La desaparición de diez niños

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VIDA MERANISTA IAM


En 1992, la comunidad meranista tenía dos sedes: una en Suba para los chicos de bachillerato y otra en Provenza para la primaria de aquel entonces. Aunque formaban parte de la misma institución, la vida en paralelo hacía que las historias de la primaria no se conocieran en el bachillerato. En aquel entonces, cada sede tenía su propia coordinadora, y las reglas diferían un poco de una sede a otra.

En la sede de bachillerato, si un estudiante o profesor llegaba tarde, debía esperar frente a la puerta cerrada de la institución durante una hora completa. Esto significaba que, si eras profesor y llegabas tarde, la vergüenza era inevitable frente a los estudiantes, algunos de los cuales estaban acompañados por sus padres. La imagen de un profesor con su maletín y un café en la mano, comprado en la tienda de en frente, esperando pacientemente junto a un grupo de adolescentes impuntuales se convirtió en una escena común y nada graciosa.

En cambio, en la sede de la loma de Provenza, la situación era muy distinta. Aquí, llegar a tiempo para los profesores era una tarea que requería resistencia y velocidad olímpica. La empinada cuesta arriba se convertía en una odisea, especialmente cuando el reloj corría en su contra. Si un profesor llegaba tarde, los niños, incluso los más pequeños, estaban empoderados para cerrar la puerta y ¡adiós clase!

Un día, Jairo, profesor de Ciencias , conocido por su puntualidad, tuvo un percance. Después de una carrera desenfrenada cuesta arriba, imaginando la puerta ya cerrada, subió en dos zancadas las escaleras y de manera precipitada, entró al salón y notó algo extraño: la puerta estaba abierta, ¡y los niños habían desaparecido! Sin dejar rastro alguno, ni siquiera un chito tirado en el piso.

Desconcertado, el profesor bajó las escaleras casi rodando, y en una carrera contra reloj, se dirigió a la parte de atrás del cerro pelado, buscó en todos los rincones posibles, árbol tras árbol del bosque. Detrás de la casa, en las cuevas que hacían los niños para formar clubes, ... pero nada, ni un pelito de algún niño!!!. Comenzaba a temer lo peor, imaginando tragedias dignas de película.

Decidió entonces recurrir a la ayuda de los niños de Conceptual , expertos en esconderse. Juntos, exploraron cada rincón posible: el cerro, los árboles, la enorme alberca, la cocina, la casa de Horacio... pero seguían sin rastro alguno. La preocupación y el pánico crecían, alimentando las más disparatadas teorías sobre la desaparición de los pequeños.

Finalmente, dando pruebas de ser atleta velocista, con el corazón en un puño, el profesor regresó al salón. En un último intento de encontrar alguna pista, abrió los closets. ¡Y allí estaban, los niños, acurrucados y dormidos como angelitos! Se habían quedado dormidos mientras esperaban sorprender al profesor.

El profesor, ente alivio y sorpresa, no sabía si reír o llorar. Los niños, al despertar, no podían contener la risa al ver la cara de asombro del profesor. "¡Queríamos sorprenderte, profesor, pero nos ganó el sueño!" exclamaron entre risas, marcando así un leve giro en la regla de cerrar la puerta en caso de tardanza.


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