Quiero dar ejemplo o quiero SER ejemplo para mi hija
¿De qué manera me puedo replantear como padre o madre para ser ejemplo para mi hij@?

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Plantearse esta pregunta se siente como cargar un piano de cola al hombro. Cuando la leo solo puedo sentir nuevamente la sensación que llegó a mi cuando me enteré de que iba a ser mamá. Me sentía pisando huevos; debía cuidar cada uno de mis pasos para no equivocarme, para cumplir exitosamente con la misión de la crianza y que todo saliera bien.

Con los años, esta sensación se fue transformando en una gran responsabilidad. A medida que mi hija iba creciendo, veía como en la crianza, se reflejaban aquellas ideas y creencias tan medulares, que no era fácil notar conscientemente y que han sido parte de la manera como he afrontado gran parte de mi vida.

Entre ellas está la resistencia a cometer errores y que ella los cometa, a embarrarla, a equivocarse. Eso en mi esquema, sería grave, porque sería la confirmación de que hice las cosas mal y para esa parte de mí que es perfeccionista, controladora y exigente, esos serían indicadores de que fracasé en uno de mis propósitos de vida más importantes: educar a un ser humano para la vida.

A veces el punto de partida de la crianza se basa en no repetir aquellos errores que sufrimos con nuestros padres y convertirnos en modelos “perfectos” para que nuestros hijos e hijas los repliquen. Pero hacerlo desde este lugar implica un riesgo muy grande porque sería volver a aquello que nos pudo hacer tanto daño. Hacemos tantos esfuerzos por ser buenos y dar un buen ejemplo, que nos perdemos de lo que realmente importa a la hora de crear una relación nutritiva para nuestros hijos e hijas y para nosotros en el rol de padres y madres; La Conexión.

Entonces me veo convocada a replantearme desde qué lugar me quiero hacer la pregunta; ¿Quiero dar ejemplo o quiero SER ejemplo para mi hija?

Yo quiero mostrarle a mi hija un modelo diferente, donde ella pueda ver a través de mí la posibilidad de romper esas creencias y patrones. Donde yo pueda SER ejemplo porque logro mirarme y sanar mi historia, para que ella pueda tener una mirada diferente, más posibilitadora, más real y humana de sí misma.

Donde pueda sentir que es amada aun cuando se equivoque, aunque no sea la mejor y donde lo más valorado sea ella, un ser completo con cualidades maravillosas y otras características que la van a invitar a mejorar y a aprender, por encima de las expectativas familiares, académica y sociales.

Querer dar ejemplo, implica pararme desde el modelo que tanto me pesa, donde está la auto exigencia en la búsqueda de la perfección, y el éxito; de hacerlo todo “bien”. Un modelo que se ha reforzado desde una idea que adquirí a muy temprana edad porque sentía que, si seguía al pie de la letra, aquello que se me pedía y cumplía las expectativas de mi entorno, entonces sería aceptada y amada. Si aprendo a encajar garantizo un lugar en el mundo. Y eso me implicó relacionarme conmigo misma principalmente desde la crítica interior. Lo anterior, me obligó a renunciar a partes de mi esencia y mi autenticidad por muchos años.

Y entonces viene el cuestionamiento de ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo SER ejemplo?

Lo primero que se me ocurre es que el punto de partida debo ser yo misma. Darme cuenta de que si quiero que mi hija reconozca y gestione su mundo emocional, si quiero que se acompañe aun cuando lo que siente está siendo incómodo, que aprenda a tratarse amorosamente en los diálogos internos que está construyendo cuando se equivoca o no consigue los objetivos que se ha propuesto, necesito aceptar el desafío de mirar de frente aquello que siento y que en la mayoría de los contextos me enseñaron a evitar, la incomodidad de la imperfección y la vulnerabilidad.

Mirarme y permitirme ser vulnerable no es fácil, porque hay muchas creencias que refuerzan la idea de que los padres y las madres tenemos que saber todas las respuestas, tener todas las soluciones, no nos ponemos tristes, nada nos afecta y sobre todo No nos equivocamos. Solo así podemos dar ejemplo.

Entonces necesito desaprender para mostrarle un camino diferente a mi hija, donde puedo acompañar mi vulnerabilidad desde una mirada más sana y más real, sin supeditar mi valor como persona solamente a lo que hago bien, a mis logros y a cuanto encajo. Acompañar a la que soy realmente, en su proceso de aprender a ser un mejor ser humano.

Si yo me veo más amorosamente, ella aprenderá a mirarse con amor. Si yo aprendo a cuidarme en vez de complacer a los otros a costa mía, le voy a mostrar que puede poner límites sanos y que eso no es ser una mala persona; que no necesita sacrificar su esencia, por el afán de sentirse parte de algo.

Es el camino de sanar y aprender a ser dueña y responsable de mi mundo emocional para SER ejemplo para mi hija. Si soy consciente de cómo me relaciono con mis emociones voy a poder mostrarle otras formas para tomar la responsabilidad de gestionar sus emociones y acompañarlas aun cuando sean incómodas.

Bajarle a la autocrítica, estar atenta a mis diálogos internos, sobre todo aquellos donde me descalifico, me hago comentarios autodestructivos y refuerzo la idea de que, si no encajo dentro de unos estándares de perfección, soy inadecuada y no merezco ser amada. Solo así tendré la capacidad de transformar estas voces y mostrarle nuevas formas de relacionarse consigo misma desde un lugar más compasivo.

Acercarnos a nuestra vulnerabilidad, es abrazar nuestros errores, equivocarnos y aceptar que también eso es parte de lo que somos. Y también mostrar que en ocasiones no sabemos qué hacer con lo que sentimos, que seguimos intentándolo, aunque algunos días sea difícil y que cuando nos sintamos sobrepasados podemos pedir ayuda. Desde mi perspectiva este es el giro entre dar ejemplo y SER ejemplo.

Lo que hace la diferencia es poder aceptarnos y mirarnos más amorosamente incluso en los momentos en los que no nos gustamos, no sabemos o fallamos a aquello que esperábamos de nosotros mismos. Comprender que ahí está la oportunidad de aprender y de mostrarles a nuestros hijos que ese es el lugar para tener una vida más auténtica y sobre todo más plena.

Ser mejor ejemplo radica entonces en ser más humanos, cometer errores, ser amorosos y ser capaces de ofrecer perdón cuando nos equivocamos. Abrirles la posibilidad a nuestros hijos e hijas de que aprendan a amarse cuando las cosas no salen bien.

Tiene que ver con crear un lugar seguro para nosotros mismos y por lo tanto para ellos.

Y cuando me refiero a seguridad, no estoy hablando de una burbuja, ni de un escenario romantizado donde no existan pruebas ni desafíos. Me refiero a enseñarles a construir un lugar donde siempre puedan volver a ellos y encontrar un espacio lleno de recursos, posibilidades y aceptación sin importar el resultado externo. Un lugar de conexión amorosa en permanente construcción.




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