Un estudiante extraño ingresa al Merani

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VIDA MERANISTA IAM


Una vez ubicados en la nueva sede de San José de Bavaria, en 1993, el nuevo contexto semi rural y semi urbano, en el extremo norte de la ciudad, parecía salido de un cuento. Conformada por casetas de cartón piedra y gruesas puertas de madera que, después de las constantes lluvias, se cargaban de humedad y se volvían tan pesadas como elefantes adormilados. Abrirlas era una hazaña digna de Hércules, así que se optaba por un método más práctico y divertido: entrar al aula por las ventanas. Esto dejaba un tufillo de picardía y libertad, como si se tratara de un parque de diversiones.

La nueva sede contaba con cerca de diez casetas de cartón piedra y madera, una gran casa de dos pisos, en ladrillo; muchos jardines y un patio en el centro con una cancha de baloncesto que parecía más una pista de obstáculos, dado que podían presentarse hasta tres partidos de basketball, en simultáneas. Para la época, la institución estaba rodeada de un frondoso bosque andino y fincas que, más tarde, al ser vendidas, se convirtieron en conjuntos cerrados habitados por personas que querían huir del bullicio de la ciudad. Entrar y salir de esta escuela era como participar en una expedición diaria, donde te topabas con gente en la faena de ordeño, alimentando ovejas, cabras y terneros, y un sinnúmero de gallinas y pollitos picoteando cuanto se les cruzara en el camino, ya fueran piedras, lombrices o semillas. Algunas personas aún andaban a caballo para atravesar de una finca a otra.

No había aún verdaderas calles que demarcaran una cuadra de otra; más bien se trataba de trochas que en invierno se transformaban en auténticos lodazales. Por eso, llegar con botas pantaneras era casi un requisito indispensable. El paradero de buses más cercano estaba a casi dos kilómetros, lo que significaba una caminata diaria por la gran trocha, con barro hasta las rodillas y la posibilidad de una resbalada épica en cada paso. ¡Toda una aventura digna de exploradores urbanos!

No sobra recordar que, hasta la fecha, no había alcantarillado, lo que añadía un toque de "emoción" a la aventura diaria. Los desperdicios salidos con las aguas negras de las casas se vertían en vallados que corrían paralelos a las calles y, en épocas de abundantes lluvias, se desbordaban como ríos de obstáculos malolientes. Estos riachuelos improvisados transformaban la llegada a la institución casi que en una pista de patinaje “a color”, donde esquivar charcos y desbordamientos era todo un deporte olímpico. ¡Un verdadero reto para patinadores profesionales!!

Antes del mes de septiembre, los profesores teníamos nuestra propia aventura culinaria.Caminábamos los dos kilómetros hasta un restaurante improvisado bajo una gran carpa, frente a la actual Olímpica de la 168, donde los conductores de los buses también almorzaban. Debido a la gran cantidad de moscos en el lugar, lo denominábamos cariñosamente “Restaurante el Mosco”. Ir a almorzar allí era una divertida odisea, con cerca de diez o doce profesores cocinando chistes y compartiendo todo tipo de anécdotas salidas de las clases con nuestros estudiantes. ¡Entre el zumbido de los moscos y las risas, el almuerzo se convertía en un festín de historias y picardía!, dándonos la oportunidad de permanecer unidos y bastante cohesionados.

Para nuestra fortuna, en el mes de septiembre del mismo año, llegó la primera administradora del Merani, Constanza. Lo primero que hizo fue organizar un mini restaurante escolar en un pequeño patio marquesinado y contratar a Clarita, nuestra primera chef. Este hecho nos alejó del "Mosco" y sus zumbidos, permitiéndonos compartir el almuerzo escolar con unos veinte niños. ¡Adiós moscos, hola Clarita! Con sus deliciosos platillos, nuestras aventuras gastronómicas se volvieron mucho más apetitosas y libres de picaduras.

Meranito



Clarita, quien vivía en el otro extremo de esta gran ciudad, era una verdadera trotamundos de la cocina. Dejaba listo el mercado, con legumbres, frutas y verduras perfectamente alineadas en el mesón, listas para el almuerzo del día siguiente. ¡Qué maravilla tener una chef que, además de preparar exquisitos platillos, parecía tener un toque mágico para que cada ingrediente esperara pacientemente su turno para ser cocinado!

La primera semana, todos comentábamos las delicias de almorzar en casa, disfrutando los manjares de Clarita y escuchando cuantas historias tenían los pequeños con quienes compartíamos el almuerzo. Pero a partir de la segunda semana, algo raro empezó a suceder. Cuando Clarita llegaba, muy puntual a las 7 de la mañana, las frutas y verduras habían desaparecido y el desorden en la cocina era digno de una película de misterio. Con los niños ingresando a la institución a las 8 de la mañana, no podían ser ellos. ¡Este misterio había que resolverlo! Así que, como si de una novela de detectives se tratara, se encargó a Horacio la misión de atrapar al ladrón.

Horacio montaba guardia hasta el amanecer, hasta que el sueño lo vencía, vigilando especialmente la cocina por si algún roedor nocturno estuviera causando el alboroto. Lo último que observaba era la pequeña cocina improvisada. Cuando se iba a dormir, todo estaba en perfecto orden. Presurosamente despertaba a las cinco de la mañana y, en pijama, se dirigía a la cocina. Todo seguía en su lugar, lo que le daba más calma. Entonces, se dirigía a bañarse y a alistarse para la nueva jornada matutina, convencido de que el misterio pronto sería resuelto. ¡El detective Horacio no se daba por vencido tan fácilmente!

Pero hacia las 7 de la mañana, cuando Horacio abría la puerta para que entrara Clarita, quien era la primera en llegar, ella lanzaba un grito: "¡Horacio! ¡Otra vez esto está al revés y faltan frutas y verduras! ¡Justo lo que más le encargué!" Horacio, muy sorprendido, exclamó: "¡Pero si esta mañana lo primero que revisé fue la cocina, y todo estaba en orden!" El misterio se prolongaba, y Horacio se rascaba la cabeza, preguntándose si el ladrón tenía poderes mágicos o si había algún duendecillo travieso escondido en la escuela. ¡La intriga aumentaba y la solución parecía más lejana que nunca!

Horacio empezó a sospechar de un pequeño que había llegado ese día antes que Clarita. A lo largodel día, no paró de hacerle seguimiento, como un detective en su mejor caso. Claro, después de ir a comprar frutas y verduras hasta Carulla de Villa del Prado, raudo y velozmente montaba en su caballito de acero, su fiel bicicleta que, creo, aún lo acompaña. Horacio pedaleaba con la determinación de un caballero medieval, decidido a resolver el misterio de las frutas y verduras desaparecidas. ¡Este pequeño ladrón no sabía con quién se estaba metiendo!

Muy distantes en el tiempo como para tener las cámaras que hoy dispone la institución, le tocaba a Horacio desempeñar el papel de detective. Las quejas de Clarita empezaban a preocupar a Constanza. ¡No podía ser que justo cuando se daba solución al problema del almuerzo, surgiera este inconveniente que restaba tiempo y aumentaba costos! Sin cámaras de seguridad y con más drama que una novela, Horacio se enfrentaba al desafío con la misma seriedad con la que un caballero enfrentaría un dragón. ¡Era cuestión de honor resolver este misterio antes de que las frutas y verduras desaparecieran nuevamente!

Al finalizar la jornada escolar, y una vez despedidos los niños, Horacio le dijo a Clarita: "Déjame guardar el mercado en mi casa, así podré tener más tranquilidad y pegar el ojo esta noche". Y así se hizo. Esa noche, Horacio durmió a pierna suelta, despreocupado por la cocina y sin temor a las desapariciones misteriosas. Logró conciliar el sueño hacia las 11 de la noche, se levantó a las cinco, y a las siete, abrió las puertas del colegio con una sonrisa de satisfacción. ¡Finalmente, una noche de descanso sin sobresaltos!

La primera en entrar como siempre fue Clarita, quien después de saludar, se dirigió a la cocina, Horacio afinó el oído a ver si Clarita volvía a proferir el grito de siempre. Pero no, todo estaba en orden, Horacio le entregó el mercado y la jornada escolar daba inicio, sin novedad alguna.

Qué bueno, se trataba de una tranquila mañana, podía verse el sol aún, asomándose por el horizonte y los chicos en su frescura juvenil, salían al patio a su clase de deporte. El único desconcertado era el profesor Francisco, encargado de los chicos mayores. Al dirigirse al pequeño cuarto donde se guardaban los implementos deportivos, se topó con una escena que lo dejó perplejo.

"¡Esto es el colmo!", exclamó con indignación. "¿Qué está sucediendo aquí?".

"¡Horacio! ¿Usted le ha dado la llave a alguien?", preguntó, con tono entre sorprendido y acusador.

"No señor, jamás le doy las llaves a nadie", respondió Horacio, con gesto de inocencia.

"¡Mire, qué asco! Alguien orinó e hizo sus necesidades dentro de la bolsa de los balones. Por favor, haga aseo a esto. Adiós juego con balones, por el día de hoy haremos la prueba de Cooper en atletismo… ¡hay que echar más ojo, Horacio!

Horacio, con la cabeza entre las manos, no entendía qué pasaba. Los llamados de atención crecían, ya no solo por Clarita, sino también por el profesor y, por supuesto, ¡también por Constanza! La situación era tan absurda como preocupante.

Esa noche, Horacio decidió atrapar al pilluelo que hacía esto, así que montó guardia entre la cocina y el cuarto de implementos deportivos. Antes de apagar la última luz de los salones, se dirigió al cuarto de balones, a oscuras, para verificar que todo estuviera limpio y la puerta con doble llave. Metió la llave en la cerradura, pero, sin alcanzar a abrir del todo, sintió que una presencia se abalanzaba sobre su cuerpo, le estrujaba la cara y huía precipitadamente.

Horacio, sin haber encendido la luz, se vio sorprendido por este insólito ataque. Gritando y corriendo hacia su casa, se estrelló contra algo en el piso y cayó rodando. Entre tullido y apurado, llegó a su casa de vigilante, cerró la puerta intrépidamente y le contó a Estellita que allí asustaban. Estellita, sin saber qué sucedía, le dio un vaso de agua y le dijo que dejara esos cuentos para el día siguiente, porque había que dormir y alistarse para madrugar.

¡Pobre Horacio!!! ¡¡¡Además de que todos le reclamaban, nadie le creía!!! Y esperando a que sucorazón se desacelerara, se puso la pijama y se arrunchó junto a Estellita como un bebé que busca protección, era de esperarse que esa noche no pegara el ojo!!! ¡¡¡Había llegado el fin a las apacibles y serenas noches iluminadas por las titilantes estrellas en el Cerro de Provenza!!!

A la mañana siguiente, Constanza llamó a Horacio para que cambiara la cerradura del salón de implementos deportivos. Estaba convencida de que alguien había robado la llave a Horacio y estaba causando estragos. Horacio, siempre fiel a sus deberes, obedeció el pedido de su nueva jefa y se aseguró de llevar las llaves en una cadena atada a los pasadores de su pantalón.

Mientras trabajaba, recordaba la noche anterior y la taquicardia volvía a apoderarse de él. Estaba seguro de que, por más cerradura nueva que pusiera, algo superaba todas las medidas de seguridad establecidas por los directivos. Además, no podía contar lo sucedido, pues sentía que difícilmente le creerían. ¡Así era la vida de Horacio, llena de misterios y situaciones inesperadas!

Esa mañana, Horacio estaba más distraído que un gato en una pescadería. No podía concentrarse en su trabajo. Por un lado, no quería que llegara la noche, temía otro susto; pero por otro, deseaba que el día pasara volando para descubrir qué estaba ocurriendo.

Entre tanto pensamiento, se le escapaban los detalles más simples. En un momento dado, intentó abrir un armario con las llaves del cuarto de implementos deportivos. Parecía un cómico en una escena de enredos. ¡Horacio y sus emociones encontradas, siempre en una montaña rusa de situaciones disparatadas!

Una vez salió el último de los estudiantes, decidió de manera presurosa hacer el aseo de los baños y de los salones verificando que las luces quedaran apagadas, quería lograrlo lo más rápido posible antes de que se fuera la luz del día. En efecto, solo eran las siete de la noche cuando terminó sus oficios, echó una última ronda y apenas a las siete y treinta se dirigió a su casa de manera cuidados y vigilante.

Estando a tan solo diez metros de la puerta de casa de vigilante, y en medio de la obscuridad, sintió que una rama de un árbol se movía, como si hubiese caído algo pesado y en menos de un segundo sintió que lo agarraban de las dos piernas a la altura de las rodillas lo que le impedía caminar, sus pelos se erizaron desde la espalda hasta la coronilla, sus piernas se inmovilizaron, su garganta estaba seca y aunque buscaba gritar, no articulaba sonido alguno. Así que cayó desplomado al piso hasta que aquello lo soltó. Como pudo, se arrastró a gatas y antes de alcanzar la perilla de la puerta de su casa, gateando con su cuerpo tembloroso sintió que algo trepaba por sus espaldas, se ubicaba en su nuca y le tapaba los ojos con unas muy delgadas y pequeñas manos. Estella, Estella, gritaba inundado de terror…

Estelita salió y le abrió la puerta, Horacio tenía los ojos como platos, ¡¡otra vez Estella!!, ¡¡otra vez…Estella Salió a mirar y no vio nada…tranquilo, entre que ya está la cena lista!!. Horacio pensaba en todo menos en cenar, un torbellino de ideas se precipitaba en su mente y decidió ir a dormir, sin antes pedirle una agüita de Toronjil a su mujer, sus nervios estaban de punta y necesitaba relajarse. ¿Qué había sido aquello que lo aterrorizó? La pregunta se repetía en su mente mientras intentaba encontrar el descanso en el sueño.

Durmió prácticamente amarrado a su mujer. El nuevo día lo recibió a las cinco de la mañana y, tras realizar las rutinas de aseo mañaneras, decidió sentarse con calma a desayunar. Esperó la luz del día y solo hasta las seis de la mañana salió. Y al abrir la puerta, por fin, lo pudo ver: un nuevo "estudiante" que ingresaba de manera subrepticia al Merani.

Apenas tenía 65 centímetros de altura, con pelo gris café y ojos vivaces. No parecía tener más de cuatro años, demasiado joven dado lo delgado de su cuerpo. Su mirada perspicaz lo observaba desde el frente de la puerta de la pequeña casa de Horacio. Sentado allí, parecía esperar el momento justo para saltarle al hombro o amarrarse a sus piernas y sentirse transportado, como por arte de magia, a través de cada zancada que daba Horacio.

Por fin, ¡se habían resuelto los misterios de aquellas noches tenebrosas del pobre Horacio! Era el más inquieto de los "estudiantes" del Merani, bautizado por los niños como: ¡Meranito! Después de ser estudiado por una docente y su grupo de estudiantes, y tras una intensa búsqueda en clasificaciones, se pudo saber que se trataba de un Mono Barrigudo de Humboldt, también conocido como Mono de los Andes. La astucia y picardía del pequeño primate habían convertido las noches de Horacio en una serie de aventuras inesperadas, y ahora, sabiendo la verdad, no pudo evitar reírse de sus propios temores. ¡Quién diría que el misterioso Meranito no era más que un travieso monito en busca de diversión!


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