Memorias Proyectivo C

Palabras Proyectivo C
Ceremonia de Grado

Valeria Benjumea, Alnaua Guzmán, Saúl Vargas, Daniela Pinillos, Sara León, Jacobo Peña
13 de diciembre de 2024
Foto: Sebastián Zamudio


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La idea del futuro como una construcción que se forma poco a poco, con las decisiones que tomamos, las experiencias que vivimos, los vínculos que creamos y las ideas que nos invaden, es un tanto misteriosa. Si se le presenta a un niño, quedaría perplejo. “¿Cuántos intentos tengo para construirlo?”, preguntaría, inocente, sin saber que la respuesta es tan solo uno, solo puedes hacerlo una vez. Hoy es tiempo de preguntarnos ¿qué hemos construido? Les pido que miren a su alrededor. Después, les pido que vuelquen su concentración a su interior. Observen. Escuchen. Recuerden. Esto es lo que hemos construido hasta hoy. Satisfacción, entereza, amor, calidez: la combinación de posibles nombres es inabarcable. Sin embargo, hoy también es tiempo de preguntarnos ¿qué es lo que construiremos?, ¿con qué erigiremos nuestro futuro? La respuesta es evidente: construiremos a partir de lo que somos. Y a pesar de las complicaciones venideras, sabemos que no se agotarán nuestros materiales de construcción. La obra de la vida nos ha brindado los insumos necesarios a través de este colegio, estos amores, estas ideas, estas personas y todo lo que ustedes perciben hoy, con un poco más de seguridad, con herramientas de valores incalculables, con una fuerza que promete, ahora y siempre, habitarnos incluso cuando estemos desamparados, incluso cuando parezca que no la necesitamos.

Parados sobre esta tarima, sabemos que ya ha amanecido otras veces. No es ajeno a nuestras manos el garrapateo frenético del lápiz cinco minutos antes de que acabase el tiempo del nivel. No nos es desconocida la temperatura del agua que inunda las canchas de fútbol, se apodera de ellas, las transmuta en un lago irreconocible. No pasaron desapercibidos los descansos charlando a carcajadas con nuestros amigos; las clases de punzantes debates con ciertos profesores; los torneos de vóley, de básquet, de ping-pong; la peculiar certeza de que la vida apenas se desarrolla en formato de prólogo. Y qué apasionante, qué escalofriante, qué áspero y sedoso y dulce y salado ha sido ese prólogo. Hemos visto, frente a nuestras narices, trotar al animal de la infancia, seguido del titán de la adolescencia. Los hemos visto alimentarse de los almuerzos de Luchito, y no bien saciados han ido a comer del conocimiento. Los hemos visto llenarse de regocijo y de nervios. Hemos temido por su vida en la antesala de la sustentación final de tesis.

Nos hemos quemado los dedos junto a ellos, cocinando la carne del último asado que habíamos de compartir con nuestra promoción. Ahora volvemos la mirada atrás, como un viajero haciendo inventario de sus andanzas, y créannos que no podríamos estar más orgullosos del camino que nos prodigó la vida; que no fueron vanos los esfuerzos del Merani para florecer en nosotros una actitud crítica ante la realidad; que el mosaico de experiencias vividas nos constituye con fibra sólida, reacia a la desintegración. Tal vez la tarea más difícil para este viajero es hallar significado en el momento más triste y el recuerdo más banal. Ya ha amanecido otras veces, pero hoy es diferente, porque cargamos sobre los hombros la certeza de que hemos conseguido esa hazaña. Desde la orilla final, atesoramos cada instante y abrimos nuestro corazón para darle cabida a la melancolía, pero más vale que llegue antes aquel visitante magno y triunfal, más vale que nos zarandee primero ese otro viajero: el agradecimiento.

Amanece el 30 de noviembre y no solo triunfamos los estudiantes: triunfa un vasto abanico de rostros y corazones.

Amanece y triunfan nuestros padres, que se han esforzado arduamente a favor de nuestro cometido. Nunca terminaremos de agradecerles su inquebrantable sabiduría, que nos ha convertido en las personas que tienen al frente. Su apoyo constante y sus consejos son invaluables. Su presencia, su compañía, sus abrazos y su sacrificio nos inspiran a ser fuertes, a combatir la adversidad y a decidir el camino que para

cada uno es correcto. Sin olvidar lo más importante, su inagotable fe en nosotros, en nuestras capacidades, anhelos y deseos. Esperamos fielmente ser capaces de emular, en nuestro próximo viaje, las cualidades que nos han inculcado con tanto cariño, y deseamos, con fervor, que nos acompañen en el siguiente paso.

Portada



Amanece y triunfan los maestros. A ustedes, nuestros faros en la vida, les dedicamos estas palabras con el corazón lleno de dicha. En cada lección, más allá del tablero, de los libros, de los apuntes, nos brindaron cariño desde que llegamos al colegio como unas pequeñas mentes traviesas, listas para explorar. Su sabiduría no solo nos guio por los terrenos de la academia, sino que nos abrió los ojos al valor de la perseverancia, la escucha y el respeto por el otro. Nos han enseñado a confiar en nosotros mismos y a dar siempre lo mejor. Nos ofrecieron su apoyo incondicional y sus consejos, que siempre llegaron en el momento justo. Gracias por contagiarnos las ganas de aprender y crecer como personas. Sus enseñanzas quedarán grabadas en nuestras mentes y corazones, marcando el rumbo de los nuevos caminos que estamos por emprender.

Amanece y triunfan los administrativos del Merani, que hicieron posible la existencia de este viaje. Nos vamos y no olvidamos las bondades de las monis. Nos vamos y no perdemos la sonrisa de Lucho y Gloria. El sendero yace pavimentado por el esmero de cientos de días de trabajo. Gracias por hacer de este lugar una justa encarnación del preludio de la vida.

Amanece y triunfa el pasado, triunfan los descansos sobre la media torta, las clases y las tristezas aprovechadas. Triunfa nuestro curso, esa pequeña humanidad comprimida, ese infinito mosaico de nostalgias. La trama del mundo destinó doce años a la fabricación de una red que conecta a cada uno de los 38 graduandos. Ninguno desconoce al otro. Cada vida pesa en la memoria como un aforismo y podremos evocarla en el futuro pronunciando una sola palabra: “muchachos”. He allí la magia. ¿Cuántos recuerdos vienen adjuntos a esa breve articulación de vocales y consonantes? ¿Cuántas amistades, cuántos amores, cuántas vergüenzas mutuas, lápices prestados y consejos devueltos? ¿Cuántos vivimos en el espacio intangible entre la “m” y la “s” de aquella palabra? Todos. Vivimos todos. Y solo nos queda ratificar nuestra hermandad con la promesa del no olvido. No olvidar la diversidad y la riqueza de intereses que nos caracterizó; la pasión que servía de lazo para unificar al curso y llevar a cabo proyectos bellísimos; la empatía que nos costó pulir, pero que luego de tantos años ya era un artefacto tangible; nuestro esfuerzo incansable en los deportes, que a pesar de cualquier contratiempo nos llenó de propósito colectivo; nuestra vocación a crear símbolos que perduraran en la memoria, como el jardín del perdón, el ritual de Perú, el tributo a monis y la despedida del curso; nuestro cariño, que hoy se trepa a esta tarima y es el principal autor de estas palabras. No olvidemos esos rasgos, muchachos, que son las facciones de nuestro rostro. Con ellos miramos el mundo. Con ellos nos vemos a nosotros mismos. Mil vidas fueron vividas y, en este punto, el sentimiento de la nostalgia es inherente a los fragmentos de memoria que se desprenden con el paso del tiempo. Es inevitable la añoranza, el instinto de querer volver a aquello que albergó una felicidad absoluta, es inevitable ver con claridad el camino recorrido ahora que se ha llegado a su final. Al recorrer nuevamente en la profundidad de nuestros recuerdos, los que han sido fragmentos de vida, se refuerza la idea de que fuimos, somos y seremos parte de algo construido con la esencia de múltiples almas. Son los recuerdos el remanente constante de que vivimos además de existir. Agradecemos por el privilegio de esa vida, agradecemos y tornamos la mirada al frente.

Y ¿qué hay al frente? ¿Qué tierra soporta nuestro peso cuando nos atrevemos a continuar?

El futuro es tan incierto como el pasado, pues ambos se alimentan de ilusiones. Luego de fabricar un tejido colectivo durante años, el abismo de la incertidumbre se agranda. Pero al contrario de sentirnos derrotados, encontramos en aquella incertidumbre una manera de navegar por las posibilidades, de explorar nuevos caminos y encontrar las memorias del pasado en nuestro devenir. Porque al final estas memorias siempre serán retazos de nuestras historias. Pensar en nosotros dentro de 5 o 10 años puede parecer un ejercicio meramente imaginativo, pero estos cuentos que inventábamos de niños cada vez están más cerca de hacerse realidad. Lo que un día era el consuelo de 38 niños soñadores ahora es el camino de 38 personas extraordinarias. Para el futuro solo queda recordar esos sueños en los momentos en que nos encontremos perdidos, pues serán el mapa más fiable. Y mientras empuñamos la memoria como azadón para el cultivo del mañana, sabremos apreciar lo que venga; que aún las circunstancias más difíciles son motores de aprendizaje y cambio; que lo incierto también es un lugar seguro cuando aprendemos que el futuro está cambiando todo el tiempo. No existen decisiones erróneas, sino lecciones. Caer es oficio de las piernas, tal como caminar. Sentir el asfalto frío y la raspadura dolorosa es un obsequio del viaje. Alzar la vista sobre la vía y reunir la valentía para continuar es nuestra retribución. Nuevos pasos nos enseñarán más sobre el ritmo impredecible de esta sinfonía. Los gozaremos. No nos relegaremos a la tristeza cuando advengan los silencios de la partitura. No habría música sin ellos. Cada tono vale.

Cuando cumplimos 5 años nos preguntaron ¿qué quieres ser cuando grande? Y con la mayor inocencia respondimos: astronautas, vaqueros, presidentes, príncipes. Pasó un tiempo y nos volvieron a preguntar, seguro esperando una respuesta más concreta, pero siempre con la ilusión de un niño. Respondimos: arquitectos, científicos, deportistas, artistas. El día de hoy nos pueden hacer la misma y sencilla pregunta, pero en el fondo ¿cuál es la verdadera importancia? El hoy es para tomar más de una decisión, cometer errores, fallar en el intento. El hoy, nuestro hoy, es de enamorarnos, de extraviarnos, de aprender. El hoy, el hermoso hoy, es de cambiar ideas y de volverlas a cambiar, porque en la vida no hay nada permanente. Y si algún día vuelven a preguntarnos, no tendremos que adivinarlo; y de esa manera, sin complejidades, responderemos: “ya lo sabremos”.

El tiempo nos ha enseñado que todo es breve y a la vez infinito; que sentiremos la vida como un largo caminar y de viejos recordaremos esta ceremonia como si hubiera transcurrido hace cinco minutos. Recordaremos el aire húmedo del parque de Exploratorio, la delgadez del primer cuaderno, el frío de las lágrimas que nos regalamos sobre los cachetes la primera madrugada en la ruta escolar. Todo eso sucedió hace instantes. Solo nos queda aprovechar esos cinco minutos que nos regala alguien, descaradamente, sin haberlos negociado. Hagámoslo ahora.

Ahora la mano temblante se extiende hacia el diploma; los dedos se arquean alrededor de la tinta; algo en el aire entumecido del auditorio indica la presencia de un visitante colosal. Es el silencio. En el preciso instante en que acabemos de leer estas palabras, cuando el punto final nos selle, cada uno de nosotros tendrá ante sí la mirada de un desconocido: el horizonte nos interrogará. Mudo y sin brindar pistas, el futuro entablará con nosotros una conversación vaticinada durante años. Y sin haber trabado contacto con él, por el puro instinto que nos inclina hacia el hambre y el sueño, sé cuál será su primera pregunta. Se inclinará hacia nosotros y, arrastrando la voz, nos dirá: “¿Valió la pena?”. Entonces será nuestro turno. ¿Seremos capaces de mirarlo a los ojos? ¿Permaneceremos erguidos o nos pesará la manía de la memoria? No soy dueño de las palabras que nombran el devenir y aun así puedo adivinar que ninguno de nosotros tardará en despegar los labios, desnudarlos del miedo y la timidez, rematar con aquella respuesta que nos salva, nos justifica en el encuentro entre la mano y el diploma, entre el niño y el adulto, la inocencia y la voluntad; y diremos que sí, con los ojos ahogados en lágrimas y lumbre; sí, que la vida fue injusta a nuestro favor; sí, que todo valió la pena y que el camino nos aguarda.




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