Valentina y este primer trimestre:
notas de un padre que aprende

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Cuando pienso en estos meses, la imagen que más se repite no es un informe ni una rúbrica. Es Valentina, una niña de cuatro años que cada mañana se pone la sudadera, mira la maleta, respira hondo y dice: “Vamos, papá, que se hace tarde”. Ese gesto sencillo, que podría parecer rutina, para mí es un punto de llegada: durante mucho tiempo no supe si este primer tramo de escolaridad iba a ser posible vivirlo así, con más entusiasmo que miedo.

Llegar al Merani como familia no fue una decisión ligera. En mi caso, venía con la cabeza llena de lecturas sobre educación, modelos pedagógicos, discursos de calidad y gestión. En cambio, Valentina llegó con algo mucho más simple y, por eso mismo, más lúcido: ganas de jugar, de entender, de preguntar. Ese contraste ha sido una lección constante. A veces siento que yo llegué con demasiados mapas y ella con la brújula justa. Y ha sido su manera de habitar el colegio la que me ha obligado a soltar teoría y mirar lo que ocurre, aquí y ahora, con mi hija como niña concreta.

Lo primero que he aprendido es que la autonomía no se decreta. Se observa. Se acompaña. Se incomoda. En casa, antes de iniciar el año escolar, ya veía señales de esa autonomía que ahora se ha hecho más nítida: Valentina elige su ropa, negocia rutinas, se ofende si uno intenta hacer por ella algo que ya siente que puede hacer sola. Pero es distinto verla ejercer esa autonomía en la lógica del colegio. Allí no está solo la voluntad de una niña frente a un adulto que la conoce desde bebé; allí hay reglas compartidas, tiempos que no decide ella, compañeros con ritmos y necesidades propias, mediaciones que no controlo yo.

En ese sentido, este trimestre ha sido un espejo. Al escucharla contarme, con expresiones, cómo se organiza en la mañana para saludar, guardar la maleta, sacar la silla o abrir la agenda, uno entiende que la famosa “rutina” de Exploratorio no es un listado de tareas; es el andamio silencioso donde ella va ordenando el mundo. Esa secuencia, que ustedes sostienen día a día, le ha permitido algo que valoro mucho: comprender el porqué de lo que hace. No obedece a ciegas; pregunta, duda, se resiste a veces, pero termina encontrando sentido. Ese “ok, papá” que pronuncia después de varias preguntas no es rendición, es la forma en que su pensamiento, todavía en construcción, cierra una pequeña hipótesis sobre cómo funciona la realidad.

También he visto crecer su lenguaje. Antes, sus relatos eran cortos, fragmentados. Ahora llega hablando de Pinchín y la zorrita Ludovica, del juego del tigre, de la serpiente con conejito orejón y de cómo la cobijita entra en escena, como si me estuviera narrando una pequeña obra de teatro con personajes definidos. Nombra a sus amigos con una precisión afectiva que me sorprende: Julieta, Facundo, Sofía, Xie, Alia, Agustín, Gahel, entre otros. Cada uno tiene un atributo, un gesto, un detalle que ella rescata. Para mí, que tiendo a mirar los procesos en términos de estructuras y sistemas, esto ha sido un correctivo: la verdadera evidencia de desarrollo no está solo en una prueba o en una tabla de indicadores, sino en la forma como una niña habla de los otros, los integra a su día y se reconoce parte de un grupo.

Hay otro terreno en el que este trimestre ha sido una escuela silenciosa: el de las emociones difíciles. No voy a idealizar. Valentina hace pataletas. Marca su voluntad, a veces con más fuerza de la que el contexto admite. Cuando algo no sale como esperaba, me refiero a una pieza de Numberblocks que no encaja, una regla de juego que la frustra, un comentario de un compañero, su reacción inicial puede ser desbordada. La veo y me recuerdo a mí mismo: era igual; discierno ahora cómo soy. Desde casa he tratado de trabajar eso no como un problema a suprimir, sino como material de aprendizaje. En otra hora aprendí con el diálogo y hoy lo entiendo. Intento que entienda que sentir rabia, tristeza o miedo no es un error; lo importante es qué hace con eso. Como persona ese es mi motor, mi virtud y, en resumen, es el destino que he elegido vivir y como siempre lo he deseado. Es algo personal que me hace crecer; mi reto es conmigo mismo siempre y con nadie más.

En varios momentos ustedes han sido aliados claves. Recuerdo, de hecho, el episodio con el almuerzo, la ensalada y el postre. Vista desde lejos, la escena podría reducirse a “una niña que no quiso comer y tiró la ensalada al piso”. Sin embargo, la manera como se abordó desde el aula y desde la agenda me permitió ver otra cosa: una oportunidad para que Valentina enlace conducta, consecuencia y cuidado. Cuando recibí la nota, y luego hablé con ella, entendí que ahí había más que un capricho. Había una tensión entre deseo inmediato (el helado) y una oportunidad es decir una regla que este trimestre se ha vuelto cada vez más clara: primero se cuida el cuerpo, luego viene el gusto. Acordar con ella que debe comer al menos la mitad del almuerzo antes del postre no fue una imposición arbitraria, fue la concreción de esa idea en una regla simple que ella puede recordar y anticipar.

En paralelo, he visto crecer en Valentina una conciencia del otro que no esperaba tan pronto. Lo noto en diálogos pequeños, aparentemente banales. Cuando en casa tenemos que espantar un zancudo, ella no pide que lo mate; pide que lo “duerma y lo mande a la casa con sus hijos”. Detrás de esa frase infantil hay algo profundo: una intuición de que incluso aquello que la molesta tiene un lugar en el mundo, una vida propia. En el colegio, cuando habla de compañeros que la hicieron sentir incómoda o de alguien que la asustó, lo hace desde una mezcla de firmeza y compasión que me obliga a tomarla en serio. No minimiza lo que siente, pero tampoco absolutiza al otro como “malo”.

Ser padre en este contexto, con esta niña y en este colegio, ha sido un ejercicio de disciplina interna. Podría dejarme seducir por la ansiedad de los resultados, de los informes, de las etiquetas de “desarrollo esperado”. Podría caer en la tentación de convertir cada nota de la agenda en una auditoría. En cambio, he tratado de sostener una posición más sencilla y a la vez más exigente: estar presente, escuchar, no sobreactuar, pero tampoco mirar hacia otro lado cuando algo duele. Eso, para mí, tiene mucho que ver con una ética estoica aplicada a la paternidad: distinguir lo que puedo controlar (mi reacción, la conversación con Valentina, el acuerdo con ustedes) de lo que no (las reacciones de todos los niños, las contingencias del día, los inevitables desencuentros).

Hay un plano que no puedo omitir. Más allá de mi oficio, de los títulos o de las responsabilidades profesionales, soy consciente de que el tiempo que tengo en este mundo no es infinito. Esa conciencia no me entristece; me ordena. Me recuerda que, por encima de cualquier logro externo, lo que queda de mí es, en buena medida, la manera como Valentina aprenda a habitar el suyo. No en el sentido de que deba “continuar mi proyecto”, sino en algo mucho más modesto y más profundo: que pueda construir el suyo con criterio, con bondad, con capacidad de soportar la frustración sin quebrarse ni quebrar a los demás.

En ese marco, el Merani no es solo un servicio educativo al que accedimos. Es parte de la red que sostiene ese legado. Ustedes, sin proponérselo explícitamente todos los días, se convierten en coautores de la biografía de mi hija. Cada vez que alguien en el colegio la escucha, la nombra, la reta a pensar mejor, la enfrenta a una consecuencia justa o le muestra una alternativa, está escribiendo una línea en ese relato. No espero perfección, porque la perfección no es humana. Lo que agradezco es la coherencia: que el discurso de la Pedagogía Dialogante se vea en detalles cotidianos, como el modo de explicarle a una niña por qué no puede tener el postre si no ha comido, o la manera de sostener un límite sin humillarla.

Este trimestre también ha puesto a prueba mis propias ideas sobre autoridad. En teoría, siempre he defendido un modelo de autoridad democrática: pocos límites, claros, firmes, explicados desde el cuidado. En la práctica, con una niña de cuatro años que tiene una voluntad robusta y una capacidad argumentativa que a veces desborda, la cosa es menos lineal. Me he encontrado en escenas donde debo elegir entre imponer por cansancio o sostener la conversación un poco más, aun cuando eso retrase la salida o complique la logística. No siempre lo hago bien. Hay días en los que me gano la discusión por jerarquía y sé que, en términos formativos, perdí. Otros días consigo que ella llegue sola a una conclusión, y en esos momentos siento que el esfuerzo valió.

El colegio, al insistir en la autonomía como tarea central del ciclo, me ha obligado a revisar mis automatismos. No basta con decir “quiero una hija autónoma” si después le resuelvo cada pequeña dificultad para evitarle cualquier roce. En ese sentido, agradezco que en el aula haya espacio para que experimente frustraciones controladas: un juego que no siempre gana, una actividad que no le sale a la primera, un comentario de un compañero que le exige negociar. Son ensayos de la vida real en un entorno cuidado. Me tranquiliza saber que no está siendo cuidadosamente aislada de todo conflicto, sino acompañada para aprender a navegarlo.

Hay, por supuesto, momentos en los que uno quisiera blindarla: cuando llega contando que alguien se burló, que sintió miedo, que no quería volver al colegio. En esos instantes, aunque la reacción instintiva es de defensa, después de respirar vuelvo a la pregunta de fondo: ¿qué necesita aprender ella de este episodio y qué necesitamos aprender nosotros como adultos que la rodeamos? Por eso hemos buscado siempre que estos temas se conversen con ustedes, no para “señalar” a nadie, sino para ampliar el contexto, evitar lecturas apresuradas y acordar caminos.

Otro aprendizaje importante ha sido ver cómo se despliega en Valentina el gusto por lo sencillo. Cuando la escucho describir el día, las cosas que más resalta no son necesariamente las actividades extraordinarias, sino los pequeños rituales: el juego del tigre, la serpiente con el conejito, la cobijita, el momento de la lectura, el gimnasio polimotor, las conversaciones en la ruta. Eso me confirma que, al menos en esta etapa, lo esencial no es la espectacularidad de la experiencia, sino la calidad de la presencia adulta y la estructura que la sostiene.

No quiero convertir este testimonio en un catálogo de virtudes. Valentina tiene bordes, como todos. Se frustra, discute, a veces manipula. Lo importante, para mí, es ver que está empezando a hacerse cargo de las consecuencias de sus actos, a su escala. Cuando reconoce que algo no estuvo bien, como lanzar la ensalada al piso, y se dispone a pedir disculpas, hay un movimiento interno que vale más que cualquier sanción externa. Y cuando entiende que un “no” puede ser firme y a la vez respetuoso, se abre un camino para que, en el futuro, pueda decir sus propios “no” con la misma dignidad.

Si tuviera que sintetizar lo que este primer trimestre ha significado como padre, diría que ha sido un tiempo de ajuste de foco. Menos obsesión por la idea de “formar a futuro” y más atención al día a día. Menos preocupación por si estará “preparada para el mundo” dentro de quince años y más interés en cómo se siente y cómo piensa hoy, cuando atraviesa el portón o cuando se sube a la ruta. A veces olvidamos que la mejor manera de preparar a alguien para el futuro es cuidar bien el presente que habita.

Termino con una idea simple. En la vida, todas las decisiones se pueden resumir en una pregunta: ¿quieres dejar un legado o no? No hablo de un legado en términos grandilocuentes, sino de la forma concreta en que tocamos la generación que viene. En mi caso, ese legado pasa por dos líneas: los aportes que pueda hacer a la educación en el plano más amplio y la manera como acompaño a Valentina en su propio proceso de convertirse en alguien. El Merani, con su proyecto y con las personas que lo encarnan, se ha vuelto un compañero de ruta en esa intención, en términos de propósito, tareas claves y estado final deseado.

Por eso, más que un agradecimiento protocolario, lo que quiero dejar en estas líneas es un reconocimiento sincero. Gracias por hacer equipo con nosotros, no solo como familia, sino como parte de una sociedad que, si tiene alguna opción de mejorar, la tiene a través de estos pequeños seres que hoy juegan en Lúdico y mañana tomarán decisiones buenas o malas, pero asumirán sus consecuencias, que ni siquiera imaginamos. Nuestra tarea, la de ustedes y la mía, es ayudarlos a que lleguen a ese punto con la mayor lucidez y la mayor humanidad posible. Lo demás, en buena medida, es ruido.

MERANITO

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EDUCACIÓN INICIAL LÚDICO
(Niños y niñas a partir de los 4 años)


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