Entre la incertidumbre y la confianza:
nuestro camino en el Merani

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Nuestra experiencia en el Instituto, como madre y padre de un gran ser humano del curso Explo B, ha sido un camino atravesado por múltiples pensamientos y emociones. Todo comenzó con la expectativa de encontrar un lugar en el que no solo se ofreciera una enseñanza innovadora y significativa, sino también un acompañamiento real —para nosotros como padres y para nuestro hijo— en la travesía de los sentimientos que emergen a lo largo de su desarrollo.

En ese momento, también nos habitaba una profunda incertidumbre frente a su proceso educativo. Esto nos llevó a explorar distintas alternativas, buscando una propuesta que reconociera al ser humano en su complejidad, en relación con su entorno, y que fomentara el desarrollo del pensamiento. Queríamos un colegio donde nuestro hijo pudiera ser feliz, sentirse tranquilo y, al mismo tiempo, crecer como una persona empática y solidaria.

Fue así como llegamos al Instituto. Desde el primer momento, nos impactó el lugar que ocupa la familia dentro del proceso. Más allá de un ingreso formal, vivimos una experiencia de reflexión sobre nuestras pautas de crianza y sobre lo que esperábamos para la educación de nuestro hijo. Allí empezamos a sentir que no solo él ingresaba, sino que nosotros también lo hacíamos como familia.

A medida que fuimos avanzando en este camino, comenzamos a enamorarnos cada vez más de una propuesta pedagógica que, en estos primeros años, pone su atención en la adaptación, en el vínculo y en despertar el interés genuino por el conocimiento. Este recorrido llevó a nuestro hijo a disfrutar nuevos espacios, experiencias y situaciones, al tiempo que le implicó replantearse y comprender dinámicas distintas a las que traía de su jardín.

Sin embargo, en medio de este proceso, también emergieron nuestras propias inquietudes. La ansiedad por imaginar todos esos momentos a los que se iba a enfrentar —nuestro “futuro paleontólogo”— nos llevó a cuestionarnos si habíamos tomado la decisión correcta. Y fue justamente ahí donde aparecieron situaciones que pusieron a prueba la frustración, la incomodidad y la flexibilidad… pero no tanto en él, sino en nosotros como padres.

Es en esos instantes donde todas las reflexiones sobre la crianza consciente cobran sentido. Donde cada conversación, lectura y aprendizaje previo busca abrirse camino: a veces para sostenernos y actuar desde la consciencia, y otras, para confrontarnos con nuestros propios temores y nuestras propias ausencias. Ha sido la vivencia misma la que nos ha permitido comprender que confiar también es parte del proceso: confiar en que este es el lugar donde debemos estar, en que cada persona que habita el Instituto aporta desde su saber a la formación de los niños, invitándolos a indagar, dialogar, jugar y construir sentido.

Hoy reconocemos en este espacio un lugar vivido no solo por nuestro hijo, sino por toda la familia. Un ambiente de confianza, de respeto por la diversidad y por los distintos ritmos de aprendizaje. Un lugar donde se construyen vínculos genuinos entre niñas y niños, docentes y familias. Un lugar donde los conflictos se transforman en oportunidades para fortalecer habilidades sociales, reconocer la diferencia y construir acuerdos desde el diálogo. Un lugar para aprender juntos.

Hemos reconocido en el instituto un lugar que reconoce la singularidad de cada estudiante, ofreciendo estrategias acordes a sus procesos. Un espacio en el que el desarrollo del pensamiento se da a través de múltiples experiencias significativas, tal como lo estamos viendo en la manera en que ha hecho parte de nuestro hijo los procesos de la lectura y de la escritura, una práctica de vida que se ha dado de manera espontánea y orgánica, permitiendo que amplíe su mundo desde la naturalidad de los entornos que transita. De la misma manera, vemos que cada actividad tiene sentido porque conecta con la realidad de forma integral, alejándose de la fragmentación de los modelos tradicionales en los cuales nosotros fuimos formados.

Las anécdotas que día a día llegan a través de las narraciones de nuestro hijo dan cuenta de un profundo vínculo con el Instituto. Cada mañana llega cargada de expectativa, de ganas, de motivación. Nuestro hijo además de querer ir a su colegio con entusiasmo para aprender cosas nuevas, va con alegría porque vemos que allí se construyen relaciones afectivas genuinas que muy seguramente van a trascender en el tiempo.

Por todo esto, y por muchas razones más, seguiremos apostándole al Instituto Alberto Merani. Porque más allá de ser un sueño que buscamos como familia, es una forma de comprender el mundo desde una propuesta educativa de innovación que deja huellas imborrables en las personas que hemos decidido ser meranistas.

MERANITO

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MERANITO

EDUCACIÓN INICIAL LÚDICO
(Niños y niñas a partir de los 4 años)


INICIAR PROCESO


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