Mariposas y abejas

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VIDA MERANISTA IAM


Quiero comenzar agradeciendo profundamente la invitación a participar en este conversatorio. Me hubiera gustado mucho poder estar allí en directo, no solo para compartir mis reflexiones sino, sobre todo, para escuchar los puntos de vista de las otras invitadas y las preguntas de les participantes. Los espacios de conversación son valiosos precisamente porque nos permiten pensar en comunidad, confrontar nuestras ideas y aprender unes de otres.

Nací y crecí como mujer, con el privilegio de nunca sentir que debiera probárselo a nadie, ni siquiera a mí misma. Nunca fue algo que cuestionara. Por eso, todo lo que digo aquí está enunciado desde ese lugar. Lo llamo privilegio porque que existe una población que sufre discriminación precisamente por cuestionarse o autodeterminarse como mujer, a manos de personas que se creen con el derecho de evaluar y calificar a otras como más o menos mujeres. Yo no tuve que pasar por esa evaluación externa o interna, y reconocer ese privilegio es importante para entender desde dónde hablo.

He dedicado mi vida a las ciencias de la vida: microbiología, bioquímica, biología molecular y celular. Hoy me gano la vida como científica. En biología usamos una expresión muy conocida en inglés: “nature vs. nurture”, algo así como “naturaleza versus crianza”, para preguntarnos cuánto de lo que somos depende de nuestra biología y cuánto depende del ambiente en el que crecimos.

Creo que mi experiencia como mujer está dictada inexorablemente por ambas cosas: por la materia que es mi cuerpo y por la energía que es la sociedad en la que me desarrollé.

Mi cuerpo femenino no es simplemente distinto por una cuestión genital. Mi bioquímica moldea la forma en que vivo el mundo. Antes de la pubertad sospecho que les infantes somos biológicamente bastante parecidos. Pero luego ocurre una primera metamorfosis: la pubertad. A partir de ese momento la vida empieza a sentirse diferente.

Todos adquirimos una especie de velo hormonal, un filtro químico a través del cual sentimos y pensamos el mundo que nos rodea. Ese filtro no es igual si se portan uno o dos cromosomas X.

El ciclo menstrual que marca la vida reproductiva de quienes cargamos dos equis también marca nuestro ritmo vital: días de energía y arrojo, días de introspección, días de descanso, días incluso de dolor. Ese compás biológico nos acompaña durante años y forma parte de cómo habitamos el tiempo.

Pero mi experiencia como mujer no fue solo biológica. También fue social.

Fui criada como mujer en una sociedad patriarcal —como prácticamente todo el mundo—. Y en mi caso eso significó que desde muy niña sentí que debía demostrar que valía tanto como mis compañeros XY.

El colegio que me educó no es el mismo que les educa a ustedes hoy, ni siquiera el mismo en el que yo misma eduqué después a otras personas. Cuando yo estudiaba, el colegio hizo un experimento pedagógico de género: niños y niñas fuimos separados y recibimos clases distintas.

Mientras mis compañeros estudiaban objetos innovadores y conceptos económicos, a nosotras nos enseñaban “familia” y “cultivos hidropónicos”. Supuestamente era para aprender sobre el amor y el cuidado. Recuerdo que leímos el triángulo del amor de Robert Sternberg… y debo admitir que no lo odié.

Pero también recuerdo que cuando tenía once años le dijeron a mis papás que yo estaba por entrar en “la edad del cepillo” y que probablemente mi coeficiente intelectual declinaría con la pubertad.

En esa época nos graduábamos aproximadamente una niña por cada cuatro niños. En mi memoria hay mucha testosterona en el salón de clase: demasiada competencia, muy poca colaboración. Y en mí había una necesidad casi insaciable de demostrar que yo era tan buena como cualquiera de los niños, que yo también era inteligente.

En el colegio fui matoneada. Primero por gorda y luego por “lambona”. Lo segundo fue mucho más fácil de manejar y no dejó huella. Pero lo primero… ese sentimiento de que mi cuerpo estaba siendo evaluado y calificado —y además mal— me acompañó durante muchos años.

Durante mucho tiempo sentí que mi cuerpo era algo que estaba bajo observación pública, como si otras personas tuvieran derecho a opinar sobre él.

Curiosamente, solo terminé de reconciliarme con mi cuerpo cuando me convertí en madre.

Esa necesidad de demostrar valor no terminó en el colegio. De muchas maneras ha sido transversal también en mi vida profesional.

Hoy soy madre, y ese es mi lugar de enunciación para esta parte. La maternidad no define la feminidad. Pero sí nos enfrenta a una pregunta que solo nosotras podemos responder: si queremos o no traer vida al mundo.

Durante una etapa de nuestras vidas, esa posibilidad existe exclusivamente en el cuerpo femenino.

En mi experiencia, muchas personas opinan con mucha seguridad sobre si una mujer debería o no debería tener hijes. Pero la verdad es que nadie puede responder esa pregunta por nosotras. Solo nosotras podemos perpetuar la humanidad. Y sospecho que ese poder ha sido históricamente uno de los grandes temores del patriarcado.

Por eso creo que esa pregunta vale la pena hacérsela con calma y con honestidad. A solas. Escuchándose de verdad. Antes de comenzar la vida sexual. Antes de tener un novio o una pareja seria. Antes incluso de decidir hacer un doctorado o tomar cualquier decisión que comprometa muchos años de la vida. No porque haya una respuesta correcta. Sino porque es una pregunta profundamente propia.

También creo que la sociedad nos miente sobre el valor del cuidado, sobre la edad y sobre lo que llaman la “vida útil” de las mujeres.

La vida de la mujer es más parecida a la de una mariposa que a la de una abeja: nuestra fertilidad es una etapa, no un destino.

Cuando esa etapa termina ocurre algo interesante: el velo hormonal que durante décadas medió nuestra experiencia del mundo empieza a levantarse. Se acaba el ciclo, y aparece otro tipo de estabilidad. Otra forma de constancia.

Muchas mujeres descubren entonces una productividad distinta: más libre, más propia, más equilibrada.

Finalmente quiero decir algo sobre el cuidado. El cuidado es lo que hace posible la sociedad. Nada funciona sin alguien cuidando.

Sin embargo, nuestra cultura muchas veces nos hace creer que necesitar cuidado es una debilidad, y que cuidar a otres es algo que debería darse gratis.

La maternidad, por ejemplo, requiere una comunidad de cuidado para quien materna. Y demasiadas veces la sociedad falla en ofrecerla.

Ser mujer es una experiencia demasiado compleja y demasiado rica como para agotarla en unas páginas. Pero si hay algo que quisiera dejarles es esto:

Sus cuerpos, sus preguntas y sus decisiones merecen tiempo, atención y respeto.

Sobre todo el suyo propio.

Durante años he estudiado cómo funciona la vida a nivel microscópico. Y una de las cosas más hermosas que sabemos sobre los sistemas vivos es que no están completamente predeterminados. La vida siempre deja espacio para la variación, para la adaptación, para lo inesperado.

Creo que convertirse en quien una es funciona de una manera muy parecida.


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