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ESPECIAL IAM


Noté el impacto de mi conducta en él, cuando un día, él se anticipó a mi reacción, vi como leyó mi pensamiento al notar una situación que evocaba desagrado y enojo. Habló exactamente como yo lo haría, usando el mismo tono, las mismas palabras inadecuadas y gesticulando con su cara un desagrado, que sentí viendo en un espejo mi propio rostro. En ese momento solo me reí, pero, sentí miedo y vergüenza de mi misma, mientras mi cabeza me mostraba una y otra vez la escena, como si hubiese algo en ella que debía descubrir.

Desde aquella oportunidad, estuve más atenta a sus palabras, el ritmo de su voz, su gesticulación, sus maneras de moverse y el orden en que realizaba las rutinas y lo único que podía confirmar era que mi conducta no caía en el vacío, había un lugar, era como un pozo en el que yo caía gota a gota y esas gotas nuevamente eran utilizadas por otro ser, al que de vez en cuando le funcionaba usar las mismas maneras de su madre. Maneras que no eran del todo reutilizables. ¡Qué pena, pensé!

¿Cómo solucionarlo? Pronto pude notar que era imposible borrar aquello que acogía en el pozo de su ser, además también vi que eso ya no era solo mío, lo había compartido sin querer y ahora nos pertenecía a los dos. Un modelo que hubiese querido no entregarle al ser que más amo, pero que naturalmente fue acogido y ahora solo tenía una alternativa y era honrarlo, entender el momento en el que llegó, resignificar y darle el lugar que corresponde. Me disculpé y en ese momento, entendí una segunda cosa y es que es inevitable. Así como pudo imitar mi reacción al enojo y desagrado, también imitó la compasión con la que su padre se relaciona con nosotros y sosteniendo la misma mirada de su padre me dijo “Está bien mamá”.

Por lo tanto, el modelo que damos a nuestros hijos es parte de lo que llena el pozo de su identidad, lo hacemos a diario, sin atención, con descuido y de manera espontánea. Afortunadamente no solo imitan lo inadecuado, también lo adecuado y cuando eligen usarlo, confiamos que su ambiente se encargue de reforzar las buenas prácticas del hogar y no al contrario. Solo así, podemos estar tranquilos de que se lleven lo mejor, mientras cultivamos como adultos nuestras virtudes e intentamos ser sensibles a sus necesidades orientando con respeto sus propias vidas.

POSDATA: Honro nuestro hogar y las experiencias que nos hacen ser.




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