Cuando jugar es aprender a pensar
Una lección pedagógica que nos dejó la pandemia
La primera semana de la presencialidad postpandemia, a una niña de cinco años se le mostraron las imágenes de un gallo y un loro. Pudo señalar con precisión en qué se diferenciaban: habló de la forma del pico, del color de las plumas y de las patas. Pero cuando se le preguntó en qué se parecían, respondió: “se parecen en que son diferentes”.
Esta escena cotidiana, que muchos adultos podrían interpretar como una simple ocurrencia infantil, nos invita en realidad a reflexionar sobre una pregunta pedagógica profunda: ¿cómo se construye el pensamiento en los primeros años de vida?
La pandemia permitió observar con mayor claridad este proceso. Al interrumpirse los espacios de juego compartido y exploración colectiva, muchos niños iniciaron su primera experiencia escolar de manera virtual, aislados de situaciones simbólicas y sociales fundamentales para su desarrollo. Esta circunstancia hizo visible algo que normalmente ocurre de forma silenciosa: el tránsito desde un pensamiento centrado en la percepción inmediata hacia un pensamiento cada vez más reflexivo y organizado.
En los primeros años, el pensamiento infantil está fuertemente ligado a la acción. Los niños actúan según lo que ven, lo que les llama la atención o lo que desean en el momento. Pueden describir atributos visibles con notable precisión, pero les resulta más difícil coordinar esos atributos dentro de relaciones más amplias o categorías compartidas. A esta forma de funcionamiento la conocemos como pensamiento perceptivo: un pensamiento centrado en lo inmediato, que responde a los estímulos presentes y que se fija, generalmente, en un aspecto a la vez.
El desarrollo del pensamiento reflexivo implica una transformación profunda. Supone que el niño logre tomar distancia de su acción y de su percepción para poder representarlas mentalmente, organizarlas y anticipar sus posibles consecuencias. Esta capacidad no surge espontáneamente ni se adquiere únicamente mediante actividades académicas tempranas. Se construye principalmente en contextos de interacción simbólica, especialmente en el juego colectivo de roles.
Cuando los niños juegan a “la familia”, “la tienda” o “el hospital”, comienzan a actuar según significados compartidos. Un objeto deja de ser solo lo que es perceptivamente para convertirse en lo que representa dentro del juego. Al mismo tiempo, deben aceptar turnos, coordinar acciones con otros, mantener coherencia en la escena y someter su conducta a reglas imaginarias que, poco a poco, se vuelven más explícitas.
En este proceso ocurre lo que la psicología del desarrollo denomina descentración: el niño deja de actuar únicamente desde su propio punto de vista o desde el impulso inmediato y empieza a considerar otras perspectivas, normas y acuerdos. Gracias a esta descentración, la acción comienza a organizarse antes de ejecutarse. El niño puede anticipar, planear y explicar lo que está haciendo.
Este paso es decisivo porque constituye la base del pensamiento organizativo, aquel que permitirá más adelante observar con intención, comparar situaciones, reconocer semejanzas y diferencias, clasificar elementos y comprender relaciones lógicas. Sin esta capacidad de tomar distancia respecto a la acción, el pensamiento tiende a permanecer ligado a lo perceptivo y a lo situacional.
La experiencia reciente también invita a reflexionar sobre nuevas modalidades educativas. Algunos niños, debido a los viajes frecuentes de sus familias o a decisiones pedagógicas contemporáneas, pueden iniciar su escolaridad en entornos virtuales o individualizados. Si bien estas alternativas pueden ser adecuadas en etapas posteriores, cuando el pensamiento lógico ya está en proceso de consolidación, en edades tempranas pueden limitar experiencias fundamentales de juego social mediado, necesarias para el desarrollo del pensamiento reflexivo.
Comprender esta secuencia permite valorar el llamado curso lúdico no como un tiempo previo o menos importante dentro del currículo, sino como el fundamento sobre el cual se construyen los aprendizajes posteriores. Allí los niños aprenden a detenerse antes de actuar, a coordinar perspectivas y a reconocer que el mundo puede organizarse desde criterios compartidos.
Quizá una de las enseñanzas pedagógicas más importantes que nos dejó la pandemia sea recordar que aprender no comienza cuando el niño responde correctamente una tarea escolar, sino cuando logra tomar distancia de lo que percibe y de lo que desea para empezar a comprenderlo.
Cada escena de juego colectivo es, en realidad, un laboratorio silencioso donde se forman la organización del pensamiento, la convivencia social y la posibilidad futura de razonar con mayor profundidad.
Si un niño juega con otros, imagina, toma distancia de la acción y de su deseo, negocia y sostiene reglas compartidas, está haciendo algo decisivo para su desarrollo.
Está aprendiendo a pensar.

Escrito por Bertha Sarmiento Bautista Ex docente de Pensamiento
Síganos en Facebook
Síganos en Instagram
Siga el Canal
Escúchenos en Spotify
Síganos en Tiktok
Síganos en X
Visite Icarito