraigar a los demás al sentido de la construcción de un colectivo en pro de la superación de sí mismos. Su divinidad se deberá a la capacidad de creación o la poiesis que le otorga al hombre, siendo este el aspecto fundamental para que sea posible la propuesta del nuevo hombre en la sociedad.

Por: Ian Felipe Posada, Ángela María Basto y Manuel Torres (trabajo presentado en 2019 por los egresados de esa promoción para la asignatura Categorías filosóficas II, dictada por Jorge Fernández)

Bibliografía:

De Prado, R. (2011). El sujeto social en el pensamiento de Marcuse. Publicado en Antroposmoderno. Disponible en: EL SUJETO SOCIAL EN EL PENSAMIENTO DE MARCUSE»
Eagleton, T. (1995). Ideología, una introducción.. Capítulo 1: ¿Qué es la ideología? Editorial Paidós.
Marcuse, H. (1964). El hombre Unidimensional, Introducción: La parálisis de la crítica: sociedad sin oposición. Editorial Beacon Press.
Marcuse, H. (1955). Eros y civilización. Editorial Beacon Press.
Marx, K., & Engels, F. (2010). El manifiesto comunista (1a ed., 5a reimp.). Madrid: Akal. Citación estilo Chicago. Marx, Karl, and Friedrich Engels.
Marx, K. (1867). El Capital, Capítulo 1: La mercancía. Alemania: Berlín. Dietz Verlag.
Nietzsche, F (1887). La genealogía de la moral. Alemania.
Savater, F. (1947). Friedrich Nietzsche Inventario. Taurus.
Unzueta, C & Lora, M. (2003). El estatuto del cuerpo en psicoanálisis. Ajayu, La Paz. Disponible en: EL ESTATUTO DEL CUERPO EN PSICOANÁLISIS