SEPARARNOS SIN DIVIDIRLOS

Nuevos desafíos para las familias contemporáneas
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EXCELENCIA IAM


Bertha Sarmiento Bautista.
Programa de Apoyo a las Familias
Instituto Alberto Merani.

“La familia contemporánea ya no es una estructura garantizada por la tradición; es una relación que debe construirse y cuidarse permanentemente.”
— Ulrich Beck

Las familias contemporáneas atraviesan transformaciones profundas. Las separaciones y divorcios forman hoy parte de una realidad creciente en el mundo y también en Colombia. Sin embargo, muchas veces seguimos enfrentando estas experiencias sin suficientes herramientas emocionales, comunicativas y pedagógicas para proteger el desarrollo de niños y adolescentes. Comprender históricamente estos cambios y aprender nuevas formas de crianza compartida constituye uno de los grandes desafíos socioafectivos de nuestra época.

Hasta la primera mitad del siglo XX, las familias fueron comprendidas como estructuras relativamente estables, sostenidas por la tradición, la religión, las normas sociales y la permanencia del matrimonio. Las personas crecían dentro de trayectorias vitales bastante definidas: estudiar, casarse, formar familia y permanecer juntos casi toda la vida. En gran medida, las instituciones organizaban previamente la ruta de la vida de las personas.

Sin embargo, desde la post guerra, el mundo contemporáneo ha transformado profundamente esa realidad. Diversos autores, como Ulrich Beck y Elisabeth Beck-Gernsheim, han mostrado cómo las sociedades modernas han vivido un fuerte proceso de individualización: hoy las personas construyen sus vidas de manera más reflexiva y autónoma, tomando decisiones que antes estaban mucho más determinadas por las instituciones y las tradiciones.

El amor comenzó entonces a ocupar un lugar central dentro del matrimonio. Ya no se espera solamente que la pareja organice la economía familiar o garantice estabilidad social; también se espera intimidad emocional, realización personal, reconocimiento mutuo y felicidad afectiva. Y cuando esos elementos se deterioran, muchas parejas consideran la separación como una posibilidad legítima.

Por ello, las separaciones y divorcios han aumentado significativamente en el mundo y también en Colombia. Las familias contemporáneas enfrentan hoy desafíos que generaciones anteriores vivieron de otra manera o, en muchos casos, silenciaron.

Sin embargo, uno de los mayores problemas actuales no es únicamente el aumento de las separaciones, sino la poca preparación emocional, comunicativa y pedagógica que muchas veces tenemos para transitarlas de manera madura.

Con frecuencia seguimos creyendo que: “si se acaba la pareja, necesariamente se destruye la familia”.

Pero la experiencia y la investigación muestran algo mucho más complejo: aunque la relación conyugal pueda terminar, la función parental continúa. Los hijos siguen necesitando protección emocional, estabilidad, presencia afectiva, acompañamiento y vínculos seguros con ambos padres.Por eso hoy se habla cada vez más de: coparentalidad.

La coparentalidad es la capacidad de dos adultos de continuar ejerciendo responsablemente la crianza de sus hijos aun cuando la relación de pareja haya terminado. No significa ausencia de dolor, ni inexistencia de conflictos. Significa, sobre todo, desarrollar nuevas competencias socioafectivas que permitan proteger el desarrollo emocional y humano de los hijos en medio de la reorganización familiar.

Y aquí aparece una distinción fundamental: no todas las separaciones producen los mismos impactos. Existen separaciones más maduras y separaciones inmaduras.

En las separaciones maduras, los adultos logran diferenciar el conflicto de pareja de la función parental. Aunque exista tristeza, rabia o frustración, los hijos no son utilizados emocionalmente para sostener las heridas de los adultos. Se protege el vínculo con ambos progenitores, se evitan las descalificaciones, la instrumentalización y la triangulación emocional.

En cambio, en las separaciones inmaduras, los hijos muchas veces quedan atrapados en medio del conflicto. Pueden convertirse en mensajeros, cuidadores emocionales, aliados involuntarios o testigos permanentes de hostilidad y descalificación. Algunos niños sienten que deben escoger entre mamá y papá; otros aprenden a silenciar sus emociones para no aumentar el sufrimiento familiar; otros desarrollan culpa, ansiedad, hiperresponsabilidad o desconfianza hacia los vínculos afectivos.

Y algo muy importante: los hijos no solo viven la separación.También aprenden de ella. Aprenden al observar los procesos de sus padres:

  • cómo se tramita el conflicto,
  • cómo se maneja el dolor,
  • cómo se habla del otro,
  • cómo se construyen o destruyen los vínculos,
  • cómo se cuida emocionalmente a las personas que amamos.

Por eso la separación también se convierte en una experiencia profundamente formativa.

Desde una perspectiva de desarrollo humano y Pedagogía Dialogante, resulta fundamental comprender que las dinámicas familiares afectan no solamente la vida emocional de niños y adolescentes, sino también su seguridad afectiva, autoestima, capacidad de aprendizaje, motivación escolar, construcción de identidad y formas futuras de relación, en una palabra, su desarrollo integral.

La buena noticia es que las familias pueden aprender nuevas maneras de reorganizarse.

La coparentalidad madura no exige padres perfectos. Exige adultos capaces de reflexionar, reparar, reorganizar acuerdos, desarrollar mejores formas de comunicación y priorizar el bienestar emocional de los hijos incluso en medio de situaciones difíciles, constituyéndose éstas como las nuevas competencias socio afectivas para procesar esta crisis familar.

Quizás uno de los grandes desafíos de nuestra época consiste justamente en esto: aprender no solo a amar, sino también a tramitar las crisis y las separaciones sin convertir a los hijos en territorio emocional del conflicto adulto.

Porque, aunque la pareja pueda terminar, la responsabilidad compartida de cuidar el desarrollo humano de los hijos continúa.


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