¿Qué sabemos sobre la felicidad?

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La Universidad de Harvard lleva ocho décadas desarrollando un estudio sobre una pregunta esencial en la vida: ¿qué nos hace felices a los seres humanos? Algunos podrían pensar que es un estudio inviable, porque podría depender en exceso de las personas, los contextos, las culturas, las épocas, los géneros o los estratos socioeconómicos. Lo mismo pensaron otros cuando algunos intentamos evaluar el interés por el conocimiento, la autonomía, la solidaridad, el pensamiento, las competencias comunicativas, las comprensiones humanas o la modificabilidad. Los conceptos complejos no se dejan definir fácilmente. Mucho menos evaluar. Son imprecisos y ambiguos. Intente, por ejemplo, definir qué es el amor, la libertad o la pasión. No hay duda de que existen factores del contexto y la historia presentes en toda definición.

En últimas, así pasa con todos los conceptos complejos, pero eso no quiere decir que no se puedan precisar, sino que, al hacerlo, se debe hacer para una época histórica y su validez se restringe a un contexto determinado. Para el Dalai Lama y algunas corrientes del budismo, por ejemplo, la tranquilidad es una forma de felicidad superior a cualquier otra, porque nos permite un estado de equilibrio con el entorno. En palabras del psicólogo William James, la felicidad es la preocupación más importante de la vida. Tal vez tenga razón.

Un ejemplo que ilustra la importancia de la pregunta por la felicidad, se produjo recientemente en los Estados Unidos. A principios de 2018, días después de que se anunciara un curso sobre psicología de la felicidad, uno de cada cuatro alumnos de la Universidad de Yale se inscribió. La asignatura alcanzó el mayor récord de inscripciones en los 317 años de existencia de la universidad. El éxito fue tan asombroso que no pudieron responder adecuadamente a las solicitudes. La pregunta es por qué los jóvenes universitarios tenían tanta necesidad de conocer, aclarar y precisar de qué depende la felicidad de un ser humano.

El estudio de Harvard sobre la felicidad inició en 1938 con estudiantes de segundo año. Muchos de ellos fueron doctores, empresarios, científicos, administradores o políticos muy reconocidos. Otros abandonaron y terminaron dedicados al alcohol o sufriendo depresión. Cada año volvían a hablar con ellos, con sus esposas, sus compañeros de trabajo y sus hijos. Se miraban sus registros médicos y se indagaba cómo se sentían. Además, se seleccionó un segundo grupo de jóvenes de la misma edad pertenecientes a los barrios más pobres de Boston y también a ellos se les realizó el mismo seguimiento a lo largo de la vida.

La mayoría de los investigadores iniciales ya murieron. Quien dirige actualmente la investigación no había nacido cuando el proyecto inició. Es su cuarto director.

La primera pista que encontraron es que las personas que viven felices tienen mejor salud física. Se enferman menos, permanecen menos días al año con problemas físicos y les hacen menos intervenciones quirúrgicas. No es tan claro si es la salud física la que incide en la felicidad o si esta incide en la salud física, pero ambas suelen caminar tomadas de la mano. Es lo que llamamos, con un nombre muy poco poético, pero muy preciso conceptualmente, una correlación. Sabiamente los romanos decían: “Cuerpo sano, mente sana”. De aquí surge mi primer consejo: hasta cuando sea posible, hay que cuidar el cuerpo. Tenemos que practicar deportes, incluso sabiendo que nos producen lesiones y el estrés que se genera en toda competencia.

No hay ninguna duda de que la actividad física y el deporte inciden en nuestros niveles de felicidad. Por eso al final de un partido lloramos de alegría y otras veces nos derrumbamos. Son adrenalina pura. Quedamos exhaustos. Dicen, por ejemplo, que los ciclistas no sienten sus piernas en la última hora de carrera. Seguramente lo mismo pasa en el boxeo, pero no tiene mucho sentido llamar deporte a una actividad humana que consiste en derrumbar al otro. Habla mal de una sociedad que llamemos deporte a una actividad cuyo propósito es enfrentar a golpes al contrincante hasta tumbarlo y se le golpea donde más daño pueda causársele para lanzarlo a la lona. Muy poco de deporte y mucho de salvajismo y negocio. Pero ese ya sería otro tema.

La felicidad no es un estado, sino un proceso. No es un lugar, sino un ideal que se busca. Obviamente, no se puede comprar, por una razón esencial: salvo en casos extremos, no depende de los bienes materiales que tengamos. No son más felices quienes más tienen. Por lo general, ellos viven eternamente insatisfechos, sienten que otros tienen más y están convencidos de que ellos tienen relativamente poco. La paradoja es que la felicidad depende más de las expectativas que de los bienes. En eso se parece al efecto Pigmalión, pero ese también sería otro tema. Por lo general, los más adinerados tienen muy poco tiempo libre y exceso de expectativas, estrés, ansiedad e insatisfacción. Así de compleja y paradójica es la vida. Eso fue lo que encontró el estudio longitudinal de Harvard, que ahora continúa con los hijos y los nietos de los dos grupos inicialmente investigados.

La felicidad exige esfuerzo, búsqueda y muchísimo trabajo. Ojalá nunca olviden eso. Personalmente, creo que cumple un papel similar al que desempeñan las utopías en los seres humanos. Nos ayuda a caminar. Nos marca el destino, pero cuando nos aproximamos a ella vuelve y se nos escapa. Caminamos dos pasos hacia ella y nos siguen faltando dos o tres más para alcanzarla. Tiene forma de proceso y no de resultado. En el mejor de los casos se trata de un estado transitorio. A veces nos sentimos felices, pero no por lo que poseemos, por el reconocimiento o la fama. Son las más sencillas experiencias vitales las que nos permiten reconocer ese inefable estado. Así lo expresa el poeta Pablo Neruda en su poema Oda a un día feliz:



Nada ha pasado a nadie,
no estoy en parte alguna,
sucede solamente
que soy feliz
por los cuatro costados
del corazón, andando,
durmiendo o escribiendo.
Que voy a hacerle, soy
feliz.

En Estados Unidos, un estudio reciente indagó sobre las metas más importantes en la vida de jóvenes entre los 18 y 28 años. El 80 % dijo que quería ser rico y el 50 % dijo que ser famoso. Desde una perspectiva científica, no habría duda de que la gran mayoría están muy confundidos si creen que siendo ricos o famosos alcanzarán mayor felicidad.

La frase de John Lennon al respecto es muy profunda y nos ayuda a complejizar el tema. Cuando su maestra le preguntó qué quería ser cuando grande, él respondió que feliz. La maestra le dijo que no entendía la pregunta y él respondió que ella no entendía la vida. John Lennon tenía la razón.

Estanislao Zuleta sostiene que los seres humanos solemos razonar de manera muy superficial cuando pensamos en la felicidad y concluye que deseamos mal. En “Elogio de la dificultad”, Zuleta dice que nuestro problema no estriba en nuestra dificultad para conquistar lo que nos proponemos, sino en la naturaleza misma de lo que deseamos. “La pobreza y la impotencia de la imaginación –dijo al recibir su doctorado honoris causa de la Universidad del Valle– nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de Cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por lo tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes”. Por eso el escritor Marcel Proust afirmaba, en la misma línea, que “los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos”.

La tercera pista que encuentra la Universidad de Harvard es su principal macro-conclusión: la felicidad depende de las relaciones que construyamos a lo largo de la vida. La calidad de nuestros vínculos determina, en buena parte, qué tan felices seamos. Las relaciones suelen ser diversas porque vinimos al mundo a hacer multitud de cosas: enamorarnos, construir proyectos, cultivar hobbies, soñar, escuchar música, hacer deporte o trabajar, entre muchas otras. La derivada es clarísima: hay que cuidar las relaciones porque sin ellas es imposible alcanzar la felicidad. De alguna manera se puede afirmar que si queremos pronosticar si una persona vivirá más feliz y más largamente, más importante que saber si tiene el colesterol alto es conocer si tiene muy buenos amigos, si comparte con ellos tiempos, ideales, vinos y hobbies. Así lo expresaba el escritor mexicano Carlos Fuentes: “Lo que no tenemos lo encontramos en el amigo. Creo en este obsequio y lo cultivo desde la infancia (…) La amistad es la gran liga inicial entre el hogar y el mundo”.

Hoy le damos la razón a Aristóteles cuando concluimos que las relaciones son la esencia de la vida. Las relaciones que tengamos con nuestros padres, hijos, esposos, esposas y amigos. De allí depende, en buena parte, la felicidad en la vida. La felicidad está asociada al diálogo, a la complejidad y riqueza de nuestras relaciones, a la capacidad que tengamos para compartir, dialogar y reelaborar con los otros nuestras ideas y nuestros afectos. Por eso viven más felices quienes frecuentan a sus grupos de amigos, quienes conversan y confrontan sus ideas y épocas con sus tíos, primos, sobrinos y padres y, muy especialmente, quienes comparten tiempo, ilusiones, música, viajes y actividades con su esposo, su esposa, sus hijos o sus amigos.

En una investigación que adelanté para la rectoría de la Universidad Nacional llegué a una conclusión muy parecida. Se trataba de explicar por qué el 45 % de los estudiantes que ingresaban al principal centro educativo del país no culminaban allí sus estudios. A juicio de las directivas de la universidad existían dos factores esenciales: las debilidades en el dominio de la segunda lengua y factores económicos. Sin embargo, el estudio me permitió concluir que los factores esenciales permanecían ocultos y que los jóvenes que se enamoraban de sus compañeros y compañeras no se retiraban de la universidad; que quienes asistían a los conciertos en el León de Greiff o a las fiestas en el fin de semana tampoco desertaban; que las redes de amigos actuaban como barrera de protección ante la deserción; que antes de la segunda lengua era esencial el dominio de la lengua materna y que por encima de los factores económicos estaba la construcción de redes sociales de apoyo. No era el inglés, sino el dominio de la primera lengua lo que explicaba la deserción, y no eran los factores económicos, sino los socioafectivos los que llevaban a los jóvenes a permanecer o desertar de la universidad. Con frecuencia se nos olvida, pero somos seres esencialmente sociales y nos debemos a los otros.

Hace cerca de 40 años conocí una investigación similar a la que hicieron los investigadores de Harvard. Fue llevada a cabo por Rubén Ardila, un reconocido psicólogo colombiano. Se hizo la misma pregunta que los investigadores de Harvard. Uno de sus resultados me llamó tanto la atención que hoy, cuatro décadas después, todavía lo recuerdo. Él había encontrado que eran más felices los hombres y mujeres casados que los solteros y que eran más felices los investigadores que los industriales. Es muy original la interpretación que él hizo: concluyó que, tal como ya había sustentado Estanislao Zuleta, la felicidad estaba asociada a la complejidad. Según su criterio, los casados y los investigadores tendían a tener mayores niveles de felicidad porque era mucho más complejo estar casado que estar soltero y porque era mucho más difícil investigar que elevar los ingresos y disminuir los costos en una industria. Con sabiduría lo afirmó Platón hace miles de años para cerrar uno de sus diálogos: “Lo bello es difícil”. Los graduandos hoy lo saben porque acaban de culminar sus proyectos de tesis. Cuando encontraron sus resultados, emergieron nuevas preguntas, nuevas hipótesis, nuevos caminos y nuevas dudas. Investigar es caminar en medio de la incertidumbre y dudar de cada pregunta, cada concepto, cada estrategia y cada respuesta. “Adán y sobre todo Eva –decía Zuleta– tienen el mérito original de habernos liberado del paraíso, nuestro pecado es que anhelamos regresar a él”. Larga es la tradición literaria y cinematográfica que se ha referido al horror de los paraísos perfectos, a la tragedia de una vida humana inmaculada, plana y desprovista de esfuerzos o problemas.

De aquí se deriva mi cuarto consejo. Es necesario cuidar las relaciones, cultivar las amistades, llamar a los amigos, invitarlos a la casa, compartir, realizar actividades con ellos, degustar un buen vino en su compañía e invitarlos a escuchar música, pero, sobre todo, conversar, discutir, confrontar ideas y afectos. Precisamente por eso, muchas veces cuando los hijos dejan de vivir con sus padres, paradójicamente, se puede fortalecer la relación. Muchas veces solo hasta el momento de la separación, padres e hijos comienzan a dialogar.

En el Merani tuvimos un extraordinario profesor. Sin duda, es el maestro que más impacto ha causado en mí a lo largo de la vida. Me volví un gran amigo de él. En su honor bautizamos la biblioteca. Hablé múltiples veces con el maestro Nicolás Buenaventura y lo visité cientos de veces en su apartamento de Chapinero Alto para dialogar, al pie de la cocina, sobre el sentido de la vida, la política y el futuro de la cultura y la sociedad. Fueron largas tertulias las que me permitieron conocer su faceta más impactante: el conversador y pensador ético y profundo que fue.

A través de él conocí a Cornelio, su padre, cuentero de oficio y quien murió antes de culminar su libro Dios, el hombre y el Universo. Cornelio sostenía, con profunda originalidad, que en la vida eran más importantes los enemigos que los amigos. Hasta llegó a afirmar que la grandeza de un hombre se medía por la calidad de sus enemigos y que había que dudar de los hombres que no los tenían. En el fondo es porque nadie puede tener amigos si al mismo tiempo no tiene buenos enemigos. Así lo expresa el músico Fito Páez en su canción Al lado del camino: “No es bueno nunca hacerse de enemigos que no estén a la altura del conflicto”. Con el paso de los años, llegué a la misma conclusión formulada previamente por el padre de Nicolás.

Cuando los amigos están mal y enfermos –decía Cornelio– a uno le generan tristeza; cuando están muy bien y todas las cosas les salen como quieren, producen cierta envidia. Con los enemigos sucede en esencia lo contrario. Si están tristes, a uno le produce cierta alegría y si están alegres y todo les sale bien, generan la necesidad de trabajar más y esforzarse para ser mejor. Lo clave es que ellos nos retan, nos exigen ser mejores cada día. Una buena parte de los amigos –decía– lo abandonan a uno un día, acaban por olvidarlo o por traicionarlo. En cambio, un buen enemigo es para toda la vida, nunca se olvida. Por eso –concluía–, en la vida es también importante tener buenos enemigos.

Siguiendo a Cornelio, uno podría pensar que si bien los amigos son esenciales para compartir, construir relaciones complejas y alcanzar la felicidad, también lo son los enemigos para retarnos a ser mejores cada día, para complejizar la vida. Durante mucho tiempo el ministerio y las secretarías de educación fueron enemigos del proyecto del Merani, hoy son nuestros aliados en la idea de transformar la educación del país ¡Así de paradójica, compleja y contradictoria es la vida!

Mi penúltimo consejo es para los padres. Ojalá no les digan nunca a sus hijos qué carrera estudiar. Ese es el camino más fácil para hacerlos infelices. No hay nada más equivocado que decirle a un joven que ama el arte que estudie, por ejemplo, administración de empresas; o que exigirle a un joven que con pasión quiere dedicar su vida a escribir novelas que estudie medicina como su padre o su abuelo. Si ustedes, madres y padres, quieren que sus hijos vivan infelices, ese es el mejor camino. Si quieren verlos felices, déjenlos elegir su vida. Al fin y al cabo, a eso vamos a los colegios, a elegir a qué vamos a dedicar nuestras vidas. ¿Qué nos hará levantar con nuevas energías cada día? Sin pasión, es imposible alcanzar la felicidad.

Y por eso, mi último consejo es para los graduandos. No les hagan caso a sus padres cuando ellos les digan qué estudiar. Estudien solo aquello que les apasione en la vida. No les crean cuando les digan que eso no da dinero para vivir. Nadie, como dice Maná, puede vivir sin aire. La vida es muy corta y no podemos perder tiempo haciendo cosas que no nos apasionan.

En la vida no hay nada más parecido a la felicidad que hacer aquello que a uno le apasiona. No hay nada más bello que trabajar con pasión, hasta que se nos reduzcan las fuerzas del cuerpo y del alma. Solo quienes trabajan en equipo de manera intensa y apasionada conquistarán sus sueños. Y hay que luchar hasta el último aliento por alcanzarlos. La pasión y los sueños nos proveen de sentido en la vida. Hacen que podamos vivir con esperanza y como decía Oscar Wilde: “Nada puede estar más allá de la esperanza, la vida misma es una esperanza”.

Quisiera terminar con una frase de Thomas Chalmers, profesor de teología, político y líder religioso de Escocia. En el fondo, creo que él sintetiza lo que a la Universidad de Harvard le tomó ocho décadas concluir: “La dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar”.

¡Muchas gracias!