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EXCELENCIA IAM


Una larga travesía, de la cual eran testigos los zapatos usados y rotos de todos los que allí se encontraban, estaba llegando a su final. Se podía respirar en el ambiente de aquella camioneta la emoción, el entusiasmo, el cansancio, la fatiga, los días largos de expedición y las horas cortas de descanso. Las gotas de sudor recorrían lentamente sus frentes, las cejas, los pómulos, y mientras que algunas descendían y se escondían dentro del espacio entre los labios, otras continuaban cayendo hasta el cuello. Calor abrasador, aire caliente y poca agua. Algunos preferían dormir para olvidar la sed constante, mientras que otros decían: ¡Qué mejor lugar para soñar que el noroeste de Kenia!

Algunos habitantes del asentamiento somalí observaban en la lejanía cómo el polvo se elevaba y se juntaba, como si se estuviera creando una nueva nube desde el comienzo, mientras se acercaba la camioneta blanca. Ese movimiento del polvo siempre les recordaría las largas caminatas que, tiempo atrás, tuvieron que hacer para salir de su país natal. Algunos cerraban un poco los ojos, otros elongaban el cuello y tensaban los músculos de la cara para poder ver el símbolo que tenía la camioneta en ambos costados. Uno de ellos, que siempre fue elogiado por su magnífica vista, alcanzó a ver nítidamente el símbolo, por lo que decidió volver corriendo al asentamiento mientras gritaba con todas sus fuerzas en somalí. Las palabras que profería su boca destrozaron el silencio: ¡OMS! ¡Es la OMS!

Desde la primera mirada correspondida revivió aquel conflicto, a veces apaciguado, pero jamás olvidado. El vehículo de la OMS se apagó y los delegados se bajaron. Uno de los delegados, llamado Richard, había escuchado alguna vez, durante su travesía por las distintas comunidades, que encima de la cabeza de cada persona hay una nube. En esa nube se encuentran los pensamientos y los sentimientos personales, y dependiendo de si estos son buenos o malos la nube tiende a ser blanca o negra respectivamente. Para Richard su nube era blanca y pura, mientras que la de los asentados allí eran grises o negras. Los somalíes veían exactamente lo contrario.

Al caminar por el asentamiento algunos de los delegados tomaban fotos y charlaban con los habitantes en somalí. Richard, que nunca había aprendido otro idioma que no fuera el inglés, decidió evitar el contacto con otra persona distinta a sus compañeros y comenzó a observar cómo la vida, un poco perturbada por la presencia de ellos, seguía su curso en aquel lugar.

Poco se habla de cómo una mirada puede detener el tiempo. En contadas ocasiones se dan estos momentos en los que nuestro mundo se congela, en que la respiración se entrecorta y los pensamientos parecen detenerse. Pero por increíble que parezca así sucedió ese preciso instante, en el que Richard miró desprevenido hacia su derecha.

A unos dos metros de él se encontraban dos personas somalíes, una mujer y un hombre, que lo observaban fijamente. Durante ese cruce de miradas no se escuchó ni una sola palabra, no era necesaria. Richard y sus observadores se analizaban mutuamente, abrían la puerta de sus ojos y la atravesaban para conocerse.

Mientras estaban completamente quietos y callados en el mundo real, discutían y gritaban en ese otro mundo que habían construido. Richard les decía que sus prácticas, como la mutilación genital femenina, eran barbáricas, discriminatorias y completamente incongruentes con los Derechos Humanos. Sus observadores, por su parte, le recriminaban su actitud colonial, su búsqueda por querer aplicar su idea occidental de lo bueno y lo malo. Le gritaban por querer quitarles autonomía y por venir a decirles qué hacer, cuando las comunidades Kikuyu, las Maasai, las Meru, las Abugisi y las Mungiki, que son grupos étnicos kenianos, también la practicaban por sus propias razones.

En esta conversación imaginaria, casi fuera del tiempo, Richard dirigió su respuesta solo hacia la mujer. Le dijo que él sabía que le habían practicado la mutilación a ella cuando era pequeña, le expresó su comprensión por el posible trauma y dolor que debió haber sentido en el momento del procedimiento, quiso explicarle las múltiples consecuencias negativas. Ella, de manera calmada y parsimoniosa, le respondió que para ella ese procedimiento había sido muy importante; le explicó que esa práctica “discriminatoria” y “barbárica”, como él la llamaba, había significado para ella y para su comunidad una purificación de su cuerpo, un símbolo de su higiene, su belleza y su honor.

Esa conversación, en la cual dos puntos de vista completamente distintos se enfrentaron, fue solo un instante fugaz en la vida real. Durante casi cinco segundos Richard observó y fue observado por aquellas dos personas somalíes. Solo necesitaron ese corto tiempo para expresar lo que ambos pensaban.

Richard miró hacia otro lado. Quiso distraerse viendo a dos niños jugar con una pelota, pero ya no se sentía bien. Como si arrastrara cadenas de hierro en cada pierna, se dirigió hacia la camioneta. Pasó al lado de sus compañeros sin mirarlos. Los otros delegados querían hablar con la persona que dirigía el asentamiento. Richard no les dijo nada. Un niño que vivía en el asentamiento se acercó a él y le sonrió, pero cuando miró su rostro se asustó y corrió hacia donde estaba su mamá. Richard tenía una mirada perdida, casi muerta, y su rostro estaba lleno de sudor y tierra. Al llegar a la camioneta se sentó en uno de los asientos, abrió la ventana y miró al cielo despejado y sin nubes. Una brisa fría, suave y fina, que no se sabe de dónde vino, golpeó su cara. Cerró sus ojos con fuerza y antes de caer en un profundo sueño deseó poder volver a estar en su casa en Londres.

Por: Mateo Araque Mendoza - Proyectivo C




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